La explotación laboral en las ONG del "ámbito social"

Los que me conocen, saben que mi pareja se dedica a lo que yo llamo incorrectamente "el ámbito social", y que ella denominaría de una manera mucho más correcta y precisa. No importa. En su caso, colectivos desprotegidos o en riesgo de exclusión social: discapacidad intelectual, enfermedad mental, sinhogarismo o reclusos en tercer grado, entre otros. Una parte de sus amigos y conocidos también se dedican a lo mismo. Podríamos decir que en general, durante la última década ha trabajado para organizaciones muy conocidas y grandes del sector. Hablo tanto de ONG que se anuncian en televisión como de empresas multiservicios de ámbito nacional que, literalmente, "hacen de todo" (limpieza, jardinería, servicios sociales, seguridad, etc.). 

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Menganita contra la empatía perdida

Menganita, que es como se llama nuestra concursante de hoy (se escuchan aplausos al fondo de la sala, deben ser sus familiares; que alguien les haga callar, por favor), lleva un tiempo sin trabajar en nada directamente relacionado con su sector, que por desgracia para ella, sus colegas de profesión y mucha otra gente se encuentra en horas bajas a perpetuidad. El Estado del Bienestar, que le llaman. De vez en cuando tiene suerte y pica algo de aquí, algo de allí, unas horas esta semana y unas horas la próxima, y con lo que gana a duras penas saca para vivir, ya que de una "vez" a la siguiente pueden pasar semanas o, si la cosa no va bien, meses.

Menganita tiene ya más de diez años de experiencia y es titulada superior, pero también es consciente de la situación de su sector y de los niveles de desempleo actuales, por lo que no aspira a cobrar mucho más que el salario mínimo, que a menudo tiene que prorratear porque muchos trabajos son a media jornada o incluso de menos horas. No es nada nuevo; hace mucho tiempo que ella y muchos millones de personas están más que acostumbrados a esta situación: a sobrevivir, aun teniendo un trabajo con el que uno debería poder al menos vivir. Esa es una palabra que define muy bien la situación: sobrevivir.

Según la Real Academia Española, sobrevivir es: "2. intr. Vivir con escasos medios o en condiciones adversas". Yo sobrevivo, tú sobrevives, ella sobrevive.

Menganita no pretende encontrar el trabajo de sus sueños, por Dios, claro que no, así que se adapta a cualquier cosilla que encuentra, sea de su sector o no, a pesar de que está sobrecualificada para todos ellos. Pero ya se sabe: hay que tirar p'alante hasta que las economía mejore. Es decir: hasta que las cifras del desempleo bajen, suba el PIB, se recupere el consumo, mejore la venta de viviendas y las bolsas suban. En definitiva, hasta que podamos cambiar de coche cada cinco años y todos volvamos a ser felices otra vez. Cuando lee esto me mira y se ríe por no llorar. Bien. Continuemos, no quiero ponerme político.

Menganita hace poco consiguió un trabajo aceptable. No digamos bueno. Simplemente aceptable, que es más de lo que tenía hasta ahora. No es su trabajo ideal, pero sí en su sector y desarrollando funciones de su competencia, y eso ya es mucho. De horas, la cosa está flojilla; poco más de media jornada y además con una duración de sólo tres meses. Bueno, algo es algo, se dice; menos da una piedra, murmura; quizá luego me contraten, quizá tenga continuidad, quizá esto, quizá lo otro, pero al menos de momento voy tirando. Será por sueños, fantasías y unicornios. Con algo hay que tener esperanza.

Menganita comienza a trabajar y aunque no gana ni siquiera para poder vivir, ya saben: algo es algo y menos da una piedra. Todo va bien, ya saben, aceptable, hasta que pasadas varias semanas y sin que exista una causa justificada, se produce un hecho insólito. Su responsable le retira las competencias para aquellas tareas para las que está específicamente preparada y formada.

Según la Real Academia Española, insólito es "1. adj. Raro, extraño, desacostumbrado".

Menganita ha estado ejecutando durante semanas esas mismas actividades sin problemas, pero ni eso ni que tenga experiencia más que sobrada y demostrable tiene, al parecer, mayor relevancia; qué importan las consecuencias sobre el trabajo diario o las implicaciones para Menganita como persona y trabajadora. Por descontado, podréis imaginar que ella no está de acuerdo con tal decisión. Puede intuir las razones, pero no las entiende del todo y desde luego, nadie se molesta en darle ningún tipo de explicación. Para qué, supongo. Lo que nos importa es que ese cambio en sus funciones le deja sin la parte más interesante, reconfortante y agradable de su trabajo.

Menganita conduce un BMW pero ya no le dejan pasar de 30 km/h. Cierto es que su empresa actual le paga como si fuese apenas un utilitario viejo, pero Menganita se empeña en seguir siendo un BMW, con sus preocupaciones y responsabilidades asumidas no remuneradas. Guardémonos los calificativos, no seamos demasiado duros.

Menganita se resigna, porque no le queda otra, y se amolda a las nuevas circunstancias. Ya han pasado dos de los tres meses del contrato, y es hora de mover el culo si no se quiere quedar tirada con una mano delante y otra detrás. He aquí que es preseleccionada y acude a una entrevista de trabajo. De nuevo, ha tenido suerte: es en su sector y ahora en una empresa de referencia; las cosas pintan algo mejor; es un trabajo a jornada completa con una duración estimada de un año y bueno, podemos admitir que tampoco este sea su trabajo ideal, pero se acerca más, bastante más, mucho más, que el que tiene ahora. Es lo que en circunstancias normales llamaríamos “una oportunidad interesante”, pero que el nulo interés de su actual empresa en sus perspectivas futuras, la amputación de funciones que ha sufrido y la actitud de su responsable, indiferente al impacto que su decisión nunca explicada haya podido tener en la moral de nuestra amiga, convierten en “una oportunidad que no puedes dejar escapar”. Al fin y al cabo, le dijeron que podría conducir a 90 km/h pero ahora le han limitado la velocidad a 30 km/h, sin más. Es razonable que sienta cierta frustración, incluso inseguridad, y comience a plantearse cosas: ¿es que no confían en mi capacidad para conducir a esa velocidad? ¿Es que conduzco mal? Si no es así, ¿por qué nadie me lo dice? Probablemente jamás tengamos la respuesta. En fin.

Menganita acude a la entrevista. Menganita pasa la entrevista y Menganita es contratada. Pero, oh, vaya por Dios, de los nueve días de trabajo que le quedan para acabar el contrato en su actual empresa, distribuidos a lo largo de todo un mes (vaya, eso no llega ni a media jornada), hay cuatro días que se le solapan con el actual trabajo. En un gesto que no está obligada a hacer, la persona que le contrata lo arregla para que pueda compaginar al menos la mitad de esos cuatro días. Pero sigue habiendo dos días conflictivos en los que ambos trabajos se solapan. Así que tiene que decidir.

Menganita tiene en un plato de la balanza un trabajo a jornada completa con más responsabilidad y funciones, con el colectivo con el que más le gusta trabajar y con una duración estimada de un año. En el otro tiene nueve días de trabajo durante el mes que queda, que vienen a ser algo más de 50 horas, sin ninguna responsabilidad, haciendo tareas básicas, sin conocer cuál es la percepción de ella que tiene su responsable ni ninguna perspectivas de futuro. Y luego, nada: volver a echar currículum, esperar, hacer entrevistas, esperar. No parece un panorama demasiado halagador, este último, ¿verdad? Más si tenemos en cuenta que Menganita ya ha agotado el subsidio de desempleo, lo que significa que después de los nueve días el destino es tirar de ahorros y luego la puta calle. Para qué andarnos con remilgos. A la vista de los hechos, la elección debería estar clara, ¿no? Debería estarlo, ¿no? ¿No? Pues parece que no.

Menganita duda. Como lo oyen. Duda. No solo no quiere quedar mal con su actual empresa, sino que le preocupan los posibles cambios que ésta tenga que hacer para cubrir su baja esos dos días y el impacto sobre sus compañeras, la mayoría de las cuales, no nos olvidemos de ese detalle, no han cuestionado la decisión que en su día tomó su responsable ni le han dado ningún tipo de apoyo moral. Sin embargo, la oferta es demasiado buena para rechazarla, por lo que después de varias consultas y debates internos y externos, se lanza a la piscina. Allá vamos y que sea lo que Dios quiera. En plazas peores hemos toreado. Quietos ahí los antitaurinos, que es solo una expresión.

Menganita ha tomado una decisión, y se planta en el despacho de su responsable. Sí, la misma que le quitó las competencias hace unas semanas sin darle ninguna explicación. En realidad, si somos fieles a la realidad, no ha ido hasta el despacho; apenas consigue la atención justa para comentarle su situación y le plantea el problema logístico que nosotros ya conocemos, que se resume en los siguientes tres puntos:

1) Va a empezar un nuevo trabajo.

2) Puede hacer siete de los nueve días restantes que restan de contrato.

3) Hay dos de los nueve días que se le solapan y por tanto no puede trabajar.

Menganita trata de buscar y plantear alternativas. A estas alturas, a veces leo Margarita en lugar de Menganita, porque no conozco a nadie que se llame Menganita. Tampoco Margarita. He conocido varias Rosas. Ninguna Violeta. En fin, eso no es relevante, sigamos. Dos días. No parece que sea un problema tan grande, ¿verdad? Eso piensa nuestra concursante, y propone soluciones como trabajar otros días o cambiar turnos, con tal de facilitarle la vida a su actual empresa, a su responsable, a sus compañeras. Con algunas excepciones, no podemos decir que se lo merezcan, pero Menganita no juega al mismo juego. Pero, cómo puede ser, a pesar de todo la persona que tiene delante mantiene el semblante serio y el tono cortante; oh, sí, está decepcionada por la decisión de nuestra amiga, que ha decidido cambiar dos jodidos días de trabajo de mierda (los tacos son míos, no suyos) por un año a jornada completa. Parece que no hay posibilidad de que nadie cubra esos dos días. Es imposible, una contingencia fatal, una catástrofe, algo demasiado complejo para ser gestionado, una debacle, un desastre de proporciones colosales, cómo se te ocurre, Menganita, en qué estarías pensando; España se va a pique, las bolsas caen y Alemania invade de nuevo Polonia. Pero, espera un momento... ¿Entonces, Menganita... no puede ponerse enferma?

Menganita está consternada y un poco asombrada. Flipando, por resumirlo en una palabra. A pesar de los inconvenientes que le puede generar, uno tiende a imaginar que un responsable con un mínimo de empatía se alegra cuando alguien a su cargo que va a finalizar su contrato en breve encuentra otro trabajo. Recuerden: el conflicto son 2 miserables días. Pero claro, para eso hace falta sentir aprecio por tus trabajadores, por las personas que trabajan para ti, esas que están bajo tu responsabilidad, y la observación directa no ha alumbrado evidencias de que esta premisa se cumpla. No daremos detalles de la conversación, pero Menganita tiene la impresión de estar hablando con alguien que le trata como si le hubiese salvado de la miseria más absoluta, como si tuviese que agradecerle la vida. Pero Menganita ya tiene una madre y no es esa mujer.

Menganita ya no está consternada, tampoco asombrada, no flipa ya. Ahora está simplemente enfadada, decepcionada, molesta. Ay, ¿qué esperabas? Allí, en ese momento, piensa que quizá su responsable se sienta traicionada de alguna forma incomprensible e irracional y egoísta. Que quizá no sea consciente de que las personas necesitan trabajar para vivir. Quizá no le importe la situación vital de nuestra amiga y quizá no se ha tomado la molestia de preguntarle. O quién sabe, quizá necesite desarrollar su empatía, quizá se haya tomado a sí misma demasiado en serio o no entiende que un trabajador no es una máquina, sino una persona que no está incondicionalmente a su servicio. Tampoco descartemos, si escarbamos un poco más, que lo que le moleste después de todo no sean esos dos días, sino el hecho de que alguien que no sea ella tome una decisión; es decir, no tener todo el poder. Quizá no se haya parado a pensar que Menganita tiene razones para sentirse traicionada, que ella sí las tiene, por la forma en que la ha ninguneado. Claro que estas son cuestiones que lanzo al aire y que yo ya me he respondido a mí mismo.

Menganita va a cambiar de trabajo. Esto es seguro. Quizá le vaya bien, quizá le vaya mal, no lo sabemos, pero de momento, sabe que el próximo mes tendrá una nómina y que está ante una oportunidad interesante que ahora más que nunca es “una oportunidad que no puede dejar escapar”. Aunque lo intuyo, no puedo decir cómo acabará la historia porque aún no ha terminado. ¿Trabajará esos dos días conflictivos? ¿Acabará el contrato o se verá forzada a pedir una baja voluntaria? Y lo que es más importante, ¿sobrevivirá su empresa a tan fatal tsunami empresarial? No lo sabemos; dependerá de la capacidad de su responsable para asumir y aceptar sus evidentes limitaciones de liderazgo y empatía. Y tragarse un orgullo que es desproporcionado. Aprender que el látigo no siempre funciona y que la jerarquía no significa sumisión. Lo que parece evidente, en cualquier caso, es que su empresa actual, de momento y gracias a su responsable, no se ha ganado el privilegio de que Menganita trabaje para ellos, de que les dedique, por lo que podemos considerar una mísera cantidad de dinero, una parte de su tiempo y de su vida, de su esfuerzo y sus capacidades. 

¿Y saben qué? Eso sí es una pena, en especial para su empresa actual. Porque empresas hay muchas, pero personas de la talla personal y profesional de Menganita no hay tantas.

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(Nota: no creo que haya muchas dudas, pero esta entrada no tiene absolutamente nada que ver con mi entorno profesional, la empresa para la que trabajo ni ninguno de sus clientes, sino con, digámoslo así, el entorno laboral de una amiga tan alejada de la informática como yo lo estoy de las personas sin hogar, aunque claro, ella hubiese sido mucho más exacta en el término que yo acabo de dar).

 

¿Hay alguien ahi fuera?

Hace ya unos cuantos años, el jefe de un cliente para el que trabajaba se refirió a mí sin demasiada fortuna diciendo algo así como que estaba "bien amaestrado". Aunque su intención, como al momento aclaró, era poner de manifiesto mi actitud de servicio al cliente (él era el cliente), la forma de expresarlo no fue desde luego la mejor. Dejando de lado las formas y yendo al fondo, esa anécdota muestra una constante desde que salí de la universidad y me incorporé al mercado laboral: siempre he estado muy enfocado al cliente. No hay que ser muy observador para darse cuenta de que la orientación hacia el cliente no es algo que abunde entre las empresas, grandes o pequeñas. Aun muchas personas y empresas no sólo no se plantean escucharle (a usted), sino que han abandonado la idea de tratarle con unos mínimos de calidad: cuántas veces hemos entrado en un comercio donde te atienden a cara de perro; hay personas que todavía no son conscientes de que el dinero con el que viven no crece en los árboles sino que procede de las carteras de otras personas. Sólo las telecos pueden permitirse algo así, asumiendo unos estándares de calidad del sector pésimos; aun así, los últimos datos de portabilidad de líneas ADSL y móviles indican que eso podría cambiar en un futuro no muy lejano.

No obstante, asumamos que su empresa sí sabe tratar a sus clientes. Mejor o peor, pero con unos niveles de calidad razonables. Quizá incluso tenga alguna iniciativa implantada para medir el grado de satisfacción de sus clientes con sus productos, ya sean éstos (los clientes) particulares o empresas. Quizá haga alguna encuesta de vez en cuando. Quizá incluso alguna vez haya recibido alguna sugerencia.

Teniendo eso en cuenta, ¿cuándo fue la última vez que un cliente le trasladó una buena idea? ¿Y una idea genial? ¿Cuándo una encuesta o una sugerencia de un cliente provocó un cambio en su manera de hacer las cosas? Si se pusiese en el "otro lado", ¿pensaría que lo que usted hace es lo que representa la palabra "escuchar"? ¿Está realmente decidido a cambiar su manera de hacer las cosas, si las evidencias para hacerlo fuesen razonablemente grandes?

Es posible que piense que sus clientes no tienen buenas ideas (para usted). Es posible que piense que sólo tienen opiniones generales y superficiales sobre el producto o servicio que acaban de comprar, porque eso es después de todo lo que ha recibido hasta ahora. Pero la realidad es que tiene que ser consciente de que nadie que no se sienta escuchado va a perder el tiempo en decirle nada y el tiempo de su cliente vale tanto o más que el suyo. Así que escuchar probablemente no sea suficiente. Quizá necesite implicar a sus clientes en su empresa.

Batiburrillo de tonterías

El texto del espejo del otro día pretendía llamar la atención, o al menos hacer alusión, sobre la violencia de género. No estoy seguro que más allá de comentarios y especulaciones varias sobre mi estado mental —que les aclaro que es adecuado a las circunstancias, sean éstas las que sean, y estoy bien, gracias, o lo que sea—, dicho relato breve despertase cualquier otra cosa. Bueno, sólo quería decírselo para que lo sepan.

Por lo demás, y ya que no me apetece hablar del apocalipsis de la huelga, de Barack Obama, o el congreso del PP —si la política funciona como el fútbol, el PP perderá las próximas elecciones, por tanta oportunidad desaprovechada en plena crisis económica—, les informo que mañana estaré en Madrid por cuestiones de trabajo. Si quieren hacerse fotos conmigo, o que les firme camisetas, estaré por las cercanías del Paseo de la Castellana con camisa blanca, traje azul a rayas, y una corbata que todo apunta a que será —también— azul. Y es poco más o menos todo lo que puedo decirles sobre mi localización; cuestiones de confidencialidad, ya saben.

U Ge Te

Mi señora está afiliada a UGT. Así que, para consultar algunas cláusulas del contrato de su nuevo trabajo, ciertamente abusivas, decidió hacer uso de su cuota trimestral y los servicios de esta loquesea sindical. Después de media hora al teléfono y hablar con una variedad considerable de personas pertenecientes a una variedad considerable de federaciones (imagino que es lo que vienen a ser departamentos), consiguió finalmente saber el número de la federación que le correspondía, de acuerdo a la actividad económica de su nueva empresa.

Hoy, una vez conocido el número de teléfono de la persona que —en teoría— debía atenderla, ha vuelto a llamar. Y de nuevo, le han vuelto a pasar por un número indefinido de personas que, de nuevo, consideraban que la consulta no era de su competencia. Todo eso, sin ni siquiera conocer cuál era la consulta. Claro. Finalmente, un alma caritativa le ha pedido un número de contacto para poder llamarla tras aclarar entre ellos quién debía coger el teléfono y responder a una consulta trivial sobre un par de preguntas que seguramente puedan ser contestadas independientemente de la actividad económica de su nueva empresa.

Eso pasó a las doce del mediodía.

Son las once y veinte de la noche.

Me pregunto si aún siguen discutiendo de quién es competencia tan complicada cuestión. Deberían irse a casa.

(...)

Imagino que firmará.

"Soy yo"

¿Recuerdan lo que les comentaba hace unas semanas sobre la confianza y la Ingeniería Social? Bien, imagínense la siguiente situación:

Una pareja de ancianos oye sonar el telefonillo de su casa, y a la típica pregunta de "¿Quién es?", no obtienen otra cosa que alguna de las también típicas respuestas: "Soy yo", "Yo", "Tu nieto", o cualquier otra contestación, suficiente para que éstos abran la puerta del portal y la de su casa, y vuelvan a aquello que estaban haciendo, sea cocinar, ver la televisión o desayunar. Unos minutos después, una persona que no conocen, que como es obvio no es quien pretendía ser, y sin demasiadas buenas intenciones, entra en su casa sin ningún impedimento.

Parte de la escena que les he descrito es real y le sucedió a mis abuelos hace unos años. De cualquier modo, aunque no lo fuese, estoy seguro de que no les costaría mucho imaginársela. En aquel caso, el intruso se identificó como amigo mío, lo cual es a todas luces mentira porque yo no tengo amigos. Afortunadamente, mi abuelo me conocía bien y esperó de pie hasta que el visitante hubo llegado a su rellano (último piso de una finca de cuatro alturas sin ascensor), y tras unos momentos de duda, le cerró una puerta acorazada en las narices. Pero no siempre las cosas son así; como les comentaba, es habitual que tras abrir la puerta de casa, mucha gente se despreocupe y vuelva a sus tareas, dejando vía libre al malhechor.

Voy a dejarles como ejercicio el paralelismo con aspectos tecnológicos -las puertas son a menudo blindadas o acorazadas y sin embargo están abiertas al intruso-, y pasar directamente a la "moraleja" de la historia, que es tan obvia como por reincidente: tengan cuidado cuando le abran la puerta a alguien y en la medida de lo razonable, desconfíen.

(Ya sé lo que están pensando. Yo también.)

Buscando curro

Mi señora y su título de psicóloga están buscando -cambiar de- trabajo. Y como ella es así de especial, pues no quiere nada convencional. Es decir, nada de recursos humanos ni niños. Nada de ancianos y nada de discapacitados, tampoco, a ser posible. Ella quiere colectivos marginales: drogodependientes, inmigrantes, alcohólicos, enfermos de sida... Seguro que se hacen una idea; su ilusión viene a ser trabajar en una UCA: Unidad de Conductas Adictivas. Ya saben, gente con problemas serios.

La semana pasada, finalmente decidida a buscar ese nuevo curro, me comentaba la cantidad de asociaciones religiosas que están metidas en el tema de los colectivos marginados. Y se quejaba. Y yo no sabía qué decirle, porque aunque por una parte entiendo que debe ser frustrante que el sector laboral en el que te gustaría trabajar -léase como "ganarte el pan de cada día"- esté repleto de instituciones que trabajan gratuitamente o sobrevivan a base de subvenciones, por el otro lado soy consciente -y ella también- que este tipo de colectivos no nadan precisamente en la abundancia económica y quedan a merced de organizaciones no lucrativas (eso de no gubernamentales cada día me suena peor) y asociaciones religiosas, que no son, por razones obvias, los mejores pagadores del mundo.

Claro que también hay que tener en cuenta a todas esas asociaciones "no lucrativas" -nótense las comillas- que con esas mismas subvenciones pagan una miseria a sus empleados -trabajadores sociales, psicólogos, educadores sociales, terapeutas ocupacionales...- mientras los responsables se embolsan sueldos nada desdeñables. Pero de eso, ya hablo otro día.

... y el polígrafo determina ...

Ayer -o anteayer, a mi edad no puede ya uno confiar en su memoria- en el Telediario se daba una noticia (¿?) de esas que dan cuando ya no saben que dar, que ni son noticia ni son nada, y no será porque no haya suficientes problemas en el mundo. La noticia (¿?) en cuestión era la novedosa aplicación del detector de mentiras, el polígrafo, a las entrevistas laborales. Ya saben, para que el empresario que le contrata pueda saber si está usted exagerando o incluso está usted mintiendo (¿mintiendo? ¡no! ¿sí?); ya se sabe que el proletariado es muy mentiroso. Y muy falso, y muy malo, y muy ruín, y muy vago, y... y bueno, seguro que ya saben ustedes todo lo que es proletariado, que lo conocen bien, seguro. Estos rojillos...

Hay dos puntos que comentar al respecto. El primero es que parece bastante obvio que no mucha gente va a confiar en una empresa que sin ni siquiera contratarte ya desconfía de lo que le estás diciendo; es como aquello del el que no se fía no es de fiar. En caso de que accedas a pasar el detector de mentiras (mucha gente descartaría un trabajo directamente por esto) y efectivamente lo pases, probablemente no vas a dejarte la piel por una empresa como esa. Y teniendo en cuenta que el trabajador es probablemente el activo más importante de cualquier empresa, es mejor que esté contento, motivado e implicado con lo que hace.

Para el segundo punto, me gustaría contarles un chiste.

Verán. Al morir una mujer -sí, lo recuerdo con una mujer-, Dios decide como recompensa darle a escoger entre el Cielo y el Infierno -comentarios ateos al margen-. Ante tal propuesta, ella decide ver primero ambos, y escoger después. Lógico. Así pues, se presenta ante San Pedro y los dos suben al cielo a ver el panorama; y allá arriba todo el mundo está sentado en nubes, durmiendo, descansando, en un mundo en tonos pastel. Se respira paz y tranquilidad absoluta. Una vez visto el Cielo, se presenta ante Satanás, y juntos bajan al Infierno. Allí pasan el tiempo de fiesta en fiesta, con gente divertida, hombres atractivos e interesantes, mujeres guapas, música, diversión por doquier, glamour... Una vez vistos los dos, preguntada por su elección final, contesta: Verás, Señor, el Cielo está muy bien, es todo muy tranquilo y apacible, pero en realidad, yo creo que a mí lo que me gusta es el Infierno. Dicho esto, nuestra amiga aparece al instante en el Infierno, rodeada de fuego, dolor, lágrimas y crujir de dientes; ya saben a qué me refiero. A la vista de las circunstancias, ella, sorprendida y comenzando a estar arrepentida de su decisión, se dirige a Satanás y le pregunta cómo es que el Infierno ha cambiado tanto, y aquél le responde: Es que antes, te estabamos contratando, pero ahora, ya eres parte de la plantilla.

Creo que es obvio cómo aplica esto a lo que estaba comentando; a menudo, no sólo es el trabajador el que exagera ligeramente -"mi mayor defecto es que soy muy perfeccionista"- sus méritos, sino que el contratador hace lo mismo al explicarle sus posibilidades dentro de la empresa, su futuro salario y subidas, su entorno de trabajo, posibilidades de promoción, etc. Yo mismo me he visto en alguna situación similar, aunque todo sea dicho, no es el de mi actual empresa. Ya saben, el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Claro que es cierto que probablemente, ningún empresario necesitará nunca sentarse frente a un detector de mentiras para contratar a nadie, lo que da una imagen bastante clara de quién tiene en realidad la sartén por el mango, si finalmente la gente -el proletariado, para que me entiendan ustedes- se muestra dispuesta a pasar por el aro.

Y esto es todo. Respecto a la anterior entrada, informar de que he puesto una denuncia -que no me involucra personalmente en ningún sentido- en el Instituto de la Mujer por la serie de fotografías de Women Secret, ya que como he dicho, me parecen bastante escandalosas por la imagen que transmiten. No sé si alguien vendrá hablando -no creo, últimamente tengo cada vez menos comentarios- de la libertad de expresión y tal, pero dado el público al que va dirigida la campaña -adolescentes- y el serio problema que son actualmente tanto la anorexia como la bulimia, alguien debería responsabilizarse por este tipo de cosas y escudarse en la libertad de expresión no es siempre la mejor opción. Tirar la piedra y esconder la mano no está nada bien y todo -hasta la libertad de expresión- tiene un límite. De hecho, insto a cualquiera que opine lo mismo -y este tipo de convocatorias no es algo que suela hacer a menudo, tanto por mi carente espíritu de liderazgo social, como por mi falta de convocatoria- a hacer lo mismo a través de la web o el teléfono del Instituto de la Mujer.

Defecto profesional

Tendrán que disculparme, he vuelto un poco perjudicado de Albacete y no estoy para demasiados trotes. No, no perjudicado en el sentido que probablemente muchos de ustedes se imaginan, sino que he regresado bastante resfriado, bastante congestionado, bastante cansado y muchos otros bastantes que tienen que ver con mi estado de salud. En definitiva, que no estoy especialmente lúcido, pero como no pretendo darles lástima, mejor paso a contarles una de esas entradas que a veces llamo de "defecto profesional", y que es algo que quizá a algunos de ustedes les haya pasado.

Como pueden imaginarse, siendo la boda en Albacete y de noche, nos tocó reservar una habitación, al la que llegamos el sábado. Cuando llegamos, me toman los datos, me piden el DNI y lo fotocopian. Nos dan las llaves y subimos a la habitación, y al día siguiente, al salir, pagamos, nos dan la factura, y dejamos el hotel. Bien. Como es obvio, el establecimiento en cuestión tiene como protección frente a desperfectos de clientes, el derecho de fotocopiar tu DNI si así lo considera oportuno (esa fotocopia no puede considerarse como parte de la transacción económica entre el hotel y yo ya que el pago era en efectivo), pero para hacerlo, están obligados a decirte para qué (fotocopian el DNI), qué derechos tienes sobre esos datos, así como poner las medidas de seguridad apropiadas. El hotel en el que estuvimos era un hotel de cuatro (4) estrellas, y aún así, en ningún momento hubo referencia al tratamiento de los datos que yo les había facilitado. Esto está bastante generalizado, en realidad. Hasta El Corte Inglés te pide los datos al hacerte un abono en efectivo, sin que se den las condiciones adecuadas para ello.

Alguien puede pensar que debería haber dicho algo, haber protestado, pero en estos casos, lo habitual cuando mencionas la LOPD y tus derechos es que te miren raro como si les estuvieses pidiendo algo del otro mundo, o invocando algún tipo de ley arcaica, por lo que generalmente, para su comodidad y tu incomodidad, te ignoran o te tratan como si fueses idiota; a mí ya me ha pasado en algún que otro sitio. Parece ser que a mucha gente le parece más que obvio que lo que van a hacer con tus datos es guardarlos y luego destruirlos, y que indagar más en el asunto no es otra cosa que tocar las pelotas, con lo que tú te conviertes automáticamente en un tocapelotas. Y a nadie le gusta eso.

Quizá por eso las multas que pone la LOPD (excepto en algunos casos puntuales, que quizá comente esta semana) son tan desproporcionadas; porque es la única manera de que las empresas comiencen poco a poco a regularizar el tratamiento que hacen de los datos de carácter personal que gestionan, de que se conciencien de que es necesario llevar a cabo una correcta gestión, aunque esto, amigos, es sólo una opinión al borde de un estado -espero que no- febril.

Así que por favor, no me la tengan en cuenta.