Prejuicios

Ya sé que últimamente me quejo mucho. Será que duermo poco y follo menos. Aunque a decir verdad, tampoco me apetece demasiado (el sexo); quizá sea por lo primero, por la astenia primaveral o vaya usted a saber qué. En cualquier caso, no voy a discutir eso aquí. Puedo llegar a ser algo exhibicionista pero mi vida sexual no entra en el lote y por el momento, y por mucho tiempo, va a continuar en la oscuridad; esto puede ser el Diario de Patricia, pero desde luego, no es Salsa Rosa. La cuestión es que me quejo mucho, así que puesto que esta noche no he tenido sexo y aún estoy despierto, voy a continuar en la misma línea. Otra cosa más: mamá, te prohibo cualquier alusión, por cualquier medio, a lo expresado hasta ahora. Bien, quejémonos.

Mi uniforme de trabajo habitual siempre han sido los vaqueros, o en su defecto los pantalones de tela un par de tallas más que la mia, las zapatillas y la camiseta; de ahí mi relativa obsesión por estas dos últimas prendas. No obstante, esta vestimenta cambió el día que cambié de empresa, y empecé a llamarme Consultor de Sistemas en lugar de Técnico de Sistemas, aunque fuese únicamente a título formal. Ese día los pantalones de vestir, los zapatos y las camisas entraron, más por necesidad que por deseo, en mi armario. Incluso tuve que prescindir de aquella incipiente barba de guarro que tanto le gustaba a mi iaio.

Al principio y durante un tiempo aquello fue algo traumático. Ahora ya no lo es; aunque por supuesto prefiero mi antigua manera de vestir, que es la que gasto normalmente, ya no me supone nada (o casi nada, a uno siempre le queda ese resquicio de orgullo) tener incluso que afeitarme y ponerme corbata de vez en cuando. Al fin y al cabo, no es un gran sacrificio y el cliente es el que manda, y no nos equivoquemos, como suele decirse no hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión, y ésta suele ser vital de cara a una persona que te va a confiar la seguridad de los datos de su empresa.

No cambio demasiado. Escucho la misma música, veo las mismas películas, tengo las mismas opiniones, y me gustan o disgustan las mismas cosas independientemente de la ropa que lleve; creo que como todo el mundo. A pesar de ello, conozco gente que me mira y me habla cuando voy vestido así como si me hubiese vendido al Capital, como si fuese un hombre gris de los de Ende, como si fuese un hombre de negocios cuya única preocupación en la vida fuese ganar dinero, como si viviese mi vida colgado de un móvil y un portátil, como si estuviese viendo mi vida pasar ante mis ojos sin hacer nada, o fuese alguna clase de maligno engendro escapado del averno para robar las almas de las personas (bueno, quizá no tanto). Sin embargo, estas personas no saben qué hago realmente en mi trabajo, ni cuantas horas le dedico, ni si me gusta, me apasiona o no, si es interesante, o si pienso que me merece ese pequeño sacrificio o no; está claro que no tienen ni idea, pero una ropa como la que, no nos engañemos, utiliza cualquier dependiente del Corte Inglés, da información suficiente para generar una impresión en algunas personas. Sólo que esta no es la primera; estas personas ya me conocen.

A donde quería llegar, y ya sé que me ha costado un poco, es a que no sólo juzgan algunos hombres "de negocios" —para que todos sepamos de a quién me refiero— cuando definen como jipi a alguien por sus rastas o pelo largo, su incipiente barba o sus pantalones dos tallas más grandes de lo que le toca. Algunas de estas personas, muchas de ellas, también juzgan cuando del mismo modo, identifican como yupi, como "vendido al Capital", por utilizar la misma expresión, a alguien porque simplemente viste con camisa y pantalón de vestir, con corbata, con traje; está claro que vestir de forma "alternativa" no proporciona una visión libre de prejuicios a pesar de lo que en un primer momento pudiera parecer.

Pero eso ya lo sabíamos, y aunque no voy a titular también así este comentario, sigue sin haber nada nuevo bajo el sol. Y sí, además de quejarme, me repito mucho, ya lo sé.