Leísmo, laísmo, loísmo y otras cosas del comer

Si hay un elemento gramatical que me ha traído por la calle de la amargura durante la escritura —corrección y revisión, más bien— de la novela, ese ha sido el leísmo bueno. Reconozco con bastante naturalidad (cosas de no haber crecido en la zona centro de la península) el laísmo, el leísmo malo y el loísmo. Pero el leísmo bueno me puede, lo reconozco. Mientras corregía la novela, he pasado literalmente días leyendo el DPD de la RAE (Diccionario Panhispánico de Dudas) en busca de casos que consideraba dudosos. 

Aunque imagino que el lector ya lo habrá pillado, me refiero a leísmo bueno a los casos en los que gramaticalmente debería utilizarse lo, pero la RAE, que es muy generosa, nos permite —pero lo considera un poquín menos bueno— utilizar el le.

Sin embargo, esta dispensa está acotada al leísmo referido a persona masculina singular. Quedan fuera el femenino, el plural y el referido a cosa. Por tanto, lo que denomino leísmo malo es aquel caso en el que se utiliza le(s) cuando debería emplearse la(s) o lo(s). Por ejemplo: El coche le lleva al taller mi hermano todos los meses. Ya, suena fatal, pero esas cosas pasan.

Luego está el loísmo, que es utilizar lo(s) cuando se debe utilizar la(s) o le(s), y el laísmo, que como ya habrá el lector inducido, es cuando se utiliza la(s) cuando se debe utilizar lo(s) o le(s). Por ejemplo, La escribí una carta es un laísmo, y Los dije que no vería el partido con ellos un loísmo. 

Sigamos. Aparentemente, las normas para la utilización de los prónombres átonos de tercera persona lo(s), la(s), le(s) son sencillas, y se muestran en el siguiente cuadro (extraído de la RAE):

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Resumiendo, y continúo citando la misma página de la RAE (la ne:

  • Cuando el pronombre desempeña la función de complemento directo, deben usarse las formas lo, los para el masculino (singular y plural, respectivamente) y la, las para el femenino (singular y plural, respectivamente).
  • Cuando el pronombre desempeña la función de complemento indirecto, deben usarse las formas le, les (singular y plural, respectivamente), con independencia del género de la palabra a la que se refiera el pronombre.

Una vez que sabemos esto, para escoger el pronombre adecuado, solo será necesario saber si el pronombre actúa de complemento directo o indirecto. Si el verbo es intransitivo, está claro que solo admite complemento indirecto, por lo que utilizaremos le o les, según sea el caso. Si es transitivo, pues el complemento directo irá con lo, los, la, las y el indirecto con le y les. ¿Fácil, no?

Pues no. Resulta que, si ya de por sí no siempre resulta sencillo saber cuál es el complemento directo y cuál el indirecto (la pregunta ¿a quién? que nos enseñaron en clase a muchos de mi quinta, e intuyo que a posteriores, no sirve de nada, o más bien, solo sirve para confundir) hay más de una y dos excepciones a la norma en cuestión. 

Uno podría pensar que si el leísmo bueno está aceptado, el tema tampoco es tan grave. Sin embargo, todos estos -ismos están estrechamente relacionados, por lo que saber cuándo utilizar lo y cuándo le (Lo escuché hablar es más correcto que Le escuché hablar, aunque ambos son aceptados como correctos) nos librará de cometer errores gramaticales, como en Le escuche hablar, cuando "le" hace referencia a una mujer.

Es cierto que, por lo general, suelo saber más o menos qué pronombre toca, por educación, costumbre, formación, etc. Pero cuando uno lleva meses enfrascado en las mismas palabras ya no acierta a saber qué está bien y qué está mal, por lo que decidido elaborar una pequeña lista con los casos más significativos, o esos en los que me cuesta distinguir el le del lo en el leísmo bueno.

Así que allá vamos, a partir de la página del DPD sobre leísmo y de un fantástico texto de Inés Fernández-Ordóñez, de la Universidad Autónoma de Madrid. Buena parte del texto está extractado directamente de dichas páginas, aunque simplificado y reducido. 

 

Verbos de afeccción psíquica

Los verbos llamados de «afección psíquica»: afectar, asustar, asombrar, convencer, divertir, impresionar, molestar, ofender, perjudicar, preocupar, etc., admiten tanto el uso de los pronombres de acusativo —lo(s), la(s)— como de dativo —le(s)—.

Si el sujeto es animado y se concibe como agente de la acción: A mi madre la impresiono cada vez que me dan las notas, optaremos por el acusativo —lo(s), la(s)—, mientras que si el sujeto es inanimado o es una oración, utilizaremos el dativo —le(s)—: A mi madre le impresionan las notas que saco

La cosa se complica un poco más, ya que aunque sea un sujeto animado, depende de si la acción es voluntaria —lo(s), la(s)— o involuntaria —le(s)—: A Juan le divierte su hermano (le divierte verle hacer monerías), o A Juan lo divierte su hermano (es el hermano el que hace con sus monerías que se divierta). 

Por último, cuando es un sujeto inanimado, es habitual utilizar lo(s), la(s) si el sujeto va antes del pronombre, y le(s) en caso contrario: A Juan le ofendieron sus palabras, Sus palabras lo ofendieron.

 

Verbos de influencia

Los llamados «verbos de influencia» son los que expresan acciones que tienen como objetivo influir en una persona para que realice una determinada acción, como autorizar, ordenar, invitar (‘animar’), permitir, exhortar, etc.

En este caso, si el verbo lleva un complemento de régimen (obligar a, invitar a, convencer de, incitar a, animar a, forzar a, autorizar a), utilizaremos le(s). En caso contrario, la(s) y lo(s).

 

Verbos Hacer y Dejar

Los verbos hacer y dejar cuando significan, respectivamente, ‘obligar’ y ‘permitir’, siguen la misma estructura que los verbos de influencia: «verbo causativo + complemento de persona + verbo subordinado». En este caso, si el verbo subordinado es intransitivo, utilizaremos la(s) y lo(s), y en caso contrario le(s).

Como en muchos casos de leísmo, la RAE utiliza fórmulas como "tienden a construirse", "habitualmente", "es habitual", que aunque introducen ambigüedad, dejan claro que en muchos casos no se trata de blanco o negro. 

 

Verbos de percepción

Los «verbos de percepción» ver y oír se construyen con la(s) y lo(s) cuando se construyen con un complemento de persona y una oración de infinitivo en función de complemento predicativo. Por ejemplo: Lo escuché hablar a través de la puerta. (Hablar es intransitivo).

Por otro lado, si el verbo en infinitivo es transitivo, es habitual utilizar le(s): Le escuchaba comer a todas horas. (Comer es transitivo).

 

Verbos con complemento directo de cosa e indirecto de persona

Este caso es algo más complejo. Por ejemplo: La enfermera cosió la herida a Pedro. En este tipo de frases, es habitual que el complemento directo se omita: La enfermera cosió a Pedro. En estos casos, si pasamos la oración a pasiva y mantiene el sentido, el complemento indirecto pasa a ser complemento directo, y utilizaremos lo(s), la(s). En este ejemplo, la transformación nos devolverá Pedro fue cosido por la enfermera, es decir La enfermera lo cosió.

Si la pasiva no es posible o se cambia el sentido de la frase, utilizaremos le(s). Por ejemplo, Leí a mi mujer [una página del libro] no admite (en un sentido literal) la pasiva: Mi mujer fue leída por mí, por lo que diremos Le leí a mi mujer.

 

Verbos con cambio de régimen

Existen determinados verbos cuyo régimen viene cambiando de dativo —le(s)— a acusativo —lo(s)/la(s)—, aunque este cambio no se ha dado de manera uniforme en todas las geografías.

En este caso están ayudar (a), aconsejar (a), avisar (a), enseñar (a), obedecer (a), picar (a), reñir (a) y temer (a). Aunque lo más correcto parecería ser utilizar el acusativo —lo(s)/la(s), también es aceptable utilizar el dativo —le(s)—, al ser un cambio irregular geográficamente (en otras palabras, nadie te va a mirar raro ni señalar por la calle, al menos no por esto).

 

Verbo Llamar

El caso de llamar es interesante. El DPD indica que prácticamente en todos los casos, excepto cuando equivale a llamar a la puerta, se utiliza el acusativo —lo(s)/la(s)—, aunque Inés Fernández-Ordoñez señala que «si el predicado forma parte "inherente" del objeto, como es su nombre propio o aquél mediante el cual podemos identificarlo unívocamente, el caso asignado suele ser lo/la, mientras que si se trata de una denominación especial sólo propia de una zona o de un grupo, un mote o apodo, se siente como "externa" al objeto, y entonces éste recibe dativo [le(s)]».

Quédense con la opción que prefieran.

 

Verbo Seguir

El verbo seguir es otro de esos casos poco definidos. Según el DPD, cuando significa ir detrás o después, es transitivo y siempre se debe utilizar lo(s)/la(s). Sin embargo, parece que el uso de le(s) también es común.

Inés Fernández-Ordoñez señala que se acompaña de le cuando «sobreentiende un objeto directo con el significado de "los pasos, la ruta, el camino", de ahí que el verbo se interprete como "andar en fila, ir uno detrás de otro", mientras que cuando se acompaña de acusativo [lo(s)/la(s)] significa "perseguir"».

 

Y hasta aquí, el mini repaso a los verbos que me he encontrado que presentan cierta dificultad a la hora de escoger entre le, lo y la. Por supuesto, hay más. Lo bueno de esto es que la misma regla sirve para evitar el leísmo, el laísmo y el loísmo, por lo que si sabemos que lo (más) correcto es Lo miré con inquietud (a él), sabremos que su forma femenina es La miré con inquietud (a ella), y evitaremos cometer un error que en su forma masculina está admitido.

Y esto es todo por el momento.

Introducing Lobos

Esta es una de esas entradas que, como el 90 % de lo que escribo en este blog, está más dirigida a mí mismo que a los potenciales, escasos pero apreciados lectores. En fin. He vuelto a escribir. Más allá de cuatro tonterías y la novela por entregas Carretera oscura que inauguré el otro día y cuyo desarrollo es totalmente improvisado, hasta el punto de que ni yo mismo sé qué pasará en el segundo capítulo, seguramente porque todavía no lo he pensado, he retomado un proyecto que comencé hace algunas semanas y que aguardaba muerto de risa —de asco, más bien— dentro de Scrivener, el programa que utilizo para escribir. 

Sin embargo, respecto a mi primera novela y su proceso de escritura, he introducido algunos cambios importantes, por el bien de mi salud, de mi relación conyugal —a veces se nos olvida que estamos casados, ¿se lo pueden creer?— y el éxito comercial (y de lectores, sobre todo) del libro. A saber:

  1. Me he puesto un máximo —aproximado— de 50000 palabras de extensión, incluso algo menos. Eso viene a ser algo menos de la mitad de Buena suerte, es decir en torno a 200 paginas. No me gustaría superar en ningún caso las 250 páginas. 
  2. En lugar de escribir en modo brújula —léase yo voy escribiendo y ya veremos dónde acaba esto—, voy a partir de una escaleta, que es en lo que estoy metido ahora mismo. Para los no profanos, aunque es evidente, viene a ser como un esquema de capítulos y escenas. Eso debería acelerar la escritura, al menos en teoría, porque se reducen los nudos argumentales de difícil solución, que mientras escribía Buena suerte padecí más de una vez, llegando a estar bloqueado durante meses. 
  3. Está ambientada en Madrid. Todavía no sé qué grado de protagonismo tendrá la ciudad, aunque sí algunas partes de ella, pero creo que ubicarla en un escenario real le conferirá una verosimilitud que me gustaría alcanzar.
  4. A diferencia de Buena suerte, que oscila entre el thriller, la novela negra y el drama psicológico, Lobos —título provisional— es novela negra pura.
  5. Quiero utilizar un estilo más directo, en todos los sentidos. Frases más cortas y directas, menos bifurcaciones argumentales, flashbacks muy acotados, subtramas acotadas, etc.
  6. Me gustaría, y esto es un deseo más que una realidad, tener el primer borrador a finales de agosto, y la versión predefinitiva, si es que tal palabra existe, en torno a final de año.
  7. Y por último, estoy pensando —decisión también provisional, dado el estadio actual del futurible manuscrito— dar prioridad, una vez esté acabada, a los concursos frente a las editoriales, al menos en un primer intento. Si no funciona, como sería de esperar, entonces veremos.

Y eso es todo, más o menos. Nos vemos por aquí en unos días, con el segundo capítulo de Carretera oscura (cuyo éxito de lectores ha sido, tirando por lo alto, una puta mierda, aunque eso no me vaya a amedrentar) o cualquier tontería que se me ocurra en estas frías noches de invierno. 

Se hace tarde. Es mejor que vayan saliendo.

★ ★ ★ 

Nota al margen: si les ha sorprendido el espacio en "90 %", lean esto.

Breve, 2

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Camino de Barcelona, sentado junto a la ventanilla en un tren que se mueve a más de cien kilómetros por hora, las gotas de agua se deslizan por el cristal como renacuajos huidizos y se pierden por el otro extremo de la ventanilla, donde una chica de aspecto asiático mira el móvil abstraída mientras su compañera intenta dormir. Aumenta la velocidad y los falsos anfibios dan paso a hormigas nerviosas —y bastante veloces—, que con rapidez siguen el rastro anterior, hasta que a los pocos minutos la aceleración logra exterminar cualquier tipo de vida, real o imaginaria, que pudiera haber al otro lado del cristal. Para entonces Madrid ha quedado atrás y el exterior está cubierto de blanco.

Carretera oscura - Cap. 1

1

Levanté la mano al verle entrar. No me devolvió el saludo, y se dirigió a mí como si no me hubiera visto. Sin sacarse las manos de los bolsillos de la chaqueta empujó la silla con el cuerpo y se sentó. No reparó en mí. Echó un vistazo a través del amplio ventanal junto al que me había sentado y apretó los labios en señal, supongo, de desaprobación por el lugar escogido. No dije nada. En el exterior, la lluvia caía con fuerza contra las mesas de plástico de la terraza y algunas personas corrían pegadas a las fachadas. Sin embargo, él estaba completamente seco. Bajó la cabeza cuando el camarero se acercó y clavó la mirada en la mesa. Pedí dos cervezas sin consultarle, y debió de parecerle bien porque no puso ninguna objeción. Esperé que el camarero se alejara lo suficiente, saqué la grabadora y la puse sobre la mesa. Se quedó mirándola un par de segundos y me miró sin levantar la cabeza y volvió a apretar los labios. Pensé que se iba a echar atrás, pero asintió y cogió aire. «Vamos allá», pensé. Apreté un botón y una lucecilla roja se encendió en un lateral. No hubo presentaciones. Miró a nuestro alrededor y comenzó.

—Estuve en las primeras reuniones. Noviembre de 2010, según mis notas, año y pico antes de la entrada en vigor de la nueva normativa. Las teníamos todos los martes a las nueve de la mañana, aunque los de financiero siempre llegaban tarde. Al principio éramos por lo menos diez, entre los de producción, calidad, financiero, legal y algún otro departamento que se sumaba de vez en cuando. En las primeras, éramos los que llevábamos la voz cantante. Cada mañana aparecíamos con los resultados de las simulaciones que habíamos hecho durante la semana y los repartíamos entre los asistentes. Si había habido cambios relevantes hacíamos una presentación, si no, Diego o yo explicábamos de palabra los avances. Al acabar, no importaba lo que hubiésemos dicho, el jefe de producción se llevaba la mano a la cabeza y comenzaba a resoplar. Las reuniones no duraban mucho más de veinte minutos. Escogían los dos o tres escenarios más favorables y nos pedían que trabajásemos sobre esos, que los optimizáramos. Es lo habitual cuando se trata de resideñar procesos, pero no se puede optimizar nada hasta el infinito. Yo lo sé y todo el mundo allí lo sabía, es de lógica, joder. Si lo consigues, es que te estás haciendo trampas al solitario, y supongo que fue lo que alguien esperaba que hiciéramos y no hicimos, así que a la sexta o séptima reunión pasaron de nosotros y dejaron de convocarnos. Tanto mejor. Para entonces, estaba claro que financiero era quien mandaba allí dentro. En las reuniones que yo estuve nunca abrieron la puta boca. Un capullo con traje y corbata que acabaría de salir de la universidad tomaba notas y eso era todo.

Se calló cuando vio que el camarero se acercaba con las dos cervezas. Lo siguió con la mirada hasta verlo entrar en la barra y solo entonces continuó.

—En fin, era ya evidente que nosotros éramos más un incordio que una ayuda. Un lunes antes de la reunión el Director Financiero nos pidió los informes y nos comunicó, así lo dijo el muy capullo, «os comunico», que ya no era necesario que asistiéramos, y que a partir de ese momento con que le enviáramos los informes cada viernes a las dos de la tarde era suficiente. No nos explicó nada. Valiente hijo de puta. Tras la reunión, recibíamos un correo con las instrucciones. Que si teníamos que modificar esto, recortar de aquí, probar aquello, así todo. A menudo, o casi me atrevería decir que siempre, Diego y yo nos mirábamos porque las instrucciones o no tenían ningún sentido o era totalmente imposible de aplicar. Supongo que es lo que pasa cuando metes tus zarpas en algo que no entiendes. Eso mismo, que era imposible, pero adornado con palabras suavizadas, era lo que poníamos en el siguiente informe, así que un mes más tarde dejaron de pedirnos los datos de las simulaciones y nos apartaron del proyecto. Pensamos que nos iban a pegar la patada, pero no pasó. Todo se diluyó y pasado un mes era como si todo aquello nunca hubiera sucedido, aunque en calidad y producción todo el mundo sabía que habría que hacer cambios y que no se iban a hacer solos. Sin embargo, ¿qué vas a hacer? Tú haces lo que te mandan, para eso te pagan, ¿no? No es tu jodido problema. Sigues trabajando y supones que alguien más listo o mejor pagado que tú pensará algo, y bueno, lo cierto es que alguien pensó algo, ¿no le parece? El resto de la historia ya lo conoce, o quizá no tanto, pero es suficiente.

Hizo una pausa y me miró, inquisitivo. Comprendí que no iba a darme más y apreté un botón en la grabadora. El pequeño led rojo se apagó y tuve la sensación de que respiraba aliviado:

—Bien, ya tiene un par de nombres para ir tirando del hilo. Si consigue más pasta, ya sabe dónde estoy, pero —titubeó— la próxima vez busque un lugar más discreto.

Dejé el sobre encima de la mesa. Él sacó la mano de la chaqueta, lo cogió y lo guardó sin abrirlo. Me interrumpió antes de que pudiera abrir la boca.

—No se preocupe, sé que está todo. Confío en usted, pero, pero no me joda porque la mato. No me importa que sea usted una…

Dejó la frase en el aire y yo la terminé:

—Una mujer.

Me miró, molesto, incómodo.

—Tenga cuidado —añadió antes de levantarse y darse la vuelta.

Me quedé observando cómo salía del bar. Había dejado de llover y las luces de las farolas brillaban sobre las aceras. Guardé la grabadora en el bolsillo. Miré su cerveza, intacta. La alcancé y le pegué un trago, mientras le hacía un garabato en el aire al camarero. Mire alrededor. Todo parecía normal.

Siguiente capítulo en dos o tres semanas.

Algarrobas

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Encajonada entre la vía del metro, un campo de naranjos desahuciado, una calle secundaria y la carretera principal, la pinada formaba algo parecido a un triángulo irregular al que le hubieran pegado un corte con una tijera en la base. El lado más próximo a la carretera estaba permanentemente sembrado de plásticos, latas de refrescos, papeles y basuras de todo tipo, presumo que lanzados directamente por los conductores desde las ventanillas de sus coches. En esa parte abundaban los pinos jóvenes y escuálidos, lo que, unido a la escasez de arbustos y la alfombra de pinocha que lo cubría todo, le confería a aquella zona un aspecto famélico y siniestro. Como si hiciera falta algo para confirmarlo, de la rama de uno de los árboles encontré en una ocasión un enorme pastor alemán, ahorcado por algún sujeto desalmado, que a decir por lo hinchado que estaba y el olor que desprendía, llevaba varios días allí.

Aquella tarde nos ocultábamos tras la deficiente protección que nos brindaban los árboles, raquíticos pero suficientes para que ninguno de los conductores reparase en nosotros. Me acompañaba uno de mis vecinos, quizá el único entre todos ellos que se salvaba de la quema, porque eran con la citada excepción unos auténticos gilipollas la mayor parte del tiempo. Ignoro si lo siguen siendo, porque no sé en qué muta el gilipollas adolescente al hacerse adulto. Yo tendría, digamos, quince años, es probable que menos.

Sin ánimo de acertar, o quizá sí, lancé la algarroba hacia el coche que subía por la cuesta, y para mi desgracia y asombro alcanzó la luna delantera y se hizo añicos al momento. Nos quedamos inmóviles unos segundos, sin saber qué pasaría tras un suceso que hasta el momento no se había producido y cuyas consecuencias, por tanto, no habíamos previsto. Entonces las escuchamos: ruedas chirriando sobre el asfalto unos metros más adelante, una puerta que se abre, alguien que baja y la misma puerta que se cierra. Para entonces, nosotros ya habíamos comenzado a correr, cada uno en una dirección, como si lo hubiéramos planeado de antemano, y nos abríamos paso a toda velocidad entre las ramas que como brazos esqueléticos brotaban de los troncos.

La algarroba es el fruto del algarrobo, cuyo árbol dice la Wikipedia que en su vertiente mediterránea produce «unas vainas entre 10 y 15 cm. de longitud, de aspecto comprimido, indehiscentes, de color verde cuando no han alcanzado su madurez, y pardas cuando ya están maduras». Yo no hubiera sido capaz de explicarlo de esa forma, ni lo soy ahora, y tampoco tenía tiempo ni interés, mientras trataba de no sacarme un ojo en la carrera, de medir la longitud de mi proyectil. Sí sabía, no obstante, que mi algarroba parda, que por tanto se encontraba en su madurez, habría sido incapaz de traspasar el cristal de un coche. Sin embargo, en su ignorancia y enfado, nuestro perseguidor había confundido aquella vaina de aspecto comprimido e indehiscente con una piedra.

Quizá sería más correcto decir mi perseguidor, porque en una elección que nada me hace sospechar que no fuera al azar, me había escogido a mí, lo que desde todos los puntos de vista era justo, dado que había sido yo el culpable de aquello. También fue justo que me alcanzara, y también lo fue el miedo que pasé mientras le explicaba a toda prisa que no era una piedra lo que había impactado en su cristal, sino una simple algarroba cuya longitud desconocía. Todo era justo, aunque la justicia de la situación era de poco interés para mí en aquel momento.

Aún hoy en día sigo teniendo un ligero sentimiento de incomprensión respecto a aquella persecución y la facilidad y rapidez con la que el conductor del automóvil agredido me dio caza, porque mientras me internaba en las profundidades de aquella deslavazada población de jóvenes pinus halepensis, de «corteza gris rojiza y copa irregular», tenía la seguridad de estar dejando muy atrás las ansias de castigo de mi perseguidor. Hasta tal punto, que pasado un tiempo me detuve, inmóvil y cagado de miedo como estaba, convencido de haber logrado escapar. Como ya les he contado, no fue así, y aquella fue la primera y última vez que lancé algarrobas contra los vehículos que subían de la estación por aquella carretera huérfana de aceras. Y eso, más que justo, fue sensato.

Fracasos

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Siempre me he considerado un gran aficionado al cine, sin demasiado criterio probablemente, pero aficionado después de todo. Pensándolo dos veces al mismo tiempo que lo escribo, quizá lo que me atraiga en realidad sean las historias, y ver películas —buenas, malas o regulares— es una actividad que a cambio de poco tiempo y esfuerzo proporciona una cantidad adecuada de mi sustancia preferida. Eso se lo debo (y agradezco) sin duda a mi padre, que en en materia cinematográfica tiene la misma versatilidad que yo. Sirva esto como breve introducción.

Running es una película de 1979 protagonizada por Michael Douglas, y que, aunque no es, a decir por las críticas, una gran obra, recuerdo con bastante intensidad. No les voy a molestar con la sinopsis más de lo necesario, solo les voy a destripar el final. Michael Andropolis es un hombre que ha fracasado en todos los ámbitos de la vida: profesional, familiar y social. Un pobre tipo en proceso de divorcio, despreciado por sus hijas, sin trabajo ni perspectivas de encontrarlo y con un largo historial de decepciones y proyectos incompletos a sus espaldas —incluida su frustrada trayectoria como joven atleta—, y al que lo único que le reconforta es correr.

Un buen día, como manera de reconciliarse con la vida, Andropolis se levanta con la intención de representar a su país en la maratón de los JJ. OO. de Montreal. Tras mucho entrenamiento y algo de suerte, se hace con una de las tres plazas que representan a su país. Para sorpresa de todos, el día de la competición dosifica sus fuerzas y a mitad de carrera comienza a distanciarse en cabeza del grupo principal. Por primera vez, la suerte parece sonreírle a Andropolis.

Entonces aparece la vida. Al girarse en una curva para medir la distancia que le separa de sus perseguidores, resbala con unas hojas y cae al suelo bruscamente. Allí, tirado en la cuneta y herido en el hombro y las piernas, permanece durante horas, mientras el resto de los corredores atraviesa la meta. Anochece y las calles se abren al tráfico. Entonces, contra todo pronóstico y su propia historia personal, contra todo lo que cabría esperar de él, resuelto a evitar que la carrera se convierta en otra decepción, logra llegar al estadio, donde el público le recibe eufórico con aplausos.

Supongo que la película debe leerse en clave de superación: a pesar de las circunstancias, Andropolis se pone en pie, encara su situación y acaba la carrera. Sí, se reconcilia con su familia y demuestra que es capaz de enfrentarse a los problemas, de acuerdo. Sí, él tenía buena parte de culpa en todos sus fracasos, y eso es un cambio. De acuerdo, de acuerdo, de acuerdo. Sin embargo, nunca he sido capaz de darle esa lectura, y recuerdo la escena de la caída como un momento realmente amargo, cruel incluso. Tras una existencia marcada por el fracaso y la decepción, cuando solo queda una única cosa a la que aferrarse, qué importa de quién sea la culpa, qué importa incluso si lo merecías o no, no tuviste la culpa, es cierto, pero fallaste de nuevo.

No sé la edad que tenía cuando vi la película, pero me viene a la memoria, frustrado e incluso hundido, haberle preguntado aquella tarde a mi madre por la justicia de aquello. A lo que ella me contestó que hay personas que simplemente no tienen suerte. Quizá el tiempo se haya sacado esa frase de la manga y mi madre nunca la pronunciara, pero eso es lo de menos. Es algo de lo que me acuerdo de vez en cuando. No importa el esfuerzo, la dedicación o las ganas, hay ocasiones en las que la suerte no aparece, en las que querer no es poder, y así es la vida. Y eso no es bueno ni malo. Es simplemente así.

¿Qué buscas aquí? - Michel Houellebecq

«Tras el éxito masivo de la primera edición», se celebra en el recinto de exposiciones de la puerta Champerret el segundo salón del vídeo hot. Apenas pongo el pie en la explanada, una joven que ya no recuerdo me da una octavilla. Intento hablar con ella, pero ya ha vuelto junto a un grupito de militantes, cada cual con un paquete de octavillas en la mano, que dan patadas en el suelo para calentarse. Una pregunta cruza la hoja que me han dado: «Qué buscas aquí?». Me acerco a la entrada; el recinto de exposiciones está en el sótano. Dos ascensores ronronean débilmente en medio de un espacio inmenso. Entran hombres, solos o en pequeños grupos. Más que a un templo subterráneo de la lujuria, el lugar recuerda a un Darty. Bajo unos escalones, y luego recojo un catálogo abandonado. Es de Cargo VPC, una compañía de venta por correo especializada en vídeos X. Pues sí, ¿qué hago yo aquí?

Al volver al metro, empiezo a leer la octavilla. Bajo el título «La pornografía te pudre la cabeza», desarrolla la siguiente argumentación: en casa de todos los delincuentes sexuales, violadores, pedófilos, etc., se encuentran siempre numerosas cintas pornográficas. «Según todos los estudios», el visionado repetido de cintas pornográficas provoca una confusión de las fronteras entre la fantasía y la realidad, facilitando el paso a la acción, a la vez que despoja a las «prácticas sexuales convencionales» de cualquier atractivo. «¿Usted que cree?». Oigo la pregunta antes de ver a mi interlocutor, que se ha parado delante de mí. Joven, con el pelo corto, cara inteligente y un poco ansiosa. Llega el metro, y así me da tiempo a recuperarme de la sorpresa. Durante años he andado por las calles preguntándome si llegaría un día en que alguien me dirigiese la palabra… para otra cosa que no fuera pedirme dinero. Y resulta que ese día ha llegado. Gracias al segundo salón del vídeo hot.

Al contrario de lo que pensaba, no se trata de un militante antipornografía. De hecho, viene del salón. Ha entrado. Y lo que ha visto le ha hecho sentirse incómodo. «Sólo hombres… con algo violento en la mirada». Contesto que el deseo suele imponer a los rasgos una máscara tensa, violenta, sí. Pero no, ya lo sabe, no habla de la violencia del deseo, sino de una violencia realmente violenta. «Me he visto entre grupos de hombres…», el recuerdo parece angustiarle un poco, «muchas cintas de violaciones, de sesiones de tortura… estaban excitados, sus ojos, la atmósfera… Era…» Yo escucho y espero. «Tengo la impresión de que las cosas van a acabar mal», concluye bruscamente antes de bajarse en la estación de Opéra.

Mucho más tarde, en mi casa, me acuerdo del catálogo de Cargo VPC. El guión de Sodomías adolescentes nos promete «salchichas de Frankfurt en el agujerito, el sexo atiborrado de raviolis, un buen polvo en salsa de tomate». El de Corrida ardiente n.° 6 está protagonizado por «Rocco, el arador de culos: rubias afeitadas o húmedas morenas, Rocco convierte los anos en volcanes para escupir en ellos su lava ardiente». Y el resumen de Guarros violadas n.° 2 merece ser citado íntegramente: «Cinco magníficas guarras agredidas, sodomizadas, violadas por sádicos. Aunque luchen y saquen las uñas, terminarán molidas a golpes, convertidas en vacíacojones humanos». Hay sesenta páginas del mismo estilo. Confieso que no me lo esperaba. Por primera vez en mi vida, empiezo a sentir una vaga simpatía por las feministas norteamericanas. Sí que desde hace algunos años había oído hablar de la aparición de la moda trash, pero creí, tontamente, que sólo se trataba de la explotación de un nuevo sector del mercado. Tonterías de economista, me dice al día siguiente mi amiga Angèle, autora de una tesis de doctorado sobre el comportamiento mimético de los reptiles. El fenómeno es mucho más profundo. «Para reafirmar su potencia viril», afirma en tono festivo, «el hombre ya no se conforma con la simple penetración. Se siente constantemente evaluado, juzgado, comparado con los demás machos. Para librarse de ese malestar, para llegar a sentir placer, ahora necesita golpear, humillar y envilecer a su compañera; sentirla completamente a su merced. Por otra parte», concluye con una sonrisa, «este fenómeno empieza a observarse también en las mujeres».

«Pues sí que estamos jodidos», digo al cabo de un rato. Pues sí, opina. Desde luego que sí.

Michel Houellebecq, El mundo como supermercado.

Breve, uno

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En vuelo hacia Estrasburgo, a merced de la mecánica de este avión, la profesionalidad del piloto y la suerte —siempre hace falta un poco de suerte—, pienso que volar solo tiene algo de melancólico, triste incluso, y tengo la sensación de haber pensado algo similar las veces que, hace ya años, cruzaba el Atlántico para ir o volver de Atlanta. 

A miles de metros de altura, sobrevolando un mar de nubes debajo del que se adivina el perfil de la costa francesa, los cristales de hielo formados sobre la ventanilla brillan, y la nitidez del extremo del ala contrasta con la línea difuminada de un horizonte que separa el exterior en blancos y azules. Sin una sola alma aquí arriba con la que tenga una mínima cercanía, treinta y dos filas con seis asientos por fila, 192 personas, solo le queda a uno agarrarse al consuelo de la humanidad colectiva, esperando que tal asidero, que falla más a menudo de lo deseable, no sea necesario. 

Mientras miro al infinito, a cientos de metros debajo de nosotros, de repente aparece otro aparato que cruza nuestra trayectoria en diagonal y en segundos se pierde por la cola, dejando tras de sí una estela blanca de conspiraciones. Quizá haya alguien volando solo allí dentro.

 

★ (EN) ★

 

Brief, one

In flight to Strasbourg, dependant on the mechanics of this plane, the pilot's expertise and luck —you always need a bit of luck—, I think that flying alone has a certain melancholy, sadness even, and I have the feeling of having thought something similar the times that, years ago, crossed the Atlantic to go or return from Atlanta. 

Thousands of meters above the sea, flying over a sea of clouds below which the profile of the French coast shows, the ice crystals on the window shine and the sharpness of the wing's end contrasts with the blurred line of a horizon that divides the exterior in whites and blues. Without a single soul up here with the slightest closeness to me, thirty-two rows with six seats per row, 192 people, one can only hold onto the consolation of collective humanity, hoping such a handle, which fails more often than desired, not to be necessary. 

As I look at the infinite, hundreds of meters below us, another plane suddenly appears crossing our trajectory diagonally and in seconds is lost by the tail, leaving behind it a white trail of conspiracies. Maybe there's someone flying alone in there.

Una semana en Portugal

Esta semana pasada hemos estado —mi señora y un servidor— pasando unos días en Portugal. Cuando preguntábamos, daba la sensación de que todo el mundo había tenido la misma idea, porque dabas una patada y de debajo de una piedra aparecía un puñado de personas que había estado en Portugal hacía cuatro días, con múltiples recomendaciones que, he de admitir, ignoramos, olvidamos o pasamos por alto, todo ello sin ninguna mala intención. Ahora nosotros formamos parte de los que están debajo de la piedra, aunque tengamos menos recomendaciones que el turista ocasional medio.

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Finales

Fue culpa de aquel proyecto. No había pasado ni una semana cuando comenzó a llegar a casa pasadas las diez de la noche, y a partir de ese momento, el poco tiempo de vida que le quedaba —los días que no tenía que encender el portátil y seguir trabajando— lo empleaba en hacerse la cena y tirarse frente a la pantalla de televisión hasta que llegaba la hora de acostarse. Así empezó todo, una noche cualquiera en la que se encontró demasiado cansado para cogerlo entre sus manos, abrirlo, hacer un repaso mental al último pasaje y continuar con la siguiente frase.

Ni siquiera era un libro denso o aburrido. Entretenido en general, sin dedicarle apenas tiempo había llegado a la mitad, y en los mejores momentos incluso le había llegado a atrapar. Si hubiese querido, podido o tenido fuerzas, antes de dormir podría haber leído una docena de páginas, media docena, un par de páginas, lo suficiente para no abandonarlo. Pero no quiso, no pudo o no encontró las fuerzas, y sin prestarle atención, aquella primera noche cualquiera su mano sobrevoló la portada de aquel librito, alcanzó el interruptor de la lámpara de la mesilla y se hizo la oscuridad. 

Ese mismo gesto se repitió cada noche y un tiempo después, como si el olvido le hubiera conferido la propiedad de atravesar los sólidos, el libro se deslizó al cajón y permaneció junto a los calcetines hasta que acabó volviendo a su anterior ubicación en la combada balda de la estantería del comedor, junto a varias docenas de ejemplares y sin el marcapáginas, extraviado en algún lugar del camino. Para cuando el proyecto acabó, aquella novelilla ligera había sido relegada al olvido, y por pereza o porque la tenía asociada a aquella nefasta temporada, cuando reanudó el hábito y buscó algo que leer, la pasó por alto sin ningún remordimiento; sabía que estaba ahí, pero sus ojos ni siquiera se detuvieron en el título impreso en el lomo. Hasta aquel día, jamás había dejado a medias ningún libro; ese fue el primero, ese fue el comienzo del fin. 

Liberada del remordimiento, su mente actuó como si hubiese estado esperando para resarcirse de los cientos de páginas leídas a la fuerza, de espesos pasajes y frases eternas, de argumentos insípidos y personajes planos. Durante meses, su nivel de tolerancia se fue reduciendo, y llegó un momento en el que una veintena de páginas le bastaban para cerrar el libro y pasar al siguiente, cuya lectura seguiría el mismo patrón. 

Lo siguiente fueron las series. A menudo no pasaba del capítulo piloto, un par a lo sumo, y pronto el catálogo y las opciones se agotaron y tuvo que buscar otros entretenimientos. Cuando el síndrome alcanzó las películas ya era tarde para buscar una cura; que requirieran mucha menos dedicación que los libros o las series no sirvió de nada. No era necesario que surgiese en su cabeza otra cosa que hacer, que el argumento le pareciese aburrido o las interpretaciones fueran malas; esos eran criterios racionales, y él había abandonado ese terreno hacía tiempo. Saber que tenía el poder de terminar las cosas cuando lo deseara y que ello no tenía consecuencias era suficiente justificación para hacerlo, y eso le provocaba más placer que experimentar lo que pudiera venir después.

Lo que vino después es fácil de adivinar. De una manera cruel e insensible, aunque rápida y casi quirúrgica, dio carpetazo a una relación de pareja que hasta entonces no había mostrado un ápice de debilidad, prefiero no ver cómo termina esto, y finiquitó todas sus relaciones de amistad, fértiles hasta entonces, con un puñado de palabras poco amables y sin ninguna consideración, lo que provocó un sentimiento de incomprensión generalizado en su entorno. No fue más delicado al cortar de cuajo los lazos familiares, a pesar de las lágrimas que su madre derramó al escucharle decir que no quería saber nada más de ellos. Horas más tarde, sentado en el frío suelo del baño y mientras veía cómo su sangre formaba un charco sobre las baldosas blancas, terminó lo único que le quedaba por terminar.