Hyde park

El fragmento de «Buena suerte» a continuación está inspirado en la fotografía de la izquierda  (J. A. Hampton, Hyde Park, London, 1939).

 

«Un detalle de la fotografía le cautiva desde que la vio: detrás de ellos a lo lejos, una mujer aparece suspendida en el aire, a punto de zambullirse en el agua. Su cuerpo extendido flota sobre el agua de forma inquietante y misteriosa. La respuesta racional es evidente, pero se pregunta si llegó a penetrar en el lago o quedó fijada allí para siempre; a veces piensa que simplemente bajó planeando y la cámara la capturó justo cuando se procedía a levantar el vuelo de nuevo. Hay infinitas posibilidades por las que la foto podría haberse tomado un instante antes o después, o simplemente no tomarse; la más mínima alteración en el transcurso de su existencia, en la de su tío, en la de aquella mujer, en la de cualquier otra persona relacionada o no con ellos, un cambio de las condiciones meteorológicas o los accidentes naturales, la rotación terrestre, la intensidad de los vientos solares, las mareas o la expansión del universo hubiera sido suficiente para hacer que ella no estuviese allí suspendida y entonces la fotografía no sería igual o no habría fotografía ni tampoco estantería, y él no habría pasado horas observando a esa mujer clavada en el infinito del papel, horas que en otra vida diferente en otro universo diferente habría dedicado a otras actividades diferentes, de nuevo el germen de infinitos caminos aleatorios».

Patios de recreo

Éramos los parias. Con los roles establecidos desde el principio del curso, cuando sonaba la sirena nos conformábamos con una pequeña porción del espacio disponible en el patio de recreo, en la que formábamos dos porterías con cualquier otra cosa que tuviéramos a mano. Sin larguero ni líneas pintadas en el suelo, los límites se establecían por sentido común y acuerdo popular, y la pelota no era más que la suma del papel de plata de los bocadillos de los integrantes de ambos equipos, que a menudo había que rearmar tras la desintegración que sufría a causa de alguna patada. Varios metros más allá, grupos de nuestros compañeros más aventajados, a los que llamábamos los profesionales con sorna y cierta envidia, disfrutaban de las comodidades de campos de fútbol sala casi reglamentarios, incluyendo los balones que el profesor de educación física tan amablemente les cedía al llegar la hora del recreo. Aun así, no teníamos ningún tipo de conciencia de clase futbolera. Estoy bastante seguro de que, en secreto, todos albergábamos la esperanza de dejar atrás las líneas imaginarias y la minúscula y aparatosa pelota para formar parte de alguno de los equipos oficiales.

Visto en perspectiva, tampoco nos podíamos quejar; un escalón por debajo en estatus y ocupación física, las niñas se arrinconaban en las esquinas del recreo, sentadas o cantando en torno a alguna goma de saltar. Solo algunas parecían interesadas en el fútbol, pero una cosa era ser un paria del patio de recreo, y otra dejarlas jugar con, o incluso, contra nosotros. Entre ellas, la más insistente fue María, una chiquilla rubia y desgarbada con las piernas como palillos, que se presentaba al borde del campo imaginario todos los días. Finalmente, tras una pequeña asamblea improvisada, aceptamos que formara parte de los suplentes, a regañadientes de más de uno. Al fin y al cabo, era una chica. ¡Una chica!

No duró en el banquillo. Aún en un curso inferior al nuestro, ella era, con diferencia, la que mejor jugaba, y me atrevo a decir que nada tenía que envidiar a cualquiera de los profesionales, pese a lo cual su estatus de chica condicionaba cualquier posible ascenso a categorías superiores. Sin embargo, tampoco aquello era suficiente, ya que nos comportábamos como si le estuviéramos haciendo un favor, y como es evidente, fuera de la cancha de juego, nos manteníamos mutuamente distanciados. Ella no era nuestra amiga.

Una mañana, el balón de uno de los campos reales llegó hasta nuestro campo imaginario. Al jugar en terreno de nadie, era una interrupción habitual, y nos limitábamos a devolverlo con nuestro mejor estilo, quizá con la idea de demostrar que, en realidad, aunque jugásemos con porterías ficticias y una bola de papel de plata, no éramos tan malos (aunque sí lo fuésemos). En aquella ocasión fue María quien lo interceptó, sujetándolo con la planta del pie. A distancia, Julio, un chiquillo que venía todos los días al colegio con zapatillas de fútbol sala, esperaba el balón de vuelta, y al ver que ella no reaccionaba, él y varios compañeros suyos se acercaron, mientras nosotros nos mirábamos unos a otros sin saber muy bien qué hacer.

—Devuélveselo, vamos —susurró algún miedoso. Más bien al contrario, María comenzó a dar toques con él en el aire, un desafío que los profesionales no podían dejar pasar.

—Que me des el balón, niña idiota —dijo Julio cuando llegó junto a ella.

El siguiente toque que María le dio a la pelota fue una patada que la mandó al otro lado de las paredes del patio del colegio, para desconcierto de ellos y regocijo nuestro. Incluso se escuchó alguna risa reprimida.

—Ahí tienes tu balón, niño idiota —dijo ella sonriendo con los brazos cruzados.

María pasó una semana castigada por aquello, y tras el castigo volvió a aparecer en nuestro campo imaginario a jugar, como si nada hubiera pasado. Aunque plantarles cara a los profesionales era algo a lo que ninguno jamás se habría atrevido, nadie en el grupo mostró un ápice de cercanía o admiración.

La misma escena se repitió en varias ocasiones en los meses siguientes, con resultado y protagonistas dispares. A veces el balón acababa de nuevo en el otro lado de la valla (y también de nuevo, ella castigada), a veces le pegaba una patada y lo mandaba al otro extremo del patio y a veces le daba toques hasta que el profesional, resignado, se plantaba frente a ella y lo pedía de buenas maneras. Desde que uno de los mayores había tratado de quitársela y ella lo había toreado entre risas, nadie se había vuelto a arriesgar a una humillación pública. Todo el colegio sabía que, con mucha diferencia, era más hábil que cualquiera, y aunque para nuestro grupo era un orgullo tenerla junto a nosotros, era un sentimiento que manteníamos oculto. Incluso así, no puedo negar que cada vez que una pelota ajena llegaba a sus pies, una sonrisa de diversión mal disimulada se dibujaba en nuestros rostros.

Una mañana, antes de que comenzáramos a jugar, Julio se acercó con dos de sus lugartenientes.

 —Eh, niñ… María, ¿quieres venir con nosotros?

Ella los miró, indiferente, mientras esperábamos a su espalda, tímidos y convencidos de que nos íbamos a quedar sin nuestra estrella.

—Qué pasa, ¿os falta alguien?

—No. Solo queremos que juegues con nosotros.

—Pero no os sobra ningún sitio, ¿no?

—Quitaré a alguno, yo me encargo de eso.

María no dijo nada. Giró la cabeza y nos recorrió con la mirada uno a uno. Me pareció que se estaba despidiendo y sentí una punzada de remordimiento por cómo la habíamos tratado. No podíamos reprocharle nada.

—Qué dices, María, ¿te apuntas? —insistió Julio.

Ella frunció los labios un segundo y sonrió.

—No, creo que me quedo con ellos.

Y sin decir nada más, se volvió y los dejó plantados a su espalda, mientras se dirigía a mí con una gran sonrisa y la mano extendida para que le chocara los cinco.  

Parloteo

Observo su reflejo en la ventana. Está desesperada o harta, no sabría decir. Aunque durante el trayecto se ha limitado a echar miradas intermitentes de desaprobación a nuestro amigo, como si se sintiese vencida, ahora ha bajado el libro y lo mantiene abierto sobre sus muslos, con los ojos perdidos en las personas del andén al otro lado de la ventana. Suspira visiblemente, cruzamos la mirada un segundo, diría que con la complicidad que da la resignación compartida, incluso el odio compartido, y luego clava los ojos en él como si quisiera fulminarlo. En mi caso, hace varios minutos que he dejado de leer, incapaz de concentrarme, y simplemente escucho una canción aleatoria en los cascos. Mientras tanto, el gilipollas a mi lado continúa radiando la conversación telefónica con su madre como si la tuviera a tres metros de distancia. Sus palabras, treintaypocos, acento andaluz, barbilampiño y con ligero sobrepeso, idiota sin lugar a dudas, incluso logran abrirse paso a través de la música hasta mis tímpanos, y durante los cuarenta minutos que dura la conversación me entero, yo y medio vagón, de que se le ha roto la pantalla del móvil, de que, para su sorpresa y disgusto, su madre tiene el iPhone cuatro que él tenía guardado para ocasiones como estas, que la reparación le cuesta ciento ochenta euros y de que como solución se plantea comprar un móvil para utilizarlo durante el tiempo que lleve el arreglo, para luego devolverlo a la tienda. Me levanto del asiento cuando el tren comienza a decelerar al llegar a mi parada, y sin interrumpir el parloteo echa las piernas a un lado para dejarme pasar. Frente a mí, una segunda chica con otro libro entre las manos frunce los labios mientras mira de reojo al locutor, y pienso que hay lugares del mundo en los que matan a la gente por menos que esto.

La mujer

La vi de lejos y me llamó la atención. De pie junto a un banco, vestía unos mocasines negros de imitación piel, desgastados a los lados, con unos pantalones pitillo verde esmeralda, que le hacían la forma del cuerpo como un botijo. El atuendo lo remataba con una chaqueta marrón claro que tenía el cuerpo recubierto de finos pelillos, que me recordaba a la que le había visto a alguna estrella de rock en una revista, y las mangas hechas de una tela que dibujaba como surcos rectilíneos a lo largo de los brazos. Volvió el cuerpo al pasar yo, como si me esperase, y me miró estirada, con una mezcla de desafío e indiferencia. Cuando apartó la mirada me fijé en su cara. Cincuenta años tendría, alguno más quizá, no sé. Iba muy maquillada, con los ojos pintados de un azul eléctrico y la piel oscurecida con un moreno artificial, como pretendiendo haber vuelto de algún crucero de pega por las islas griegas. Coronaba su cabeza un imponente y estrafalario peinado rubio de peluquería, que se arremolinaba en la cima y formaba tirabuzones que le caían pegados a las orejas. Se llevó el cigarro a la boca, le dio una chupada y alrededor de los labios aparecieron pequeñas arrugas que en el momento de la calada se oscurecieron y me recordaron a un ojo del culo. El pintalabios oscuro y el exceso de sombreado colaboraron a crearme esa impresión. Miraba a los lados, nerviosa, pareciera que vigilando, cuando la dejé atrás. Lo siguiente que escuché fue el bocinazo de un autobús a mi espalda y un golpe sordo. Me volví con calma, no sé por qué, como si supiera que la mujer ya no estaría allí. Con el cuerpo oculto bajo la carrocería, solo alcancé a ver uno de sus mocasines negros tirado sobre el asfalto y su mano sobresalir por un extremo, junto al cigarrillo que a unos centímetros de sus dedos todavía humeaba.

Breve, cuatro

 manolofranco en  Pixabay

manolofranco en Pixabay

Esta mañana, mientras iba al trabajo, he tenido una sensación extraña que no recuerdo haber experimentado nunca. Poco después de subir he logrado sentarme —porque los asientos en el metro se logran— en un asiento que una mujer había dejado libre, mientras iba leyendo en el móvil Expiación, de Ian McEwan, que acababa de comenzar.

El tren estaba llegando a la parada de Príncipe Pío, y mientras deceleraba al acercarse al andén, al levantar la cabeza y ver las luces de la estación entre los cuerpos de los pasajeros frente a mí he tenido la sensación, la seguridad, la total certeza de que, a pesar de que yo sabía que no era así, circulaba en sentido contrario a mi destino, como si por alguna suerte de brujería pudiera ir en un sentido y en el otro al mismo tiempo, como si me alejara de mi destino en lugar de acercarme a él.

La sensación, tan real que he tenido que dejar de leer por lo confuso que me hallaba, ha permanecido un par de paradas más, hasta que se ha disuelto en la marabunta que en Moncloa subía al vagón, dejando una leve resaca que ha durado hasta varias horas después de salir del metro.

Breve, tres

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No sé si han leído el libro Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout. Yo lo devoré en el breve viaje por trabajo —de negocios, que diría alguno— que hice hace unos meses a Estrasburgo. De manera lo más acertada y breve posible que soy capaz, que no es mucho, diré que trata de la relación que tienen una madre y una hija que no se llevan especialmente bien, cuando la última está hospitalizada y la primera va a cuidarla.

Entre todas las ideas que contiene, hay una a la que en el pasado he dedicado algo de tiempo a pensar, y que la protagonista menciona explícitamente en un momento —aunque la idea emana de la totalidad del libro—: lo poco que conocemos a nuestra madre y a nuestro padre.

Dejando de lado familias desestructuradas y desavenencias familiares, convivimos con estas personas durante décadas, y continuamos teniendo una relación más o menos cercana durante muchos años más. Sin embargo, si echa uno la vista atrás, se da cuenta de que apenas sabe nada de ellos, y en parte creo que el sentimiento puede ser recíproco. No somos mutuos desconocidos, pero ¿qué sabemos realmente de la otra persona? ¿Qué hay de sus sueños, fracasos, horas bajas, triunfos, esperanzas y decepciones? ¿Cuándo fueron realmente felices y cuándo realmente desgraciados? ¿Cuántas veces han llorado, o se han sentido eufóricos al borde del grito? ¿Qué decisiones quisieron tomar y no pudieron o no se atrevieron, qué decisiones tuvieron que tomar a la fuerza? ¿Qué les da miedo, qué les aterroriza, qué les entusiasma? ¿Cómo les hubiera gustado que hubiese sido su vida, si echaran la vista atrás, qué esperaban de la vida cuando eran unos adolescentes? ¿Quién les dio el primer beso, cómo se enamoraron, cuántas veces y por qué discutieron antes de tenernos? ¿Qué sacrificios han tenido que hacer y ocultar?

¿Cómo son esas dos personas cuando no son nuestra madre y nuestro padre? 

The hottest places in hell are reserved for those who in a period of moral crisis maintain their neutrality

Cuando yo era joven y bello, hace ya algunos años, firmaba mis correos electrónicos con la frase que titula esta entrada:

 

The hottest places in hell are reserved for those who in a period of moral crisis maintain their neutrality.

 

[Los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que en tiempos de crisis moral mantienen la neutralidad].

 

Por aquel entonces, yo atribuía su autoría a Dante, debido a que probablemente leí en alguna parte que esta formaba parte de La Divina Comedia. Posteriormente, averigué que la popularidad de la frase y la atribución se debía, en gran parte, a la frecuencia con la que J. F. Kennedy la utilizaba en sus discursos. 

Algún tiempo después, algo o alguien me puso sobre la pista de la frase, y supe que ni la frase aparece en La Divina Comedia, ni la idea central tampoco. Hoy, por razones que no vienen al caso, he vuelto a toparme con la frase, y aunque me ha costado, he recordado de nuevo de dónde nace. Si quieren los detalles, los tienen todos en este enlace de quoteinvestigator.com, que es en lo que se basa esta entrada, pero yo se los resumo.

Al parecer, el germen de la frase en cuestión está en esta parte del Canto Tercero, Puerta Infernal [enlace a la obra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes]:

 

[INF. III 30-42]

De incertidumbres la cabeza llena, pregunté: «¿Quién con voz tan dolorosa parece así vencido por la pena?»

El maestro: «Es la suerte ignominiosa de las míseras jalmas que vivieron, sin infamia ni aplauso, vida ociosa.

«En el coro infernal se confundieron con los míseros ángeles mezclados, que fieles ni rebeldes, a Dios fueron; 

«los que del alto cielo desterrados, perdida su belleza rutilante, son por el mismo infierno desechados»

 

[INF. III 51-63]

Entonces vide una movible enseña, revolotear tan temblorosamente, que de quietud no parecía dueña.

Detrás de ella, venía tal torrente de muertos, que a no haberle contemplado, no creyera a la muerte tan potente.

Luego que algunos hube señalado, la sombra vi, del que cobardemente, la gran renuucia hiciera de su estado;

y comprendí de luego, ciertamente, era la triste secta, renegada por Dios y su enemigo, juntamente.

 

Basándose en esto, Roosvelt escribió —correctamente— en 1915 que Dante había reservado un lugar de especial infamia para los ángeles que en la contienda se atrevieron a no tomar parte por el bien o el mal. Luego alguien —incorrectamente— convirtió ese lugar de infamia en el lugar más bajo del infierno, y de aquellos polvos vienen estos lodos. Más tarde, se convirtió en el más caliente y de esta forma, Dante quedó vinculado a una sentencia que jamás escribió y con la que probablemente no estaría de acuerdo.

Paradójicamente, el análisis hecho por el reverendo John A. Hutton en 1913, representado en la última frase de cada uno de los fragmentos, establece que Dante no coloca a los neutrales en el infierno, sino fuera de él, para evitar que los condenados sientan que existen almas todavía peores que las suyas. Esto se ve mejor en la edición en prosa que tiene escaneada online la Universidad de Alicante [ver enlace]:

 

Confundidos están con el ominoso escuadrón de los ángeles que no se rebelaron contra Dios ni le fueron fieles, sino que permanecieron indecisos (7). Arrojáronlos del cielo para que no manchasen su esplendor, y no fueron admitidos en el profundo Infierno, porque no pudieran gloriarse los culpables de tener la misma pena que ellos— (8).

 

Y aquí queda esto, para cuando tengan dudas o quieran fardar de intelectuales.

 

★ ★ ★

 

Quizá no sepas que el poema Instantes de Borges, tampoco es de Borges.

El verano en Sempiterno

Que alguien te diga que el verano es caluroso en Sempiterno puede significar una o más de estas tres cosas: que tu interlocutor es optimista por un buen trecho, que está muy hecho al clima sahariano, y la tercera, que tiene un escaso dominio del lenguaje, que a la postre viene a ser lo más habitual. Porque la auténtica realidad de esta maldita ciudad es que en apenas cuatro meses superamos más de la mitad de los días los cuarenta grados a la sombra. Cuarenta, sí. Así que más que el timorato caluroso, extremo o insoportable son calificativos que, sin pensarlo demasiado, son mucho más apropiados para describir esta estación del año en Sempiterno.

A pesar de ello, por alguna razón incomprensible, es poco habitual que los domicilios cuenten con un aparato de aire acondicionado, cuyo hermano pobre, el ventilador, deja de ser un accesorio útil a partir de la primera quincena de julio y queda relegado a la condición de mero consuelo psicológico. El aire se mueve pero su principio activo es el mismo que el de la homeopatía; efecto placebo que se disipa a los pocos segundos. Esta circunstancia convierte a los comercios climatizados en un lugares muy demandados, ya sea un bar, una carnicería, una floristería o incluso el mismo tanatorio, que es desde donde escribo estas palabras, convenientemente apoltronado en un sillón de polipiel bajo una rejilla por la que sale una placentera corriente de aire gélido.

Si uno presta un poco de atención, podrá observar cómo en estos locales se produce en verano una aglomeración de parásitos, sí, parásitos, que sin la menor intención de llevar a cabo transacción comercial alguna, deambulamos fingiendo interés en los productos expuestos o consumimos la mañana delante de un vaso de agua y un único café, cuyos posos hace horas que se secaron, cuando en realidad todo lo que hacemos es disfrutar del aire fresquito cayéndonos en el cogote, mientras los comerciantes observan con impotencia y cara de pocos amigos desde detrás de sus mostradores cómo sus establecimientos se llenan de presuntos consumidores sin que sus cajas registradoras lo hagan en la misma proporción. 

La situación es hasta tal punto inaguantable que no me cabe duda de que si en los calabozos de la comisaría hubiera aire acondicionado, el crimen en la ciudad se dispararía en los meses de julio a septiembre. Tengo serias dudas de que esta sea la causa de que la casta política, recluida durante estos meses en sus despachos con el aire acondicionado funcionando a todo trapo, lleve tantos años haciendo oídos sordos a las peticiones de la Policía Local, aunque tampoco dudo de que saltarían prestos a apropiarse del argumento en caso de necesitarlo. La buena gente de la policía lo intentó, si recuerdan, hace unos años, sin demasiado éxito, organizando una huelga que se alargó semanas, y con la cual lo único que los desgraciados agentes consiguieron fue una pírrica y ciertamente patética medida, en la forma de un vestuario más acorde a las condiciones climáticas: camisas de manga corta. La oferta inicial incluía también el pantalón corto, pero no les hizo falta pensar mucho para concluir, con bastante acierto, que el resultado era en la mayor parte de los casos ridículo, y esa parte de la propuesta se retiró discretamente. A pesar de los intentos del sindicato por vender aquello como un triunfo, la asfixiante atmósfera que se respira cuando entras en las dependencias policiales imagino que actúa cada verano de poderoso recordatorio sobre quién fue en realidad el ganador de aquella contienda.

Así, como se lo he descrito, es en realidad Sempiterno de junio a septiembre: abrasador como las llamas del fuego eterno, ardiente como el interior del un volcán, doloroso como un hierro candente. Lo que nos obliga a muchos a deambular sin descanso, a la caza de nuevos lugares en los que sobrevivir, como haré yo cuando esa pobre mujer que llora junto al cristal se me acerque para intentar averiguar qué vínculo tenía con el esposo fallecido. Y no se me ocurre una respuesta a esa pregunta mejor que la verdad: el frío, buena señora, el frío. ¿O por qué cree que ambos hemos escogido el tanatorio? 

Leísmo, laísmo, loísmo y otras cosas del comer

Si hay un elemento gramatical que me ha traído por la calle de la amargura durante la escritura —corrección y revisión, más bien— de la novela, ese ha sido el leísmo bueno. Reconozco con bastante naturalidad (cosas de no haber crecido en la zona centro de la península) el laísmo, el leísmo malo y el loísmo. Pero el leísmo bueno me puede, lo reconozco. Mientras corregía la novela, he pasado literalmente días leyendo el DPD de la RAE (Diccionario Panhispánico de Dudas) en busca de casos que consideraba dudosos. 

Aunque imagino que el lector ya lo habrá pillado, me refiero a leísmo bueno a los casos en los que gramaticalmente debería utilizarse lo, pero la RAE, que es muy generosa, nos permite —pero lo considera un poquín menos bueno— utilizar el le.

Sin embargo, esta dispensa está acotada al leísmo referido a persona masculina singular. Quedan fuera el femenino, el plural y el referido a cosa. Por tanto, lo que denomino leísmo malo es aquel caso en el que se utiliza le(s) cuando debería emplearse la(s) o lo(s). Por ejemplo: El coche le lleva al taller mi hermano todos los meses. Ya, suena fatal, pero esas cosas pasan.

Luego está el loísmo, que es utilizar lo(s) cuando se debe utilizar la(s) o le(s), y el laísmo, que como ya habrá el lector inducido, es cuando se utiliza la(s) cuando se debe utilizar lo(s) o le(s). Por ejemplo, La escribí una carta es un laísmo, y Los dije que no vería el partido con ellos un loísmo. 

Sigamos. Aparentemente, las normas para la utilización de los prónombres átonos de tercera persona lo(s), la(s), le(s) son sencillas, y se muestran en el siguiente cuadro (extraído de la RAE):

lalelo.PNG

Resumiendo, y continúo citando la misma página de la RAE (la ne:

  • Cuando el pronombre desempeña la función de complemento directo, deben usarse las formas lo, los para el masculino (singular y plural, respectivamente) y la, las para el femenino (singular y plural, respectivamente).
  • Cuando el pronombre desempeña la función de complemento indirecto, deben usarse las formas le, les (singular y plural, respectivamente), con independencia del género de la palabra a la que se refiera el pronombre.

Una vez que sabemos esto, para escoger el pronombre adecuado, solo será necesario saber si el pronombre actúa de complemento directo o indirecto. Si el verbo es intransitivo, está claro que solo admite complemento indirecto, por lo que utilizaremos le o les, según sea el caso. Si es transitivo, pues el complemento directo irá con lo, los, la, las y el indirecto con le y les. ¿Fácil, no?

Pues no. Resulta que, si ya de por sí no siempre resulta sencillo saber cuál es el complemento directo y cuál el indirecto (la pregunta ¿a quién? que nos enseñaron en clase a muchos de mi quinta, e intuyo que a posteriores, no sirve de nada, o más bien, solo sirve para confundir) hay más de una y dos excepciones a la norma en cuestión. 

Uno podría pensar que si el leísmo bueno está aceptado, el tema tampoco es tan grave. Sin embargo, todos estos -ismos están estrechamente relacionados, por lo que saber cuándo utilizar lo y cuándo le (Lo escuché hablar es más correcto que Le escuché hablar, aunque ambos son aceptados como correctos) nos librará de cometer errores gramaticales, como en Le escuche hablar, cuando "le" hace referencia a una mujer.

Es cierto que, por lo general, suelo saber más o menos qué pronombre toca, por educación, costumbre, formación, etc. Pero cuando uno lleva meses enfrascado en las mismas palabras ya no acierta a saber qué está bien y qué está mal, por lo que decidido elaborar una pequeña lista con los casos más significativos, o esos en los que me cuesta distinguir el le del lo en el leísmo bueno.

Así que allá vamos, a partir de la página del DPD sobre leísmo y de un fantástico texto de Inés Fernández-Ordóñez, de la Universidad Autónoma de Madrid. Buena parte del texto está extractado directamente de dichas páginas, aunque simplificado y reducido. 

 

Verbos de afeccción psíquica

Los verbos llamados de «afección psíquica»: afectar, asustar, asombrar, convencer, divertir, impresionar, molestar, ofender, perjudicar, preocupar, etc., admiten tanto el uso de los pronombres de acusativo —lo(s), la(s)— como de dativo —le(s)—.

Si el sujeto es animado y se concibe como agente de la acción: A mi madre la impresiono cada vez que me dan las notas, optaremos por el acusativo —lo(s), la(s)—, mientras que si el sujeto es inanimado o es una oración, utilizaremos el dativo —le(s)—: A mi madre le impresionan las notas que saco

La cosa se complica un poco más, ya que aunque sea un sujeto animado, depende de si la acción es voluntaria —lo(s), la(s)— o involuntaria —le(s)—: A Juan le divierte su hermano (le divierte verle hacer monerías), o A Juan lo divierte su hermano (es el hermano el que hace con sus monerías que se divierta). 

Por último, cuando es un sujeto inanimado, es habitual utilizar lo(s), la(s) si el sujeto va antes del pronombre, y le(s) en caso contrario: A Juan le ofendieron sus palabras, Sus palabras lo ofendieron.

 

Verbos de influencia

Los llamados «verbos de influencia» son los que expresan acciones que tienen como objetivo influir en una persona para que realice una determinada acción, como autorizar, ordenar, invitar (‘animar’), permitir, exhortar, etc.

En este caso, si el verbo lleva un complemento de régimen (obligar a, invitar a, convencer de, incitar a, animar a, forzar a, autorizar a), utilizaremos le(s). En caso contrario, la(s) y lo(s).

 

Verbos Hacer y Dejar

Los verbos hacer y dejar cuando significan, respectivamente, ‘obligar’ y ‘permitir’, siguen la misma estructura que los verbos de influencia: «verbo causativo + complemento de persona + verbo subordinado». En este caso, si el verbo subordinado es intransitivo, utilizaremos la(s) y lo(s), y en caso contrario le(s).

Como en muchos casos de leísmo, la RAE utiliza fórmulas como "tienden a construirse", "habitualmente", "es habitual", que aunque introducen ambigüedad, dejan claro que en muchos casos no se trata de blanco o negro. 

 

Verbos de percepción

Los «verbos de percepción» ver y oír se construyen con la(s) y lo(s) cuando se construyen con un complemento de persona y una oración de infinitivo en función de complemento predicativo. Por ejemplo: Lo escuché hablar a través de la puerta. (Hablar es intransitivo).

Por otro lado, si el verbo en infinitivo es transitivo, es habitual utilizar le(s): Le escuchaba comer a todas horas. (Comer es transitivo).

 

Verbos con complemento directo de cosa e indirecto de persona

Este caso es algo más complejo. Por ejemplo: La enfermera cosió la herida a Pedro. En este tipo de frases, es habitual que el complemento directo se omita: La enfermera cosió a Pedro. En estos casos, si pasamos la oración a pasiva y mantiene el sentido, el complemento indirecto pasa a ser complemento directo, y utilizaremos lo(s), la(s). En este ejemplo, la transformación nos devolverá Pedro fue cosido por la enfermera, es decir La enfermera lo cosió.

Si la pasiva no es posible o se cambia el sentido de la frase, utilizaremos le(s). Por ejemplo, Leí a mi mujer [una página del libro] no admite (en un sentido literal) la pasiva: Mi mujer fue leída por mí, por lo que diremos Le leí a mi mujer.

 

Verbos con cambio de régimen

Existen determinados verbos cuyo régimen viene cambiando de dativo —le(s)— a acusativo —lo(s)/la(s)—, aunque este cambio no se ha dado de manera uniforme en todas las geografías.

En este caso están ayudar (a), aconsejar (a), avisar (a), enseñar (a), obedecer (a), picar (a), reñir (a) y temer (a). Aunque lo más correcto parecería ser utilizar el acusativo —lo(s)/la(s), también es aceptable utilizar el dativo —le(s)—, al ser un cambio irregular geográficamente (en otras palabras, nadie te va a mirar raro ni señalar por la calle, al menos no por esto).

 

Verbo Llamar

El caso de llamar es interesante. El DPD indica que prácticamente en todos los casos, excepto cuando equivale a llamar a la puerta, se utiliza el acusativo —lo(s)/la(s)—, aunque Inés Fernández-Ordoñez señala que «si el predicado forma parte "inherente" del objeto, como es su nombre propio o aquél mediante el cual podemos identificarlo unívocamente, el caso asignado suele ser lo/la, mientras que si se trata de una denominación especial sólo propia de una zona o de un grupo, un mote o apodo, se siente como "externa" al objeto, y entonces éste recibe dativo [le(s)]».

Quédense con la opción que prefieran.

 

Verbo Seguir

El verbo seguir es otro de esos casos poco definidos. Según el DPD, cuando significa ir detrás o después, es transitivo y siempre se debe utilizar lo(s)/la(s). Sin embargo, parece que el uso de le(s) también es común.

Inés Fernández-Ordoñez señala que se acompaña de le cuando «sobreentiende un objeto directo con el significado de "los pasos, la ruta, el camino", de ahí que el verbo se interprete como "andar en fila, ir uno detrás de otro", mientras que cuando se acompaña de acusativo [lo(s)/la(s)] significa "perseguir"».

 

Y hasta aquí, el mini repaso a los verbos que me he encontrado que presentan cierta dificultad a la hora de escoger entre le, lo y la. Por supuesto, hay más. Lo bueno de esto es que la misma regla sirve para evitar el leísmo, el laísmo y el loísmo, por lo que si sabemos que lo (más) correcto es Lo miré con inquietud (a él), sabremos que su forma femenina es La miré con inquietud (a ella), y evitaremos cometer un error que en su forma masculina está admitido.

Y esto es todo por el momento.

Introducing Lobos

Esta es una de esas entradas que, como el 90 % de lo que escribo en este blog, está más dirigida a mí mismo que a los potenciales, escasos pero apreciados lectores. En fin. He vuelto a escribir. Más allá de cuatro tonterías y la novela por entregas Carretera oscura que inauguré el otro día y cuyo desarrollo es totalmente improvisado, hasta el punto de que ni yo mismo sé qué pasará en el segundo capítulo, seguramente porque todavía no lo he pensado, he retomado un proyecto que comencé hace algunas semanas y que aguardaba muerto de risa —de asco, más bien— dentro de Scrivener, el programa que utilizo para escribir. 

Sin embargo, respecto a mi primera novela y su proceso de escritura, he introducido algunos cambios importantes, por el bien de mi salud, de mi relación conyugal —a veces se nos olvida que estamos casados, ¿se lo pueden creer?— y el éxito comercial (y de lectores, sobre todo) del libro. A saber:

  1. Me he puesto un máximo —aproximado— de 50000 palabras de extensión, incluso algo menos. Eso viene a ser algo menos de la mitad de Buena suerte, es decir en torno a 200 paginas. No me gustaría superar en ningún caso las 250 páginas. 
  2. En lugar de escribir en modo brújula —léase yo voy escribiendo y ya veremos dónde acaba esto—, voy a partir de una escaleta, que es en lo que estoy metido ahora mismo. Para los no profanos, aunque es evidente, viene a ser como un esquema de capítulos y escenas. Eso debería acelerar la escritura, al menos en teoría, porque se reducen los nudos argumentales de difícil solución, que mientras escribía Buena suerte padecí más de una vez, llegando a estar bloqueado durante meses. 
  3. Está ambientada en Madrid. Todavía no sé qué grado de protagonismo tendrá la ciudad, aunque sí algunas partes de ella, pero creo que ubicarla en un escenario real le conferirá una verosimilitud que me gustaría alcanzar.
  4. A diferencia de Buena suerte, que oscila entre el thriller, la novela negra y el drama psicológico, Lobos —título provisional— es novela negra pura.
  5. Quiero utilizar un estilo más directo, en todos los sentidos. Frases más cortas y directas, menos bifurcaciones argumentales, flashbacks muy acotados, subtramas acotadas, etc.
  6. Me gustaría, y esto es un deseo más que una realidad, tener el primer borrador a finales de agosto, y la versión predefinitiva, si es que tal palabra existe, en torno a final de año.
  7. Y por último, estoy pensando —decisión también provisional, dado el estadio actual del futurible manuscrito— dar prioridad, una vez esté acabada, a los concursos frente a las editoriales, al menos en un primer intento. Si no funciona, como sería de esperar, entonces veremos.

Y eso es todo, más o menos. Nos vemos por aquí en unos días, con el segundo capítulo de Carretera oscura (cuyo éxito de lectores ha sido, tirando por lo alto, una puta mierda, aunque eso no me vaya a amedrentar) o cualquier tontería que se me ocurra en estas frías noches de invierno. 

Se hace tarde. Es mejor que vayan saliendo.

★ ★ ★ 

Nota al margen: si les ha sorprendido el espacio en "90 %", lean esto.