Breve, ocho

Decía hace unos días la presidenta del Congreso Ana Pastor que va a eliminar las palabras «fascista» y «golpista» del diario de sesiones del Congreso porque esos diarios se leerán dentro de cien años, y visto lo visto, esos diarios no iban a decir nada bueno de nuestros políticos.

Lo cierto es que, más bien al contrario, a mí no se me ocurre una razón mejor para no tocar ni una coma de esos diarios que el hecho de que alguien los pueda leer dentro de cien años.

* * *

Cómo me llama la atención la cantidad de informaciones en prensa y televisión que están saliendo sobre las pseudoterapias en los últimos meses, que tienen en general la misma fiabilidad que esas mismas pseudoterapias que critican (las que, sin entrar en detalles innecesarios, no apoyo, en cualquier caso).

Hace unos días aparecía en elpais.com uno de esos artículos: «Dos millones de españoles han sustituido un tratamiento médico por pseudoterapias».

Bien, dos millones de españoles. ¿Cuántos de esos dos millones tenían una dolencia grave y habían abandonado terapias convencionales poniendo en riesgo su vida? ¿Cuántos habían probado N+1 terapias convencionales sin ningún éxito ni mejora significativa? ¿Por qué se trata de vender las terapias convencionales (y en general, la medicina) como técnicas infalibles?

Con tanto bombardeo, me resisto a creer que no haya más intereses detrás de este bombardeo que los puramente altruistas de preocupación social y salud pública. O, visto de otra forma, ¿por qué no se habla de cuánta gente muere por no ser atendida a tiempo por el sistema nacional de salud?

Esto es lo deprimente del destino del escritor...

«Esto es lo deprimente del destino del escritor: nunca consigues trasladar al folio lo que has pensado o imaginado; la mayoría se pierde durante el traslado. Lo que llegas a plasmar no es más que un pálido y ridículo reflejo de lo que habías imaginado. Esto es lo que más deprime a un autor como yo. En el fondo no puedes comunicarte. Todavía no lo ha conseguido nadie...Lo que escribo nunca corresponde a lo que he imaginado. Los libros deprimen menos, porque uno se imagina que el lector pone más fantasía y a lo mejor consigue que el texto cobre vida».

Thomas Bernhard

Trenes

Cuando por el sistema de megafonía del tren se anuncia la parada de Chamartín, mi situación ya es bastante comprometida. Apenas logro contener la enorme chaqueta plegada sobre mis rodillas, mientras lucho por evitar que el paraguas, que no he abierto y que con toda probabilidad acarrearé inútilmente durante todo el día de un lado para otro, caiga al suelo, o que algún extremo de la bufanda desborde por los laterales de mi cuerpo y se desparrame sobre la persona que viaja a mi lado. Encima de todo ello, en precario equilibrio, el voluminoso libro que estoy leyendo, que mantengo abierto por la mitad con una mano, y entre las piernas, el maletín del portátil, con la correa extendida desafiante en el suelo hacia el asiento delantero, que permanece vacío desde Atocha. A pesar de todo, mantengo bajo control tanto la estructura como el ansioso estado anímico que me provoca. Al detenernos en la estación, al otro lado del ventanal, la luz tímida de la mañana sobre los andenes crea marcados contraluces, como en una imagen a la que se le ha aplicado demasiado contraste. Algunas personas se mueven con lentitud acompañando al tren en su movimiento, como si persiguieran una puerta escogida de antemano, que se abrirá poco después con un molesto pitido.

Para mi desconsuelo, dos personas vienen a ocupar los asientos frente a mí. Un chico joven, cargado con una mochila vieja y roída y apariencia de haberse trasladado al presente desde un mitin sindicalista de los años ochenta (cazadora marrón descolorida y abombada, pantalones grises casi blancos y un pelo rizado similar a una permanente), y una señora mayor, cargada con dos grandes bolsas de plástico llenas de pequeñas cajas de cartón. Ambos apresuran a poner sus bártulos entre las piernas, ella ocupando parte del pasillo, mientras yo trato de recoger con el pie la correa del maletín y meterla debajo de mi asiento. La maniobra de encaje, coordinada pero individual, nos lleva apenas unos segundos, y cuando nos ponemos de nuevo en marcha, es como si todos nosotros y nuestras cargas fuéramos polvo lunar que tras el movimiento se ha aposentado de nuevo en el lugar que le corresponde.

Todo comienza poco después de dejar atrás la estación. En el breve trayecto a mi destino regresan a mi pecho como losas las implicaciones inherentes al cargamento que llevo conmigo: dónde guardar el libro, cómo coger el maletín, inalcanzable desde mi posición actual, si la mujer se echará a un lado para dejarme pasar o si se negará a moverse, cómo agarraré la chaqueta y me pondré en pie o si al frenar la inercia hará que me desplome sobre el sindicalista venido del pasado. El proceso mental, improductivo pero inevitable, se muestra como una metamorfosis que me fusiona con el asiento en una única pieza de plástico y metal y carne y hueso, y cuyo resultado final se hace patente un instante antes de ponerme en pie, incapaz de hacer el menor movimiento, de mover un solo músculo, como si con mi cuerpo tuviese que mover el resto del vagón. Dura solo un mínimo fragmento de un segundo, pero uno absolutamente real, en el que el cansancio y la apatía se abaten sobre mí y me invitan a desistir y continuar el trayecto hasta la siguiente estación o cualquiera más allá, y esa opción se presenta como una revelación, como la salida que estoy esperando. Entonces, movidos por una fuerza invisible, la carne y el hueso se liberan del plástico y el metal, y mi cuerpo se pone en pie, todavía sorprendido de su autonomía, en el reducido espacio destinado a mis piernas, y agotado aún pero satisfecho, salgo al pasillo y bajo al andén, donde dejo que el aire frío de la mañana llene mis pulmones.

Es la mano de obra cualificada, idiota

 Foto: Google

Foto: Google

Cada vez que leo una noticia sobre la conducción autónoma, la robotización industrial o la “inminente” aparición de la automatización de alguna conducta humana, surge en los comentarios la cuestión de la destrucción de empleo.

Y automáticamente alguna persona (bienintencionada, qué duda cabe) argumenta que ese nuevo lo-que-sea creará puestos de trabajo cualificados. Sin embargo, eso cada vez más me parece una excusa (o un argumento, dependiendo de si creemos que eso va a ser así o no) para mirar a otro lado, sobre la que en realidad, intuyo que esa bienintencionada persona no ha reflexionado lo suficiente.

Es más, aunque eso sea así, aunque efectivamente se creen puestos de trabajo cualificados (cosa muy probable, de hecho), quizá sea hora de echar un vistazo sincero al ratio creación-destrucción de empleo, en una sociedad en la que el desempleo y la precariedad no tiende a disminuir, sino a incrementarse, y plantearse qué va a pasar con toda la mano de obra no cualificada que se va quedando por el camino, para la que la reorientación laboral no es una alternativa, no solo por edad, sino porque han de competir por nuevas "hornadas" de nuevos jóvenes ya "reorientados".

Tan fan como soy de las nuevas tecnologías, si vamos a confiar ciegamente nuestra sociedad a un futuro incierto liderado por multinacionales tecnológicas, que evidentemente tienen sus propios intereses y agenda, al menos sería conveniente dejar de repetir el mismo mantra de la creación de la mano de obra cualificada (que, en realidad, quizá no esté tan bien remunerada) y asumir que el destino de una gran parte de la población es irrelevante para estos nuevos procesos y gigantes tecnológicos... y en gran parte, para muchos de nosotros, es decir, los que no vivimos en los márgenes.

Nota al margen: ya sé lo que pasó con los artesanos y muchos otros gremios antes y después, ante la aparición de nuevas tecnologías. Pero quizá sería bueno (y un tanto iluso) esperar algo mejor varios siglos más tarde, y dejar de establecer comparaciones socioeconómicas de realidades demográficas y culturales absolutamente diferentes que no se sostienen por su propio pie.

Retratos (Breve, siete)

En una de las comidas de la última visita a Nueva York el cliente nos llevó a una hamburguesería ubicada en la segunda con la cincuenta y dos. Una franquicia llamada Bareburger. A primera vista parece un local informal, en algunos sentidos muy Malasaña (por lo moderno), pero sin demasiado que destacar.

La cosa cambia cuando ya dentro, echas un vistazo a las paredes, que aparecen cubiertas de retratos de seres con cuerpo de persona y cabeza de vaca, gallo, cerdo, buey..., caricaturizados como pinturas clásicas o fotografías del siglo pasado. Y resulta del todo perverso, macabro, cruel si quieren —si bien he de admitir, y no en mi defensa, que irrelevante pasados unos minutos— estar comiendo vaca, gallo, cerdo, buey... bajo la atenta mirada de uno de sus congéneres.

Fotografía de David Chin en Google Maps

Leer (Breve, seis)

Leo mucho, desde hace un par de meses. Devoro los libros, uno tras otro, como si fueran meros productos de consumo, como una bolsa de pipas. Algunos lo son, es cierto, y así merecen que se les trate, quizá, no lo sé, pero no sería justo tratarlos así a todos. Los devoro, decía, quizá como devoro la comida, casi sin masticar, engullidos, directos desde la boca al estómago, y cuando me doy cuenta, que no es siempre, tengo que regurgitar lo leído, y volver atrás, y releer capítulos, hojas, pasajes, líneas, palabras, a veces incluso libros enteros, para encontrarme de nuevo con ideas, conceptos, sensaciones cuyo sabor despierta algún vago recuerdo, y entonces sí, las paladeo, las mastico bien y dejo que su jugo se deslice por la garganta hacia el esófago, quizá por las comisuras hasta la barbilla, y es en esos momentos cuando de verdad encuentro el placer de leer, y siento la necesidad de volver a escribir.

El mundo de ayer, memorias de un europeo. Stefan Zweig

Casi al filo de mi cuarenta y dos cumpleaños he acabado de leer "El mundo de ayer, memorias de un europeo", que me regalaron mis padres por mi anterior cumpleaños. El libro es la autobiografía de Stefan Zweig, desde sus años de juventud hasta 1941, un año antes de suicidarse, en plena Segunda Guerra Mundial, desesperanzado por el imparable ascenso del nazismo en Europa y la convicción de que estaba todo perdido.

Más allá de la exquisita prosa de Zweig, uno no puede sino sentir una relativa envidia, y eso lo explicaré luego, por el entorno cultural en el que se creció y movió, además de las personalidades que conoció y con la que en algunos casos llegó a entablar una buena amistad: Herman Hesse, Rainer Maria Rilke, Richard Strauss, Auguste Rodin, Thomas Mann, Sigmund Freud, Paul Verlaine, Hugo von Hofmannsthal, Max Reinhardt, Máximo Gorki o Paul Valèry, entre otros muchos. La lista parece interminable.

Zweig impregna todo el texto de una humildad embriagadora, quitándose de encima el esfuerzo y los méritos personales que le llevaron a conocer a tales personalidades, que sin ninguna duda eran muchos. Tal y como lo narra, parecería que todo eso le vino dado, que para alguien que hubiera estado en su momento y lugar, hacer aquellas amistades no era algo contingente, sino necesario.

También muestra un optimismo tan ingenuo como a veces, quizá para estos tiempos, infantil, especialmente en torno a las cualidades humanas y el futuro europeo, aunque ya en la narración de los meses previos a la Primera Guerra Mundial se percibe cómo el pesimismo va calando en sus pensamientos, y sigue creciendo a medida que se avanza en el libro, con los primeros escarceos del nazismo en Europa, las conversaciones en torno a Austria, su patria, como moneda de cambio, y el ascenso de Hitler frente a la pasividad europea. Y ahí lo de "relativa" que decía antes. Por mucho que tratemos de romantizar una existencia que estuvo plagada de emociones y vivencias, que sin duda así fue, no hay que olvidar que Zweig sufrió en sus carnes la Primera Guerra Mundial y los inicios de la segunda, tuvo que huir de su hogar varias veces, fue un apátrida en sus últimos días, y acabó finalmente suicidándose.

Para acabar, no puedo dejar de comentar un detalle que me ha llamado la atención, que evidentemente hay que juzgar a la luz de la distancia que imponen los ochenta años que separan la autobiografía de nuestros días. A pesar de que Zweig muestra una evidente simpatía (digámoslo así) por la "liberación" de la mujer, dedicando varias (no me atrevo a decir que bastantes) páginas a reflexionar sobre las restricciones a las que estas estaban sometidas en su juventud, y contrastándolas con la mayor libertad (relativa, de nuevo) que estas tenían en su madurez, no recuerdo apenas menciones de mujeres, sino como personas satélite de personalidades a las que conoció. Pero ese hecho, curioso de por sí, queda minimizado frente al hecho de que su propia mujer queda sepultada en la narración, que se mueve en la primera persona del singular que utiliza en todo el libro (con excepción de cuando habla de los europeos, los austriacos, etc.). Es Zweig el que se atormenta, el que viaja, el que se exilia, el que huye, el que sufre, el que disfruta... aunque es importante mencionar que en 1942 fueron él y su mujer los que se suicidaron.

De hecho, creo recordar que su mujer (cuyo nombre tampoco recuerdo haber leído, incluido el hecho de que estuvo casado dos veces) aparece únicamente en dos breves menciones de un texto de 540 páginas, y si bien me puedo equivocar, su presencia no es desde luego constante. Para poner un ejemplo clarificador de lo abrumadora que es dicha ausencia, ya en la parte final de la novela, a punto de comenzar la IIGM, Zweig narra lo siguiente (cuyo lenguaje que ya es de por sí revelador):

«No obstante, quería poner el máximo posible de orden en mi vida civil y pública, y como tenía intención de volverme a casar, no quería perder un instante, no fuera a ser que el internamiento en un campo de concentración o cualquier otra medida imprevista me separaran de mi futura compañera».

Pues bien, al leer este breve fragmento, quedé tan sorprendido por la mención a una boda y una compañera que en las últimas cien o doscientas páginas, como poco, no había sido mencionada, que llegué a pensar que me había saltado algún fragmento, o que quizá lo de casarse era una ilusión, un deseo, un "plan futuro" que albergaba Zweig antes de morir o de cara a su vejez, porque no acababa de entender con quién se iba a casar, pues nada me hacía sospechar hasta ese momento que tuviera pareja. Y sin embargo, la tenía.

Y esa mujer, para que conste, se llamaba Charlotte Elisabeth Altmann, y se suicidó el 22 de febrero de 1942.

Ricardo

De joven tuve un amigo cuya principal diversión consistía en abrir los maleteros de los coches detenidos en un semáforo o un paso de cebra. Los dejaba abiertos sin coger nada y salía corriendo. A menudo, los amigos le jaleábamos la hazaña desde la acera, a una distancia prudencial para que nadie sospechara de nuestra complicidad. Un día, animado por nosotros, Ricardo se acercó a un enorme Audi A8, pero antes de que pudiese tocar la cerradura el conductor dio marcha atrás y lo arrolló. En la caída la bola del remolque le golpeó la cabeza y le dejó para el resto de su vida media cara paralizada.

Eso lo sé porque sus padres se lo contaron a Daniel, el único de nosotros que fue a visitarlo durante los dos meses que estuvo ingresado. Como los demás, aquel día salí corriendo, y no había vuelto a ver a Ricardo hasta esta mañana, cuando he ido a recoger el coche del lavadero. De espaldas a mí, ha cogido las llaves de un clavo en la pared, y al girarse nos hemos encontrado de nuevo. Me ha mirado a los ojos y tras un instante de duda ha esbozado una cálida sonrisa. Yo he rehuído su mirada, he fingido que no lo conocía y me he alejado de allí a toda prisa, igual que hice aquella tarde de viernes.

Humor irreverente

 Rober Bodegas

Rober Bodegas

Hace unos días, un amigo periodista se lamentaba de la próxima muerte del humor irreverente o negro, a raíz, creo —me he enterado por la radio esta mañana—, de unos chistes "sobre gitanos" de Rober Bodegas (Pantomima Full) que han levantado cierta polémica, amenazas de muerte incluidas. Comentaba mi amigo que en unos años nadie podrá hacer chistes de negros, gitanos o gangosos, y es posible (no sé si probable) que así sea. O quizá se puedan hacer pero a nadie le hagan gracia. O quizá tampoco haya que ponerse tan apocalíptico. Sin embargo, creo que apuntar al yugo de la corrección política (que existir, existe) es un recurso fácil.

Si echa uno la vista atrás, el humor, especialmente el más casposo, está repleto de chistes fáciles sobre lesbianas y gays, mujeres, negros, chinos, gangosos, gitanos, gordos, etc., que basan la gracia en la ofensa: la burla de características particulares, diferenciales y nucleares de cada colectivo. Repito: diferenciales, lo que ya da una pista de por dónde van los tiros. De hecho, cuesta encontrar chistes que se mofen de la heterosexualidad, ser blanco, u occidental, o clase media, porque en muchas ocasiones la gracia emana de la ridiculización de las diferencias con el patrón base, al que, todo sea dicho, mi amigo y yo nos aproximamos bastante, aunque él sea gallego y eso no deje de ser una discapacidad.

Si dos hombres gays son protagonistas de un chiste, el chiste se centrará en el hecho de que son gays. Si lo son dos mujeres de clase media, en que son mujeres. Dicho de otra forma, si se hace un chiste sobre dos personas que se encuentran en la calle e inician una conversación, por defecto se asumirá que son hombres blancos heterosexuales y todo lo demás. Por supuesto que hay excepciones, pero no son la norma. Sabremos que son gays o lesbianas, mujeres, negros o murcianos porque hablarán de pollas o coños, de maquillaje y tacones, del color de su piel o dirán "acho". En cualquier otro caso, los protagonistas se ceñirán al patrón base y su sexo, color de piel u orientación sexual será irrelevante para el chiste, porque ni siquiera se mencionará. A ver si lo que nos gusta del humor negro es que se ríe del otro, porque aunque reírse de uno mismo es algo muy sano, no a todo el mundo le hace tanta gracia, lo que irremediablemente provoca que haya menos humoristas dedicados a explotar el chiste que supone un hombre blanco occidental llorando por no poder ir a una manifestación de mujeres, lo que es una pena. Que nos lamentemos por no poder reírnos de los gitanos también tiene su gracia, las cosas como son.

En el pasado a la gente le hacía gracia tirar cabras de campanarios (en fin, hay algunos desgraciados que lo siguen haciendo), hasta que empezamos a pensar que era una salvajada. Quizá reírse de los gitanos o los gangosos o los maricones sea algo parecido y sea el momento de empezar a asumirlo. O eso, o empezamos a tirar desgraciados desde campanarios, a ver cuántos se ríen entonces. Me da que serán pocos. Ya me pillan la analogía.

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Notas al margen.

  1. Como consuelo para mi amigo, es muy probable que al otro lado del charco —que a pesar de todo, en algunas cosas nos llevan algo de ventaja— las humoristas lesbianas y los gays, los negros, los gordos o los discapacitados, estén ya trabajando en chistes en los que además de reírse de ellos mismos, a cuya mofa están sin duda acostumbrados, nos tengan como protagonistas de sus burlas a nosotros, a los privilegiados hombres blanquitos heteros occidentales. Eso sí sería una fantástica noticia para el humor.
  2. No creo que los chistes sobre fusilados sean comparables a los chistes de gitanos. Y también opino que el humor negro es mucho más amplio que el de gangosos o chinos que hablan con la ele; seguirá existiendo, aunque deje de tener como protagonista a la menstruación, a la pluma o la obesidad.
  3. Estoy totalmente en contra de las amenazas de muerte (especialmente si van contra mí). Lo cual no invalida, de todas formas, el argumento. Que haya gitanos ofendidos esgrimiendo amenazas de muerte no implica que tengan razón, pero tampoco que dejen de tenerla (con lo de matar sí, con eso no tienen razón).
  4. Una de las paradojas de la cuestión es que Pantomima Full basa su humor en reírse del hombre blanco hetero de clase media (el moderno, el turista, el listo, el de los festivales, etc.), aunque desde un punto de vista superficial y sin atacar a la raíz: su orientación sexual, su color de piel, su sexo. Es un buen intento, pero le falta el chiste realmente que ofenda, que duela, que siente mal.
  5. La imagen del post es de David Pareja, que tiene una buena reflexión en twitter al respecto sobre la doble vara de medir. Ver hilo.

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De todas formas, ¿a quién coño le hace gracia un puto chiste de gitanos? ¿Qué somos ahora, Esteso y Pajares?

Breve, cinco

Frente al portal de mi casa hay una marquesina de autobús, y sentado en ella me encuentro cada mañana a un hombre mayor, pero no demasiado, con las manos apoyadas en las rodillas, de aspecto descuidado y la mirada perdida. No sé si está abatido o espera algo que nunca llega. Con la boca entreabierta y las mejillas caídas, pelo blanco enmarañado y barba blanca de varios días, sostiene un cigarro eterno apagado entre los dedos, casi una colilla, y viste una camisa de rayas desgastada, un pantalón de chándal y unos zapatos. Al pasar frente a él con Samy tirando de la correa, todos los días sin excepción la señala con el dedo, sonríe y dice: "El jefe". Es un instante de revelación, de regreso a la realidad, como si la perra fuese lo único que le trae de vuelta al mundo durante unos segundos. Yo le devuelvo la sonrisa y contesto: "Siempre".

Otras veces me lo cruzo por la calle, en diferentes momentos, por las cercanías de esa misma marquesina, busco sus ojos y hago ademán de saludarlo, pero él ni siquiera me ve.