Finales

Fue culpa de aquel proyecto. No había pasado ni una semana cuando comenzó a llegar a casa pasadas las diez de la noche, y a partir de ese momento, el poco tiempo de vida que le quedaba —los días que no tenía que encender el portátil y seguir trabajando— lo empleaba en hacerse la cena y tirarse frente a la pantalla de televisión hasta que llegaba la hora de acostarse. Así empezó todo, una noche cualquiera en la que se encontró demasiado cansado para cogerlo entre sus manos, abrirlo, hacer un repaso mental al último pasaje y continuar con la siguiente frase.

Ni siquiera era un libro denso o aburrido. Entretenido en general, sin dedicarle apenas tiempo había llegado a la mitad, y en los mejores momentos incluso le había llegado a atrapar. Si hubiese querido, podido o tenido fuerzas, antes de dormir podría haber leído una docena de páginas, media docena, un par de páginas, lo suficiente para no abandonarlo. Pero no quiso, no pudo o no encontró las fuerzas, y sin prestarle atención, aquella primera noche cualquiera su mano sobrevoló la portada de aquel librito, alcanzó el interruptor de la lámpara de la mesilla y se hizo la oscuridad. 

Ese mismo gesto se repitió cada noche y un tiempo después, como si el olvido le hubiera conferido la propiedad de atravesar los sólidos, el libro se deslizó al cajón y permaneció junto a los calcetines hasta que acabó volviendo a su anterior ubicación en la combada balda de la estantería del comedor, junto a varias docenas de ejemplares y sin el marcapáginas, extraviado en algún lugar del camino. Para cuando el proyecto acabó, aquella novelilla ligera había sido relegada al olvido, y por pereza o porque la tenía asociada a aquella nefasta temporada, cuando reanudó el hábito y buscó algo que leer, la pasó por alto sin ningún remordimiento; sabía que estaba ahí, pero sus ojos ni siquiera se detuvieron en el título impreso en el lomo. Hasta aquel día, jamás había dejado a medias ningún libro; ese fue el primero, ese fue el comienzo del fin. 

Liberada del remordimiento, su mente actuó como si hubiese estado esperando para resarcirse de los cientos de páginas leídas a la fuerza, de espesos pasajes y frases eternas, de argumentos insípidos y personajes planos. Durante meses, su nivel de tolerancia se fue reduciendo, y llegó un momento en el que una veintena de páginas le bastaban para cerrar el libro y pasar al siguiente, cuya lectura seguiría el mismo patrón. 

Lo siguiente fueron las series. A menudo no pasaba del capítulo piloto, un par a lo sumo, y pronto el catálogo y las opciones se agotaron y tuvo que buscar otros entretenimientos. Cuando el síndrome alcanzó las películas ya era tarde para buscar una cura; que requirieran mucha menos dedicación que los libros o las series no sirvió de nada. No era necesario que surgiese en su cabeza otra cosa que hacer, que el argumento le pareciese aburrido o las interpretaciones fueran malas; esos eran criterios racionales, y él había abandonado ese terreno hacía tiempo. Saber que tenía el poder de terminar las cosas cuando lo deseara y que ello no tenía consecuencias era suficiente justificación para hacerlo, y eso le provocaba más placer que experimentar lo que pudiera venir después.

Lo que vino después es fácil de adivinar. De una manera cruel e insensible, aunque rápida y casi quirúrgica, dio carpetazo a una relación de pareja que hasta entonces no había mostrado un ápice de debilidad, prefiero no ver cómo termina esto, y finiquitó todas sus relaciones de amistad, fértiles hasta entonces, con un puñado de palabras poco amables y sin ninguna consideración, lo que provocó un sentimiento de incomprensión generalizado en su entorno. No fue más delicado al cortar de cuajo los lazos familiares, a pesar de las lágrimas que su madre derramó al escucharle decir que no quería saber nada más de ellos. Horas más tarde, sentado en el frío suelo del baño y mientras veía cómo su sangre formaba un charco sobre las baldosas blancas, terminó lo único que le quedaba por terminar.

Perros lazarillo

Al detenerse en la estación y abrirse las puertas del tren, el recién incorporado pasajero se apresura a buscar alguna plaza libre y, siempre que no aplique ninguna de las categorías previas, ocuparlo, no siempre con la educación y el civismo que cabría esperar de personas adultas. Entre semana, el tren que llega a primera hora de la mañana, casi siempre con unos minutos de retraso, va lleno a rebosar, hasta que llega a la parada construida exprofeso para la planta automovilística. Hoy está de suerte. Cuando sube al vagón, divisa dos asientos libres y una docena de personas de pie. El primero no tarda en ser ocupado por la vencedora de la competición que se produce entre dos mujeres mayores, lo que produce un gesto de disgusto en el adolescente escuálido que cuatro paradas antes lo había ocupado con la mochila que ahora tiene que cargar sobre sus rodillas. El otro sitio libre está en el lado de la ventanilla y no es objeto de disputa, por lo que es el escogido.

Read More

Trenes

Cuando el tren, que procede de alguna ciudad alejada a cuarenta kilómetros al sudeste, hace su entrada a primera hora de la mañana en la estación, todos los asientos se encuentran ocupados. El color que predomina en el interior es un gris claro y opaco que parece escogido con la intención de servir de camuflaje a las apáticas caras de los viajeros y no alterar la atmósfera mortecina del vagón. Sin contar las dos ciudades, en el trayecto entre ambas hay cinco paradas, en lo que viene a ser un viaje de hora y pico. Tiempo más que suficiente para que por la mañana o por la tarde muchas cabezas acaben apoyadas contra los cristales, los ojos cerrados o entreabiertos, la boca abierta o cerrada. A veces algún pasajero ronca, lo que es una molestia para los que quieren echar una cabezada y una fuente de algarabía para el resto del vagón, a la que el protagonista es ajeno. Pero si hay algo peor que los ronquidos es una sonrisa o, válgame Dios, una carcajada, que desentona como lo hace el cadáver de un niño vestido de marinero dentro de un ataúd. Sucede en ocasiones, cuando alguien con auriculares ríe sin que exista un motivo evidente, probablemente al escuchar un programa de radio matutino; las cabezas y los globos oculares de los pasajeros se mueven al unísono buscando al culpable con miradas fugaces, con las que tratan de diagnosticar el origen de su alegría y si tienen algo que temer del individuo: ¿está loco o simplemente ríe por algo que ha escuchado? Al percatarse de que está siendo escrutado por el resto del vagón, lo normal es que el alborotador ahogue su risa y deje en su cara una sonrisa de satisfacción que cualquiera diría que es un arpón clavado en el corazón del resto de pasajeros. Las formas de matar el tiempo hasta llegar al destino son muchas: perder la mirada y la mente en el mundoque se mueve a toda velocidad al otro lado de los grandes cristales tintados, leer un libro o la prensa diaria, escuchar música o dedicarse a examinar al resto de viajeros, sin más, pero mi preferida siempre ha sido seguir con la vista las luces de las viviendas que flotan en el exterior como luciérnagas, e imaginar qué sucede en cada uno de esos puntos minúsculos tras los que hay personas, cada una con sus propias mentiras y secretos inconfesables. La evidente impostura de la raza humana me sirve en ocasiones de consuelo: no soy tan extraño.

Luna

Aterrorizado hasta la médula y alejándome a toda velocidad bajo la luz amarillenta y lánguida de las farolas, escuché la puerta cerrarse con violencia detrás de mí y no fue hasta mucho tiempo después, tras recorrer varias calles, cuando estuve a una distancia que consideré prudencial, que reduje el ritmo y volví la cabeza hacia atrás, sin pensar por un segundo en detenerme, para descubrir con sorpresa que a pesar de mis temores nada ni nadie me seguía, que el mundo a mis espaldas continuaba en reposo, tan tranquilo como podría estarlo cualquier otra noche, lo que me pareció muy extraño y me hizo preguntarme por un instante si quizá había sido todo un macabro juego de mi imaginación, si era posible que todo estuviese en realidad dentro de mi cabeza, si aquellas caras salpicadas de sangre, los ojos vidriosos y vacíos, las muecas que elevaban las comisuras de los labios formando una espantosa curva o los cuchillos relucientes que entonces habría jurado que empuñaban habían sido reales y no, como empezaba a sospechar, un producto de mis fantasías y de los cientos de noches que había pasado devorando historias de terror, pero sin dar tiempo a esa peligrosa duda a echar raíces en mi cabeza la arranqué de cuajo y seguí corriendo tan rápido como me permitían mis jóvenes piernas, y muy pronto las casas y las luces del pueblo quedaron atrás, al tiempo que entre jadeos y sudores penetraba en el estrecho sendero semiabandonado que abruptamente desciende hasta el lago bordeando los vallados de los campos de maíz, trasladándome en apenas unos instantes a un mundo tan diferente que parecía pertenecer a otro universo, un mundo casi mágico, en el que me sentía protegido por las lechuzas suspendidas sobre mi cabeza y sus grandes ojos acechantes y vigilantes, contrariadas por el hecho de que mis correrías ahuyentarían sin duda a sus presas, y habitado por tortuosos troncos de alcornoques convertidos en esqueléticos seres de otro mundo, arbustos que arañaban sin compasión mis muslos con sus ramas desnudas, alfombrado por la hierba húmeda y rebosante de rocío que me acariciaba las pantorrillas y refrescaba mis tobillos, y sumido en los sonidos difuminados y tímidos que se extendían sobre la manta del silencio, como el susurro de las hojas movidas por el viento, el crujido de los animales salvajes correteando a lo lejos, el zumbido de abeja de los automóviles que transitaban la carretera nacional, ocupados por personas que iban de unos lugares a otros sin tener tiempo o querer pararse a pensar qué dejaban tras de sí, o el reír cristalino del arroyo, cuyo murmullo se hacía más fuerte a medida que, todavía con el corazón en un puño, me acercaba veloz a su muerte en las aguas del lago, todo yo y todo ello rendido, sometido, embriagado por la luz de una luna que clavada en el cielo sobre mi cabeza, a pesar del aspecto fantasmal en el que sumía al bosque que dejaba a mi espalda, diríase que estaba decidida a protegerme, a ayudarme en mi huida, porque jamás la había visto tan grande ni tan reluciente y parecía alumbrarme en mi camino, hasta que minutos más tarde, sudoroso y jadeando, con el pecho elevándose nervioso y agitado al ritmo de mis pulmones y el corazón latiendo como un tambor dentro del pecho y batiendo en las sienes, alcancé al fin el claro en el que moría el camino y la tierra y la hierba se tornaban en fina arena, con el lago multiplicando el reflejo de mi celestial acompañante en infinidad de centelleantes puntos que como las lentejuelas de una estrella de cine brillaban un instante antes de desaparecer, ese lugar en el que desde mi infancia había sentido que el tiempo se detenía, en el que a lo lejos descansaba y me contemplaba compasivo el viejo embarcadero que hace más de una década se tragó a aquella desdichada familia en mitad de la tormenta, y sobre el que me esperaban, pacientes, iluminados por una luna cómplice y culpable, aquellos cuatro seres y sus relucientes cuchillos.

Corregir un texto (I): las expresiones regulares

Si recuerdan, hace unos días estuvimos viendo las reglas básicas de las acotaciones en los diálogos, cuyo conocimiento es imprescindible (pero no suficiente, claro está) para que alguien enfrente nuestro texto con seriedad. Les comentaba que aunque algunas de las reglas eran sencillas de buscar con Word, otras no lo eran tanto. Ahí es donde entran las expresiones regulares, que a lo largo de esta serie de entradas verán que son de gran ayuda para detectar esos errores que dejan el texto en evidencia.

Una expresión regular es, según la Wikipedia, una secuencia de caracteres que forma un patrón de búsqueda. No sé si eso les dice algo, pero lo entenderán enseguida. Pero primero vamos a organizar un poco la mesa de trabajo. 

Read More

Les cuatre cents coups - III

Hace unas semanas (más de las deseadas) les hablé de la película Los 400 golpes, de François Truffaut (1959), y en concreto de la escena del teatro, uno de cuyos fotogramas aparece sobre estas líneas. También les comenté que los tres chiquillos que aparecen en el plano son Cloé Le Brun, Felix Moreau y Didier Faure-Baud (tapado en parte por el rostro desenfocado de Alain Ferrec), cuyas historias se recogen en un documental rodado en 1989 con motivo del 40º aniversario de la cinta, titulado «Les 400 coups: regardez Truffaut».

Haciendo un poco de memoria a lo que vimos en la primera entrada, recordarán que uno de los elementos destacables de la escena del teatro en cuestión es que no hubo ninguna planificación previa. Esta fue organizada por Truffaut y su mujer Madeleine a espaldas del productor, de modo que no hubo segundas tomas y las expresiones de los niños, que desconocían por completo que estaban siendo grabados, reflejan las emociones que la obra de teatro les provocaba sin que hubiera ningún tipo de manipulación o dirección. En la segunda entrada hicimos un repaso relámpago a las malogradas vidas de Felix y Didier, y para esta última entrada quise dejar a Cloé, con la que la vida fue algo más benévola.

Read More

Buena suerte (fragmento): La fotografía

«Un detalle de la fotografía le cautiva desde que la vio: detrás de ellos a lo lejos, una mujer aparece suspendida en el aire, a punto de zambullirse en el agua. Su cuerpo extendido flota sobre el agua de forma inquietante y misteriosa. La respuesta racional es evidente, pero se pregunta si llegó a penetrar en el lago o quedó fijada allí para siempre; a veces piensa que simplemente bajó planeando y la cámara la capturó justo cuando se procedía a levantar el vuelo de nuevo. Hay infinitas posibilidades por las que la foto podría haberse tomado un instante antes o después, o simplemente no tomarse; la más mínima alteración en el transcurso de su existencia, en la de su tío, en la de aquella mujer, en la de cualquier otra persona relacionada o no con ellos, un cambio de las condiciones meteorológicas o los accidentes naturales, la rotación terrestre, la intensidad de los vientos solares, las mareas o la expansión del universo hubiera sido suficiente para hacer que ella no estuviese allí suspendida y entonces la fotografía no sería igual o no habría fotografía ni tampoco estantería, y él no habría pasado horas observando a esa mujer clavada en el infinito del papel, horas que en otra vida diferente en otro universo diferente habría dedicado a otras actividades diferentes, de nuevo el germen de infinitos caminos aleatorios».

Fragmento de la novela Buena suerte.

Buena suerte (fragmento): Caída.

«Su madre llorará desconsolada y su padre la tranquilizará pasando el brazo sobre su hombro, mientras le advertirá con ojos inyectados en sangre que no regrese jamás a esa casa, mira lo que le has hecho a tu madre. Saldrá de la cárcel años más tarde, víctima de varias violaciones carcelarias, compañero aunque no amigo de un narcotraficante de poca monta con aires de Pablo Escobar, con el pelo rapado al cero y varios tatuajes hechos con alguna de las agujas hipodérmicas con las que se hará adicto a la heroína, portador del VIH y enfermará del peor tipo de hepatitis. Nadie recordará su nombre y todos fingirán que ese drogadicto que dice ser su hijo, su sobrino, su amigo, su compañero, ya no existe. Volverá a esa casa y su madre convencerá a su padre y como a un perro abandonado llegarán a ofrecerle comida y cama por lástima, por el recuerdo oculto y proscrito y enterrado en su memoria de un amor mutuo que se rompió, pero que mucho tiempo atrás llegó a existir. A las semanas abandonará su casa, por voluntad propia y ajena, y morirá poco después de una sobredosis, con una goma atada a un brazo en fase avanzada de necrosis, delgado como una lámina de papel y la cara sembrada de pústulas, debajo de un puente tirado sobre un colchón húmedo con olor a orina».

Fragmento de la novela Buena suerte.