Breve, uno

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En vuelo hacia Estrasburgo, a merced de la mecánica de este avión, la profesionalidad del piloto y la suerte —siempre hace falta un poco de suerte—, pienso que volar solo tiene algo de melancólico, triste incluso, y tengo la sensación de haber pensado algo similar las veces que, hace ya años, cruzaba el Atlántico para ir o volver de Atlanta. 

A miles de metros de altura, sobrevolando un mar de nubes debajo del que se adivina el perfil de la costa francesa, los cristales de hielo formados sobre la ventanilla brillan, y la nitidez del extremo del ala contrasta con la línea difuminada de un horizonte que separa el exterior en blancos y azules. Sin una sola alma aquí arriba con la que tenga una mínima cercanía, treinta y dos filas con seis asientos por fila, 192 personas, solo le queda a uno agarrarse al consuelo de la humanidad colectiva, esperando que tal asidero, que falla más a menudo de lo deseable, no sea necesario. 

Mientras miro al infinito, a cientos de metros debajo de nosotros, de repente aparece otro aparato que cruza nuestra trayectoria en diagonal y en segundos se pierde por la cola, dejando tras de sí una estela blanca de conspiraciones. Quizá haya alguien volando solo allí dentro.

Hablar o escribir sin concierto ni propósito fijo y determinado

Hace mucho tiempo que no me dejo caer por aquí a divagar —permítanme decirles antes de comenzar lo mucho que adoro esa expresión: dejarse caer, como si yo fuese un estresado ejecutivo que tiene la gentileza y el detalle de dedicarles unas palabras—. Sospecho que puede ser en parte, pero solo en parte, porque le haya cogido un poco de manía a esta silla y a esta mesa a las que he estado encadenado durante tantas horas, como si las asociase a algún tipo de terrible tortura que en realidad nunca fue. Pues escribe en algún otro lado, dirán ustedes. Bueno, lo he intentado —sin demasiada voluntad, a quién quiero engañar— pero tampoco crean que he tenido éxito. Resumiendo, que no me ha quedado otra que resignarme a volver a sentarme frente a este patio interior en el que, a pesar del interés que parece tener Samy desde que se levanta, nunca pasa nada más que, de vez en cuando, alguna mujer se asoma a tender o recoger la ropa, o una bandada de pájaros formando una uve cruza el cielo y el cristal de la mesa en la que escribo.

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El hombre y la mierda

Ayer estuvimos en Rascafría, donde el año pasado subimos a propósito de una gran nevada que había caído tan solo hacía un par de días. Teníamos la esperanza de que la experiencia se repitiese, pero por desgracia, en esta ocasión hacía ya varios días que había nevado y en lugar de la nieve polvo de la última vez, nos encontramos con un paisaje igual de blanco pero significativamente más sólido y por tanto menos mágico. Tampoco tuvimos la suerte de que hiciese sol, así que la visita fue relámpago.

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Actualización

Hace tiempo que no paso por aquí. Utilizo esa frase cada vez que hace un tiempo que no paso por aquí, lo que me parece bastante coherente.

Vayamos por orden. No hay mucha miga, no vayan a pensar.

La novela. La novela está acabada, pero no está acabada. Es decir, se mantiene igual que la última vez. Véase la entrada de debajo. Eso tiene dos interpretaciones. No ha ido hacia delante, pero tampoco hacia atrás. No es un gran consuelo, porque no espero que se "desescriba". En fin. Corría el 27 de abril de 2016 y dije que me había tomado un pequeño descanso. Estamos a 3 de junio y la pausa parece que se ha alargado y de momento no hay planes de retomarla. Eso significa que no llego tampoco a la convocatoria del premio Herralde de novela, pero será por premios. La pregunta entonces es: ¿cuándo voy a continuarla? La respuesta es sencilla: el día que me encuentre con ganas, previsiblemente después del verano. Ya veremos.

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Huellas

Muchas personas entienden un hijo como la vía a la inmortalidad, aunque en ocasiones no de manera consciente o con esas palabras. Permanece en el pensamiento colectivo la idea de que pasamos a la posteridad a través de nuestra descendencia; eso es lo que el ser humano deja para el futuro. Es posible que esa idea surja como respuesta a la inmediatez, a la cercanía, a la presencia de la muerte, que pasados los veinte y superado el complejo de superman nunca está tan lejos como nos gustaría; es un pequeño consuelo: el día que muera, sé que habré dejado un surco en la Historia, con mayúscula. Quizá un surco pequeño, quizá uno insignificante o, en el peor de los casos, uno teñido de maldad, de estupidez, de indiferencia. A lo Maquiavelo, la inmortalidad bien se merece todo lo demás.

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Divagar

Cuentan que la razón de que The Doors tenga unas canciones tan largas e hipnóticas se debe a que en sus comienzos se veían obligados a tocar en clubs (sí, es cierto, eso de "verse obligados a tocar" suena como si lo hiciesen bajo amenaza de sodomía) durante muchas horas sin tener por aquel entonces un gran repertorio de canciones.

Por ello, tendían a alargarlas indefinidamente, creando lo que más tarde ha sido parte de la idiosincrasia del grupo. No sé si hay algo de verdad detrás de eso, aunque me suena que leí que fue el propio Jim Morrison quien lo dijo en una entrevista. Sin embargo, no he conseguido encontrar la entrevista ni ninguna mención a ello. 

Y no me pregunten más, porque al fin y al cabo, no importa demasiado.

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Actualizo. Pues resulta que sí es cierto, aunque no fue Morrison sino Manzarek, cofundador y tecladista de la banda entre 1965 y 1973 (según Wikipedia), quien lo dijo. A lo que iba. 

En Rolling Stone:

 

[En sus comienzos] los Doors sólo tenían unas quince canciones. Hacían algunos covers de blues de James Brown y Chicago, pero tener que tocar dos sets por noche obligó al grupo a expandir literalmente su repertorio, reformulando así el sonido de la banda. "Repetir y alargar", dice Manzarek. "’Light My Fire’ pasó a tener solos. ‘The End’ se convirtió en la épica que conocemos hoy".

Libros, de nuevo

Lo he vuelto a hacer. Podría excusarme en mi interés por mantener a flote la industria editorial hasta que acabe, espero que pronto, mi novela, pero creo que ni por esas.

Si bien es cierto que mi tendencia acumulativa ha cedido en los últimos meses al sentido común, a veces se me olvida y entonces sucumbo al placer de comprar libros aun sabiendo que las probabilidades de que no los lea son significativas.

Tengo tantos libros haciendo cola que ni los recuerdo todos y lo peor es que hay gente que sigue escribiendo.

Si hago un breve repaso, en la primera categoría encuentro aquellos que a estas alturas de mi vida empiezo a asumir que jamás leeré, como El día del Watusi de Francisco Casavella o Cosmópolis de Don Delillo. En esa misma sección se encuentran también los los clásicos que adopté impulsivamente, como La insoportable levedad del ser de Milan Kundera, Viaje al fin de la noche de Louis-Ferdinand Céline, La montaña mágica de Thomas Mann o Rayuela de Cortázar, por mencionar solo algunos.

La siguiente categoría es la de los que empecé pero estoy casi seguro que no terminaré nunca, ya sea por falta de constancia, tiempo o interés. Más esto último que cualquier otra cosa. En la orilla, de Chirbes, Nostromo de Joseph Conrad, El lamento de Portnoy de Roth o Corre, conejo de John Updike son algunos que me vienen a la mente.

La tercera está formada por aquellos que he leído pero con los que me gustaría repetir. Son demasiados, creo. Ansiedad de Scott Stossel, El guardián entre el centeno de Salinger, El proceso de Kafka, Pastoral Americana de Roth, El antropólogo inocente de Nigel Barley o El malestar en la cultura de Freud. También debería tratar de releer La subasta del lote 49 de Pynchon, solo por ver qué me aporta una segunda lectura. Hay otros muchos, como la serie Fundación de Asimov, pero eso sería pedir demasiado. 

Debería acabar esta entrada con aquellos que estoy decidido a leer, los haya empezado o no. Las dos menciones destacadas son La broma infinita de DFW y Jota Erre de William Gaddis, que juntos deben sumar unas 2300 páginas que me temo que por momentos serán casi ininteligibles. Admito que, no sin sacrificio, voy a esperar a acabar Jota Erre para comprar Los reconocimientos de Gaddis. En esta lista también veo a La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz, Amor líquido de Zygmunt Bauman y (creo) Cómo aprendí a leer, de Agnés Desarthe. Seguro que hay más, pero mi memoria tiene las patas cortas.

Tampoco puedo olvidar otros en los que estoy interesado, aunque se salgan un poco de mis preferencias habituales. Otros dos clásicos más, como no podría ser de otra manera: Hojas de hierba de Walt Whitman y Las flores del mal de Charles Baudelaire.

Son muchos y faltan otros tantos que hace años que acumulan polvo en las estanterías de Valencia, sin contar todas las adquisiciones que hice durante Filosofía. 

A pesar de todo eso, como decía al comienzo, lo he vuelto a hacer. Ayer añadí/me regalaron Limónov de Emmanuel Carrère y Ánima de Wajdi Mouawad a la lista. De momento, entran en la cuarta categoría (un poco de voluntarismo siempre es necesario): aquellos que estoy decidido a leer (de lo contrario, no los habría comprado). Dentro de unos meses veremos si me he equivocado. 

(El oficio de vivir, de Cesare Pavese, queda pendiente para el siguiente brote consumista).

En fin. Debería leer más, escribir más y hacer todo lo demás menos. No hay tiempo para todo y tampoco fuerza de voluntad.

Una visita a comisaría (adenda)

Creo que Patrick McLaw y yo compartimos problemas similares, aunque de momento el mío no es tan grave. http://www.playgroundmag.net/musica/noticias-musica/actualidad-musical/escribir-ciertas-novelas-podra-llevarte-al-manicomio-o-algo-mucho-peor

 

La historia es así: Patrick McLaw, un joven talento de la novela negra, publica su violento relato bajo pseudónimo y continúa su vida como si nada. Tiempo más tarde, a sus veintitrés años y como profesor de colegio en Maryland, un grupo de policías llaman a su puerta y le obligan a someterse a un tratamiento psicológico de emergencia. Por lo visto, el pobre aspirante a Stephen King está siendo investigado como sospechoso de un posible crimen (...)

 

Por cierto, el martes volví a comisaría. Ya no tengo claro cual es la gravedad real del asunto, aunque mi abogado insiste en que no me preocupe. Claro, qué va a decir él... Espero poder contarlo el fin de semana, si saco fuerzas.

Icarus is flying

mono

Aquí estoy de nuevo hablándole al vacío. Ya sabes que no he estado muy comunicativo estas últimas semanas. No he estado muy nada, en realidad. Bastante poco de todo, a decir verdad. Bueno, quizá no de todo, pero es complicado de explicar. Quizá otro día. Hay días que no sé si mi cabeza está repleta de pensamientos sin ordenar o de un vacío ordenado. Hoy es uno de esos. Permanece todo tan confuso como los últimos días e incluso semanas. Por suerte, siempre quedan algunos pilares firmes a los que abrazarme mientras pasa la tormenta. Aunque a veces me siento como si durmiese en una de esas casas que en los programas de televisión americanos trasladan de una ciudad a otra por la noche, y al día siguiente me despertase en un lugar extraño y remoto. Soy el mismo pero al mismo tiempo dejo de serlo.

Estoy divagando sin rumbo.

Hace semanas que no escribo nada. Al menos, no algo de más de 300 palabras y desde luego, nada de ficción. La novela superó las 75.000 palabras y parece que se ha plantado, aunque no estoy dispuesto a dejarla ir ahora, aunque tenga que atravesarla con una lanza y encadenarme al enorme escritorio del estudio. Creo que no me equivoco si digo que lo último que escribí es el relato del Tío Raimundo para un curso de escritura creativa al que falté más de la mitad de las veces, alguna vez por impedimentos personales y en su mayoría profesionales. La vida no es fácil, dice Óscar. Supongo que no, pero nosotros tampoco ayudamos demasiado.

En ocasiones desearía ser una de esas personas que han sido bendecidas con el privilegio de la constancia por las cosas, ese estado mental que en mi caso se traduce en una obsesión pasajera que por lo general no me dura más de unas semanas o meses. Hay un refranero sobre eso. Supongo que siento cierta envidia al ver lo que esa constancia puede conseguir en algunos casos. Claro que en otras no. Imagino dónde hubiese podido llegar en esto o aquello si hubiese empezado hace años; quizá muy alto, quizá a ningún sitio. Pero la verdad es que luego lo pienso de nuevo y qué aburrimiento, joder.

En fin. Continuamos para bingo.

Blogs

Últimamente me ha dado por revisar algunos de los blogs que solía visitar y comentar hace ya varios años. Cuando publicaba más a menudo, era más guapo, más listo y menos viejo. Por aquel entonces. De todos los que he mirado, ya sea por mi pobre memoria o por las personas que dejaban su dirección en los comentarios, creo que apenas quedan en pie un par. El resto o han dejado de existir, o hace años que no se actualizan.

Nos estamos haciendo viejos.