Sin paciencia se vive mejor

Mi madre siempre ha dicho que somos iguales en (al menos) una cosa: la poca paciencia que tenemos para hacer las cosas. Eso me lleva a comprar cosas que no necesito, suscribirme a revistas y comprar libros que luego no leo, obsesionarme con temas que dejan de interesarme a los dos días, o iniciar proyectos que abandono tan rápido como los comienzo. Hay un refrán que describe mejor que yo esta actitud: Arrancada de caballo y parada de burro. Les pondré un ejemplo. Cuando me suscribí a la revista Escalar, a la que permanezco suscrito (a diferencia del The New Yorker y Time, que cancelé algunas semanas después de recibir el primer número), me enviaron una tabla de entrenamiento multipresa (de escalada). Tardé un par de semanas en instalarla, lo que me llevó una docena de llamadas telefónicas y la visita a unas cuantas ferreterías para localizar una tornillería específica, sacrificando más de una tarde y un fin de semana. Desde entonces, he utilizado la tabla apenas un par de días, y de eso hace ya cinco meses. Sobra decir que si no la hubiese instalado, no habría pasado nada.

Esto tiene, como casi todo, dos maneras de verlo.

La negativa es que soy una persona impetuosa, poco constante y me cuesta mantener el interés pasado el arranque inicial si no existen estímulos adicionales. Dicho intervalo puede durar días, semanas, meses o incluso me atrevería a decir que años y eso no significa que en aspectos de importancia vital (literalmente) como las relaciones personales, el trabajo o la familia me dé por cambiar cada dos por tres, ya que en ese caso hablaríamos de un problema y no una anécdota de mi forma de ser. Afortunadamente, con el tiempo he conseguido manejar hasta cierto punto la energía de dichos impulsos: reprimirlos cuando son realmente estériles o implican un gasto que no puedo justificar desde el punto de vista de un observador (relativamente) externo o cuando soy más hábil, dirigirlos a un fin mejor que el original.

La versión positiva es más corta: esa energía bien enfocada me permite realizar ser mucho más productivo y avanzar más rápido de lo que lo haría en condiciones "normales" y en algunas ocasiones ese impulso inicial es más que suficiente para coger suficiente inercia. "Sólo" tengo que saber cómo enfocarla y proporcionarle suficiente combustible para mantenerla activa. Claro que en general eso es más fácil de hacer que de decir.

Hasta aquí, la visión dualista de las cosas.

Planteado así parecería que soy una persona con la estabilidad de la nitroglicerina, pero el asunto no es exactamente de esa manera, aunque yo me haya acostumbrado a esa interpretación. Presento, como casi todo el mundo, un nivel constante de energía que es con el que desarrollo la mayor parte de las actividades y que puede variar ligeramente dependiendo del estado anímico, condiciones personales y laborales y diversos factores externos; es decir, lo que se llama vivir. De vez en cuando, por la razón que sea, aparece algo que altera el estado "normal" de las cosas: un artículo, un libro, una conversación, una película o una idea. Ya se imaginan que viene después.

A esas "cosas", el estado de ánimo que provocan y todo lo que lo rodea lo llamo motivación y son los eventos más productivos y unos de los —por lo general— más satisfactorios de mi vida. Como comprenderán, la idea es tener cuantos más mejor. Al fin y al cabo, un par de revistas o libros y unas cuantas horas leyendo sobre cualquier cosa bien valen la pena si el resultado es ese.