Violencia

Imagen por Telefonkiosk en Wikimedia Commons 

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Desde que comenzó el movimiento este del 15-M he estado siguiéndolo —siempre obviamente por los telediarios e Internet— con cierta curiosidad, pero sobre todo con mucho escepticismo. No es que no crea en las buenas intenciones de los movimientos sociales espontáneos como el 15-M. Creer, creo; será por credulidad.

Creo en las buenas intenciones detrás de la mayoría de sus participantes, en las buenas intenciones de las asambleas, en las buenas intenciones de las acampadas y en las buenas intenciones de las manifestaciones. Lo que no creo es que nada de eso vaya a conducir absolutamente a nada y a las pruebas me remito: mayoría absoluta del PP, que no es un partido que venga precisamente a simpatizar con las ideas del 15-M. En realidad, no tengo una idea exacta de con qué simpatiza el PP, aunque intuyo que viene a ser lo mismo con lo que simpatizó el PSOE durante los últimos ocho años, y con lo que simpatizó el PP de Aznar, y etcétera hasta el comienzo de todo esto: ellos mismos.

El problema de las buenas intenciones es que son sólo eso: buenas intenciones. Van bien para las navidades y nos hacen sentir mejor, pero desafortunadamente ni dan de comer, ni consiguen cambian las cosas. Para eso hace falta algo más: un compromiso real y la voluntad de sacrificar hasta lo más sagrado, especialmente en el ámbito personal; cualquier otra cosa es, en la mayoría de los casos, algo tan poco honesto como fructífero y demasiado a menudo una burda instrumentalización de las ideas al servicio de los propios intereses. No cabe ninguna duda de que si te lo montas bien, vivir de la ideología ha acabado por ser un buen negocio, especialmente entre la clase política de izquierdas, más tendente —con honrosas excepciones— a mantener discursos de clase, válidos hoy en día o no pero que ni ellos mismos se creen, apoltronados en sus sueldos, sillones de cuero y con sus iPhones y iPads; sigamos hablando, pero sólo eso que cuanto menos se mueva la cosa, mejor, no sea que me toque salir a la palestra y demostrar que yo sí estaba realmente comprometido. O peor, que todo este tinglado cambie y mi cabeza ya no haga falta.

Volvamos al 15-M. La cuestión de fondo es que esa actitud pacífica, calmada y dialogante de que han hecho gala durante estos meses no tiene otro beneficiario que el sistema contra el cual el 15-M dice estar. Cuando el poder económico, político y mediático está en manos de unos cuantos y la mayoría (entre la que me incluyo) está totalmente atocinada y acomodada, que se reúnan un puñado de perroflautas a discutir sobre el bien y del mal no sólo es inofensivo, siempre que no hagan ruido y no molesten a los turistas, sino que además proporciona una satisfactoria sensación de salud democrática a la sociedad; viene bien, mientras se sienten en el suelo y se dediquen sólo a hablar.

La necesidad del uso de la violencia legítima es algo sobre lo que ya he escrito alguna que otra vez en el pasado, y con todo lo pacífico que yo soy (que lo soy, y mucho) y lo poco que me gusta dar y recibir hostias, actividades que afortunadamente no practico habitualmente, es algo sobre lo que estoy bastante convencido; la violencia puede llegar a ser un instrumento útil e incluso necesario en determinadas circunstancias, pero que las clases dirigentes se han encargado de demonizar, mientras que el inútil (por idealista) diálogo habermasiano se ha adoptado como herramienta de resolución de conflictos, cuando nunca las partes que entablan el diálogo están en igualdad de condiciones y por tanto siempre pierde el débil. Que es lo que interesa, al fin y al cabo.

No compararé la situación actual con la Revolución Francesa, porque los pobres franceses no tenían un montón de cosas que son deberían ser habituales hoy en día, como un techo, comida, ropa, educación, sanidad, y otras tantas cosas, pero a nadie se le ocurriría pensar hoy en día que a través del diálogo la Revolución Francesa (con sus bondades y sus maldades) se habría llevado a cabo. Tan poco como me gustaría ver a algún cacique político pagando por sus "pecados" (tengo mis preferencias políticas y de método, que no confesaré), he de admitir que ese tipo de "iniciativas" son al final las únicas que pueden generar un cambio que, no obstante, sabe uno como empieza, pero no cuándo ni cómo acaba. Esa incertidumbre es la que obliga a que el compromiso con las ideas, acertadas o no, deba ser total; nadie dijo que fuese a ser fácil. Por supuesto, no todo van a ser ventajas (especialmente para el cacique del que hablaba).

El primer problema son aquellos energúmenos que se apuntan a cualquier cosa que huela a violencia. Los reconocerán porque todo equipo de fútbol que se precie tiene unos cuantos que probablemente usted pueda contratar si tiene un problema, necesita ayuda, tiene el dinero suficiente y puede localizarlos (le adelanto que será tan difícil como encontrar al Equipo A). Comience usted una revolución y acabará rodeado de animales sin otra motivación que robar y romper cráneos sin distinción de edad, sexo, raza o condición social; eso es igualdad de oportunidades y todo lo demás son tonterías. La cuestión es la violencia, y si es la violencia por la violencia, mejor que mejor. Qué mejor entretenimiento que romper escaparates y robar amparado por la multitud. Cierto: cualquiera consigue algo de legitimidad en ese escenario. Esa es, en efecto, una buena razón para prescindir de toda violencia en actos reivindicativos; a saber si al manifestante que tienes detrás le gustan tus zapatillas y acabas con la cabeza abierta y sin zapatillas. No empieces algo si no sabes quién va a apuntarse.

El segundo problema, obviando lo terriblemente grande que es el primero, es saber quién le pone el cascabel al gato. En una sociedad, para bien o para mal, totalmente anestesiada (¿quién se siente mal cuando ve a un pobre pidiendo por la calle?) y en la que mucha gente —no me atrevo a decir la mayoría— tiene techo, comida, Internet y ocio de fin de semana, a ver quién es el guapo que se juega los cuartos y se lanza a las calles, cóctel Molotov en mano, a luchar por sus derechos y por los de sus congéneres. Y además, esperar apoyos y comprensión de otros que viven demasiado bien como para mover el culo del sofá. Como que no. Trabajo no tendré, pero no vivo tan mal, oiga; todo es mejorable, pero también puedo ir a peor.

Si recuerdo bien, en unos de los libros de la saga Fundación de Asimov, un personaje cuyo propósito era hacerse con un planeta —ahí es nada— utilizaba los electrodomésticos que él mismo había proporcionado a la población para conseguir que ésta se levantase contra sus dirigentes; primero se los daba y luego se los quitaba. No tengo ninguna duda de que en cualquier sociedad contemporánea occidental el resultado sería el mismo: retírele sus comodidades al ciudadano de turno y conseguirá una revuelta que superará lo inimaginable. Desgraciadamente, la motivación de toda esa turba embrutecida será volver al estado anterior, no conseguir ningún tipo de progreso que no sea una tele más grande, un smart-phone más bonito o un coche más potente. Intentar convencerlos de algún tipo de motivación o finalidad superior sería una total pérdida de tiempo.

El tercer y último problema es el que más me gusta. Max Weber, que era un tipo que al parecer dedicaba algún tiempo a pensar, escribió una vez algo así como que el Estado es aquel que mantiene el monopolio del ejercicio legítimo de la violencia. El problema es que si dejamos de lado la violencia física, existen otras muchas formas de violencia que el bueno de Weber no contempló. Un político que decide eliminar las ayudas a los más necesitados al mismo tiempo que mantiene coches oficiales, dietas, chóferes y otras prebendas escandalosas, está ejerciendo la violencia. Un empresario que trata a sus empleados como si fuese un señor feudal, está ejerciendo la violencia. Una empresa que despide a cientos de empleados mientras su dirección se mete en el bolsillo cientos de miles de euros, está ejerciendo la violencia. Un banco que paga miles de euros en bonus mientras mantiene sueldos basura, está ejerciendo la violencia. De manera mucho más sutil, pero con un resultado idéntico: la gente sufre y a menudo mucho más. Sin embargo, aunque todos tenemos la posibilidad de ejercer la violencia física con mayor o menor acierto, estos tipos de violencia menos evidentes están reservados a las clases dirigentes, especial pero no exclusivamente a la política, empresarial y financiera.

El problema es que nos hemos acabado de creer, tras mucho oírlo y repetirlo, el discurso oficial de condenar cualquier tipo de violencia que no provenga de los cauces "oficiales": la violencia es mala, la violencia no lleva a ningún sitio, excepto a conseguir que un antidisturbios te abra la cabeza con una porra, porque eso no es violencia, es mantener el orden público. De esta forma, al no poder ejercer la violencia física por falta de legitimidad y carecer de medios para defendernos de los otros tipos de violencia, el ciudadano de a pie se encuentra despojado de cualquier medida de defensa contra los estamentos del poder establecido.

En definitiva: abandonen toda esperanza de cambio que no alimente los intereses de las clases dirigentes. Reúnanse si quieren, dialoguen y debatan, pero mucho me temo que eso no les llevará a nada más que a conocer personas políticamente activas, lo cual está muy bien, hacer amistades, que también está bien, y pasar frío, lo que no es tan agradable. Por cierto, ¿se acuerdan de aquello Rajoy dijo hace tan sólo unos días sobre no subir los impuestos? Pues parece que ha cambiado de opinión, entre otras gratas medidas. No descarten ver algún funcionario quemando contenedores en las próximas semanas, pero tampoco apuesten a favor. Ya saben que la violencia sólo engendra violencia. Mala cosa, sin duda alguna.