Breve, cuatro

manolofranco en  Pixabay

manolofranco en Pixabay

Esta mañana, mientras iba al trabajo, he tenido una sensación extraña que no recuerdo haber experimentado nunca. Poco después de subir he logrado sentarme —porque los asientos en el metro se logran— en un asiento que una mujer había dejado libre, mientras iba leyendo en el móvil Expiación, de Ian McEwan, que acababa de comenzar.

El tren estaba llegando a la parada de Príncipe Pío, y mientras deceleraba al acercarse al andén, al levantar la cabeza y ver las luces de la estación entre los cuerpos de los pasajeros frente a mí he tenido la sensación, la seguridad, la total certeza de que, a pesar de que yo sabía que no era así, circulaba en sentido contrario a mi destino, como si por alguna suerte de brujería pudiera ir en un sentido y en el otro al mismo tiempo, como si me alejara de mi destino en lugar de acercarme a él.

La sensación, tan real que he tenido que dejar de leer por lo confuso que me hallaba, ha permanecido un par de paradas más, hasta que se ha disuelto en la marabunta que en Moncloa subía al vagón, dejando una leve resaca que ha durado hasta varias horas después de salir del metro.

Breve, tres

cabeza_arbol.jpg

No sé si han leído el libro Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout. Yo lo devoré en el breve viaje por trabajo —de negocios, que diría alguno— que hice hace unos meses a Estrasburgo. De manera lo más acertada y breve posible que soy capaz, que no es mucho, diré que trata de la relación que tienen una madre y una hija que no se llevan especialmente bien, cuando la última está hospitalizada y la primera va a cuidarla.

Entre todas las ideas que contiene, hay una a la que en el pasado he dedicado algo de tiempo a pensar, y que la protagonista menciona explícitamente en un momento —aunque la idea emana de la totalidad del libro—: lo poco que conocemos a nuestra madre y a nuestro padre.

Dejando de lado familias desestructuradas y desavenencias familiares, convivimos con estas personas durante décadas, y continuamos teniendo una relación más o menos cercana durante muchos años más. Sin embargo, si echa uno la vista atrás, se da cuenta de que apenas sabe nada de ellos, y en parte creo que el sentimiento puede ser recíproco. No somos mutuos desconocidos, pero ¿qué sabemos realmente de la otra persona? ¿Qué hay de sus sueños, fracasos, horas bajas, triunfos, esperanzas y decepciones? ¿Cuándo fueron realmente felices y cuándo realmente desgraciados? ¿Cuántas veces han llorado, o se han sentido eufóricos al borde del grito? ¿Qué decisiones quisieron tomar y no pudieron o no se atrevieron, qué decisiones tuvieron que tomar a la fuerza? ¿Qué les da miedo, qué les aterroriza, qué les entusiasma? ¿Cómo les hubiera gustado que hubiese sido su vida, si echaran la vista atrás, qué esperaban de la vida cuando eran unos adolescentes? ¿Quién les dio el primer beso, cómo se enamoraron, cuántas veces y por qué discutieron antes de tenernos? ¿Qué sacrificios han tenido que hacer y ocultar?

¿Cómo son esas dos personas cuando no son nuestra madre y nuestro padre? 

Breve, dos

IMG_20180205_101655_561_compressed.jpg

Camino de Barcelona, sentado junto a la ventanilla en un tren que se mueve a más de cien kilómetros por hora, las gotas de agua se deslizan por el cristal como renacuajos huidizos y se pierden por el otro extremo de la ventanilla, donde una chica de aspecto asiático mira el móvil abstraída mientras su compañera intenta dormir. Aumenta la velocidad y los falsos anfibios dan paso a hormigas nerviosas —y bastante veloces—, que con rapidez siguen el rastro anterior, hasta que a los pocos minutos la aceleración logra exterminar cualquier tipo de vida, real o imaginaria, que pudiera haber al otro lado del cristal. Para entonces Madrid ha quedado atrás y el exterior está cubierto de blanco.

Breve, uno

20171217_135833_compressed2.jpg

En vuelo hacia Estrasburgo, a merced de la mecánica de este avión, la profesionalidad del piloto y la suerte —siempre hace falta un poco de suerte—, pienso que volar solo tiene algo de melancólico, triste incluso, y tengo la sensación de haber pensado algo similar las veces que, hace ya años, cruzaba el Atlántico para ir o volver de Atlanta. 

A miles de metros de altura, sobrevolando un mar de nubes debajo del que se adivina el perfil de la costa francesa, los cristales de hielo formados sobre la ventanilla brillan, y la nitidez del extremo del ala contrasta con la línea difuminada de un horizonte que separa el exterior en blancos y azules. Sin una sola alma aquí arriba con la que tenga una mínima cercanía, treinta y dos filas con seis asientos por fila, 192 personas, solo le queda a uno agarrarse al consuelo de la humanidad colectiva, esperando que tal asidero, que falla más a menudo de lo deseable, no sea necesario. 

Mientras miro al infinito, a cientos de metros debajo de nosotros, de repente aparece otro aparato que cruza nuestra trayectoria en diagonal y en segundos se pierde por la cola, dejando tras de sí una estela blanca de conspiraciones. Quizá haya alguien volando solo allí dentro.