Retratos (Breve, siete)

En una de las comidas de la última visita a Nueva York el cliente nos llevó a una hamburguesería ubicada en la segunda con la cincuenta y dos. Una franquicia llamada Bareburger. A primera vista parece un local informal, en algunos sentidos muy Malasaña (por lo moderno), pero sin demasiado que destacar.

La cosa cambia cuando ya dentro, echas un vistazo a las paredes, que aparecen cubiertas de retratos de seres con cuerpo de persona y cabeza de vaca, gallo, cerdo, buey..., caricaturizados como pinturas clásicas o fotografías del siglo pasado. Y resulta del todo perverso, macabro, cruel si quieren —si bien he de admitir, y no en mi defensa, que irrelevante pasados unos minutos— estar comiendo vaca, gallo, cerdo, buey... bajo la atenta mirada de uno de sus congéneres.

Fotografía de David Chin en Google Maps

Leer (Breve, seis)

Leo mucho, desde hace un par de meses. Devoro los libros, uno tras otro, como si fueran meros productos de consumo, como una bolsa de pipas. Algunos lo son, es cierto, y así merecen que se les trate, quizá, no lo sé, pero no sería justo tratarlos así a todos. Los devoro, decía, quizá como devoro la comida, casi sin masticar, engullidos, directos desde la boca al estómago, y cuando me doy cuenta, que no es siempre, tengo que regurgitar lo leído, y volver atrás, y releer capítulos, hojas, pasajes, líneas, palabras, a veces incluso libros enteros, para encontrarme de nuevo con ideas, conceptos, sensaciones cuyo sabor despierta algún vago recuerdo, y entonces sí, las paladeo, las mastico bien y dejo que su jugo se deslice por la garganta hacia el esófago, quizá por las comisuras hasta la barbilla, y es en esos momentos cuando de verdad encuentro el placer de leer, y siento la necesidad de volver a escribir.

Breve, cinco

Frente al portal de mi casa hay una marquesina de autobús, y sentado en ella me encuentro cada mañana a un hombre mayor, pero no demasiado, con las manos apoyadas en las rodillas, de aspecto descuidado y la mirada perdida. No sé si está abatido o espera algo que nunca llega. Con la boca entreabierta y las mejillas caídas, pelo blanco enmarañado y barba blanca de varios días, sostiene un cigarro eterno apagado entre los dedos, casi una colilla, y viste una camisa de rayas desgastada, un pantalón de chándal y unos zapatos. Al pasar frente a él con Samy tirando de la correa, todos los días sin excepción la señala con el dedo, sonríe y dice: "El jefe". Es un instante de revelación, de regreso a la realidad, como si la perra fuese lo único que le trae de vuelta al mundo durante unos segundos. Yo le devuelvo la sonrisa y contesto: "Siempre".

Otras veces me lo cruzo por la calle, en diferentes momentos, por las cercanías de esa misma marquesina, busco sus ojos y hago ademán de saludarlo, pero él ni siquiera me ve. 

Breve, cuatro

manolofranco en  Pixabay

manolofranco en Pixabay

Esta mañana, mientras iba al trabajo, he tenido una sensación extraña que no recuerdo haber experimentado nunca. Poco después de subir he logrado sentarme —porque los asientos en el metro se logran— en un asiento que una mujer había dejado libre, mientras iba leyendo en el móvil Expiación, de Ian McEwan, que acababa de comenzar.

El tren estaba llegando a la parada de Príncipe Pío, y mientras deceleraba al acercarse al andén, al levantar la cabeza y ver las luces de la estación entre los cuerpos de los pasajeros frente a mí he tenido la sensación, la seguridad, la total certeza de que, a pesar de que yo sabía que no era así, circulaba en sentido contrario a mi destino, como si por alguna suerte de brujería pudiera ir en un sentido y en el otro al mismo tiempo, como si me alejara de mi destino en lugar de acercarme a él.

La sensación, tan real que he tenido que dejar de leer por lo confuso que me hallaba, ha permanecido un par de paradas más, hasta que se ha disuelto en la marabunta que en Moncloa subía al vagón, dejando una leve resaca que ha durado hasta varias horas después de salir del metro.

Breve, tres

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No sé si han leído el libro Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout. Yo lo devoré en el breve viaje por trabajo —de negocios, que diría alguno— que hice hace unos meses a Estrasburgo. De manera lo más acertada y breve posible que soy capaz, que no es mucho, diré que trata de la relación que tienen una madre y una hija que no se llevan especialmente bien, cuando la última está hospitalizada y la primera va a cuidarla.

Entre todas las ideas que contiene, hay una a la que en el pasado he dedicado algo de tiempo a pensar, y que la protagonista menciona explícitamente en un momento —aunque la idea emana de la totalidad del libro—: lo poco que conocemos a nuestra madre y a nuestro padre.

Dejando de lado familias desestructuradas y desavenencias familiares, convivimos con estas personas durante décadas, y continuamos teniendo una relación más o menos cercana durante muchos años más. Sin embargo, si echa uno la vista atrás, se da cuenta de que apenas sabe nada de ellos, y en parte creo que el sentimiento puede ser recíproco. No somos mutuos desconocidos, pero ¿qué sabemos realmente de la otra persona? ¿Qué hay de sus sueños, fracasos, horas bajas, triunfos, esperanzas y decepciones? ¿Cuándo fueron realmente felices y cuándo realmente desgraciados? ¿Cuántas veces han llorado, o se han sentido eufóricos al borde del grito? ¿Qué decisiones quisieron tomar y no pudieron o no se atrevieron, qué decisiones tuvieron que tomar a la fuerza? ¿Qué les da miedo, qué les aterroriza, qué les entusiasma? ¿Cómo les hubiera gustado que hubiese sido su vida, si echaran la vista atrás, qué esperaban de la vida cuando eran unos adolescentes? ¿Quién les dio el primer beso, cómo se enamoraron, cuántas veces y por qué discutieron antes de tenernos? ¿Qué sacrificios han tenido que hacer y ocultar?

¿Cómo son esas dos personas cuando no son nuestra madre y nuestro padre?