Breve, cuatro

 manolofranco en  Pixabay

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Esta mañana, mientras iba al trabajo, he tenido una sensación extraña que no recuerdo haber experimentado nunca. Poco después de subir he logrado sentarme —porque los asientos en el metro se logran— en un asiento que una mujer había dejado libre, mientras iba leyendo en el móvil Expiación, de Ian McEwan, que acababa de comenzar.

El tren estaba llegando a la parada de Príncipe Pío, y mientras deceleraba al acercarse al andén, al levantar la cabeza y ver las luces de la estación entre los cuerpos de los pasajeros frente a mí he tenido la sensación, la seguridad, la total certeza de que, a pesar de que yo sabía que no era así, circulaba en sentido contrario a mi destino, como si por alguna suerte de brujería pudiera ir en un sentido y en el otro al mismo tiempo, como si me alejara de mi destino en lugar de acercarme a él.

La sensación, tan real que he tenido que dejar de leer por lo confuso que me hallaba, ha permanecido un par de paradas más, hasta que se ha disuelto en la marabunta que en Moncloa subía al vagón, dejando una leve resaca que ha durado hasta varias horas después de salir del metro.