Algarrobas

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Encajonada entre la vía del metro, un campo de naranjos desahuciado, una calle secundaria y la carretera principal, la pinada formaba algo parecido a un triángulo irregular al que le hubieran pegado un corte con una tijera en la base. El lado más próximo a la carretera estaba permanentemente sembrado de plásticos, latas de refrescos, papeles y basuras de todo tipo, presumo que lanzados directamente por los conductores desde las ventanillas de sus coches. En esa parte abundaban los pinos jóvenes y escuálidos, lo que, unido a la escasez de arbustos y la alfombra de pinocha que lo cubría todo, le confería a aquella zona un aspecto famélico y siniestro. Como si hiciera falta algo para confirmarlo, de la rama de uno de los árboles encontré en una ocasión un enorme pastor alemán, ahorcado por algún sujeto desalmado, que a decir por lo hinchado que estaba y el olor que desprendía, llevaba varios días allí.

Aquella tarde nos ocultábamos tras la deficiente protección que nos brindaban los árboles, raquíticos pero suficientes para que ninguno de los conductores reparase en nosotros. Me acompañaba uno de mis vecinos, quizá el único entre todos ellos que se salvaba de la quema, porque eran con la citada excepción unos auténticos gilipollas la mayor parte del tiempo. Ignoro si lo siguen siendo, porque no sé en qué muta el gilipollas adolescente al hacerse adulto. Yo tendría, digamos, quince años, es probable que menos.

Sin ánimo de acertar, o quizá sí, lancé la algarroba hacia el coche que subía por la cuesta, y para mi desgracia y asombro alcanzó la luna delantera y se hizo añicos al momento. Nos quedamos inmóviles unos segundos, sin saber qué pasaría tras un suceso que hasta el momento no se había producido y cuyas consecuencias, por tanto, no habíamos previsto. Entonces las escuchamos: ruedas chirriando sobre el asfalto unos metros más adelante, una puerta que se abre, alguien que baja y la misma puerta que se cierra. Para entonces, nosotros ya habíamos comenzado a correr, cada uno en una dirección, como si lo hubiéramos planeado de antemano, y nos abríamos paso a toda velocidad entre las ramas que como brazos esqueléticos brotaban de los troncos.

La algarroba es el fruto del algarrobo, cuyo árbol dice la Wikipedia que en su vertiente mediterránea produce «unas vainas entre 10 y 15 cm. de longitud, de aspecto comprimido, indehiscentes, de color verde cuando no han alcanzado su madurez, y pardas cuando ya están maduras». Yo no hubiera sido capaz de explicarlo de esa forma, ni lo soy ahora, y tampoco tenía tiempo ni interés, mientras trataba de no sacarme un ojo en la carrera, de medir la longitud de mi proyectil. Sí sabía, no obstante, que mi algarroba parda, que por tanto se encontraba en su madurez, habría sido incapaz de traspasar el cristal de un coche. Sin embargo, en su ignorancia y enfado, nuestro perseguidor había confundido aquella vaina de aspecto comprimido e indehiscente con una piedra.

Quizá sería más correcto decir mi perseguidor, porque en una elección que nada me hace sospechar que no fuera al azar, me había escogido a mí, lo que desde todos los puntos de vista era justo, dado que había sido yo el culpable de aquello. También fue justo que me alcanzara, y también lo fue el miedo que pasé mientras le explicaba a toda prisa que no era una piedra lo que había impactado en su cristal, sino una simple algarroba cuya longitud desconocía. Todo era justo, aunque la justicia de la situación era de poco interés para mí en aquel momento.

Aún hoy en día sigo teniendo un ligero sentimiento de incomprensión respecto a aquella persecución y la facilidad y rapidez con la que el conductor del automóvil agredido me dio caza, porque mientras me internaba en las profundidades de aquella deslavazada población de jóvenes pinus halepensis, de «corteza gris rojiza y copa irregular», tenía la seguridad de estar dejando muy atrás las ansias de castigo de mi perseguidor. Hasta tal punto, que pasado un tiempo me detuve, inmóvil y cagado de miedo como estaba, convencido de haber logrado escapar. Como ya les he contado, no fue así, y aquella fue la primera y última vez que lancé algarrobas contra los vehículos que subían de la estación por aquella carretera huérfana de aceras. Y eso, más que justo, fue sensato.

Perros lazarillo

Al detenerse en la estación y abrirse las puertas del tren, el recién incorporado pasajero se apresura a buscar alguna plaza libre y, siempre que no aplique ninguna de las categorías previas, ocuparlo, no siempre con la educación y el civismo que cabría esperar de personas adultas. Entre semana, el tren que llega a primera hora de la mañana, casi siempre con unos minutos de retraso, va lleno a rebosar, hasta que llega a la parada construida exprofeso para la planta automovilística. Hoy está de suerte. Cuando sube al vagón, divisa dos asientos libres y una docena de personas de pie. El primero no tarda en ser ocupado por la vencedora de la competición que se produce entre dos mujeres mayores, lo que produce un gesto de disgusto en el adolescente escuálido que cuatro paradas antes lo había ocupado con la mochila que ahora tiene que cargar sobre sus rodillas. El otro sitio libre está en el lado de la ventanilla y no es objeto de disputa, por lo que es el escogido.

Al llegar a su altura, se percata de que en el asiento contiguo hay un ciego con un perro lazarillo que se ha adueñado del espacio pensado para sus piernas. Por un momento siente la tentación de retirarse a la espera de que otro asiento se libere, pero no necesita mirar a su alrededor para percibir que es objeto de examen por varias personas, interesadas en averiguar cómo piensa resolver la tesitura: ¿Es que tiene usted algo en contra de los invidentes? ¿Y de los perros lazarillos? ¿Qué tipo de persona es usted? ¿Vamos, qué va a hacer? ¡Haga algo, por el amor de Dios, estamos mirando!

Mateo decide sentarse.

—Disculpe.

El hombre asiente sonriendo, coge al perro por la correa y lo coloca bajo sus pies sin que este ofrezca ninguna resistencia. Todo se desarrolla de una manera menos traumática de lo que había anticipado y Mateo se tranquiliza. El animal es un golden retriever de color crema. Los párpados inferiores descolgados le confieren un aspecto melancólico. No tarda en recostarse y recuperar el territorio perdido; los intentos del hombre por recolocar al perro son en vano.

—No se preocupe, no me molesta.

No sabe si está siendo sincero o cortés.

El roce continuo con el animal le llena la pernera de pelos blancos. Se pasa la mano por el pantalón para retirarlos, pero se da cuenta de que mientras el perro siga allí es inútil. Es un fastidio, pero prefiere aguantar y callar. Jodido chucho. En la medida de las posibilidades de su confinamiento, Mateo escora sus piernas hacia la derecha en un intento de evitar el contacto con el lomo del animal, que deja su rastro en cualquier superficie textil que roza. Resignado, mira por la ventana.

A pesar de las instrucciones y esfuerzos de su dueño, el maldito perro sigue moviéndose, luchando por reconquistar el espacio del que ha sido expulsado. Es más que un incordio; el animal se tumba, se sienta y se vuelve a tumbar, acomodándose en un ovillo un poco más a la derecha que la vez anterior. Con las piernas aprisionadas entre el animal y la pared, no tiene ninguna libertad de movimiento. El hombre hace lo que puede, se disculpa de nuevo por el comportamiento del can y le advierte de la caída del pelo. Es un poco tarde para eso, piensa Mateo. Aprovecha para diseccionar al invidente. En un lugar destacado de su cara rechoncha y pálida se encuentran dos ojos tan grandes como inútiles. Grises y brillantes, como si alguien hubiese aplicado una fina capa de pintura satinada y translúcida sobre ellos; la misma que tienen los ojos de algunos peces en la pescadería: muertos.

El hombre abre una pequeña tapa del reloj de su muñeca y lo palpa. Desde su asiento, Mateo lo observa con curiosidad.

—Llevamos retraso.

Está sorprendido de que ese hombre sepa algo que a él le costaría averiguar. Distraído, solo sabe que todavía no ha llegado a su destino. Por un instante siente admiración, pero se difumina pronto. ¿Sería capaz él de vivir así? Probablemente sí. Tiene curiosidad.

—¿Cómo lo sabe?

El hombre sonríe con lo que a Mateo le parece un gesto de suficiencia; quizá detecta el sentimiento de superioridad de los que le hablan desde el lado de la luz, como si el conocimiento les estuviese reservado a ellos.

—Hago este trayecto todos los días…

Esa frase parece solo una parte de la respuesta.

¿Se trata de una jodida adivinanza, o qué?

—… y hace un minuto que han anunciado la próxima estación.

Lo último que Mateo quiere es mantener una conversación, pero su pregunta parece haber despertado las ganas de hablar del individuo. Los próximos minutos le hablará sobre la incomodidad de hacer dos viajes diarios, los asuntos que tiene que gestionar a diario, las habilidades extraordinarias que posee su perro guía y que resulta ser una hembra en contra de lo que Mateo ha pensado hasta entonces, como si su comportamiento hubiese indicado lo contrario. No tiene mucho que aportar a la charla, así que se limita a asentir. A pesar del chucho, siente simpatía. Unos minutos antes de llegar a su destino, el hombre saca una correa con un asidero, se la pone al perro y se despide deseándole un feliz viaje. Quizá la oscuridad externa genere algún tipo de sabiduría interior. Se pregunta si habrá ciegos estúpidos y desagradables y gilipollas y concluye rápidamente que debe haberlos. Indudablemente. Los hay. De hecho, quizá este lo fuese.

El negocio de la propia vida... y de los demás

Hace unos meses Laura me habló de un escritor noruego llamado Karl Ove Knausgård, a quien no conocía y de quien (por tanto) no he leído nada. Desde entonces me he agenciado un par de tomos de su principal obra, y voy a ello.

El autor se hizo famoso a raíz de su novela Mi lucha, una obra autobiográfica (autoficción) de 3500 páginas formada por seis volúmenes, en cuyo interior se recogen todo lujo de detalles íntimos. Hace ya un lustro que las novelas fueron publicadas en Noruega y Anagrama publica este año el 4º volumen (Bailando en la oscuridad).

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Aventuras y desventuras de L, R y M en el Registro Civil Único

La mujer que al salir del metro nos ha preguntado la dirección camina detrás de nosotros. Como si fuésemos juntos, pero no. No sé si acelerar o qué hacer, porque sé que sigue ahí detrás de nosotros y no quiero parecer un borde pero tampoco que piense que somos amigos. Es parecida a esas situaciones incómodas en las que te despides de alguien asumiendo que esa persona va en una dirección contraria a la tuya y luego resulta que no. Y entonces te encuentras andando junto a ella un poco por delante, un poco por detrás, mientras buscas una excusa decente (no todas valen porque no ha de parecer una excusa) para pararte y deshacerte de la incómoda compañía.

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Equilibrio

Algunas noches, cuando cenamos con vino, cojo la copa cuando todavía está medio llena y juego a posarla en el sofá junto a mí. Sobre la tela que cubre la gomaespuma, encima de algún cojín que tenga cerca o encima del brazo acolchado, en realidad da igual el lugar, solo importa que no sea una superficie firme, sólida, segura, como se supone que debería ser.

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Estúpidas imprudencias

Es domingo. Son las 07:35h.

Acostumbrado a levantarme temprano, no puedo dormir, así que le mando un whatsapp a Laura, que sale de trabajar a las ocho: ¿Quieres que vaya a recogerte? Por querer, sí, claro, contesta ella un par de minutos más tarde. Ok, respondo. Me visto, cojo a Samy, vamos al coche, de un salto sube al maletero. Pienso que no me he lavado la cara y que aún estoy algo dormido; no voy a tardar en despertarme. Voy justo de tiempo, pero creo que llego, aviso de antemano.

Ya en el coche, a escasos cien metros de la puerta del portal de casa un chico de unos treinta años me hace señales con los brazos, algo nervioso. Me paro y bajo la ventanilla unos centímetros. ¿Estás bien? ¿qué te pasa?, pregunto. A través del cristal me enseña el móvil, un iPhone 4 con la pantalla totalmente rota. Le han atracado, dice, llévame a una parada de metro, venga, por favor. Está muy nervioso. Yo también lo estaría si me hubiesen atracado, pero algo dentro de la cabeza me dice que suba la ventanilla y siga mi camino, que este tipo no es trigo limpio. Esa intuición que dice ARRANCA se hace más fuerte cuando sin que yo le diga nada rodea el coche por delante y se pone junto a la puerta del copiloto.

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El día de la madre

Junto a nosotros hay un matrimonio con dos hijos pequeños. Sobre su mesa hay esparcidas al menos dos docenas de servilletas de papel satinadas, esas que están diseñadas para repeler la grasa de los dedos. En el centro hay una cazuela de barro con un trozo de carne huérfano nadando en un aceite rojizo, y un plato blanco con un montoncito de mayonesa y las migas del rebozado. Calamares, intuyo.

El marido lleva puesta una camiseta de color ocre y unos pantalones vaqueros que tienen dificultades para contener unas lorzas que desbordan con generosidad por su cintura, formando un flotador de un tamaño importante. Probablemente no sabe que el perímetro abdominal es un indicador del riesgo de infarto de miocardio. Intento adivinar su índice de masa corporal. Debe rondar los 27 o 28, no estoy seguro. Tendré un valor más fiable cuando se haya levantado, ya que desde aquí no puedo verle bien las piernas. Con los codos sobre la mesa y ambas manos sostiene el móvil frente a él y con rapidez, sube y baja por las publicaciones de su muro de Facebook. De vez en cuando, señala con el dedo una imagen o un texto y dice algo en voz alta, pero parece más un comentario para sí mismo que una interacción humana. 

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Viento y lluvia

En el cristal de la mesa de Ikea de segunda mano que hace un par de meses compré a un argentino que se mudaba con su mujer a Cádiz, y que me costó horrores meter en el coche, veo las nubes moviéndose a toda velocidad. Parece como si huyesen de algo. El viento sopla con fuerza y las sábanas colgadas al otro lado del ventanal en la finca de enfrente se agitan con violencia. Me asombra que la mujer que las ha tendido, porque he visto que era una mujer, confíe tanto en las pinzas que las sujetan a las cuerdas de nylon verde, cuando cada vez que utilizo el tendedero exterior compruebo el nudo y me pregunto si resistirá. La contestación no tarda en llegar al comenzar a tender las sábanas, pantalones, camisetas, suéters o fundas de las almohadas. Así que me hago una pregunta que no puedo contestar, sobre la que sólo puedo hipotetizar, me arriesgo y tomo una decisión. No es que sea una decisión demasiado trascendente. Pero no creo que dejase fuera la ropa en un día como hoy. No, seguro que no. ¿Será ella más valiente que yo? ¿Más inconsciente? ¿Más experimentada? Quién sabe.

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Una botella de Pacharán

Son las dos y media pasadas. Cuando llego a la cola de la única caja del supermercado hay tres personas delante de mí. Una mujer joven, un hombre de mediana edad y una mujer mayor menuda, que hace unos minutos me ha pedido que le alcance un paquete de tila de la última estantería. Ninguno de ellos lleva más de cinco artículos. Mientras la mujer está metiendo el cambio en el monedero, entra un sujeto corpulento, con barba de varios días y barriga prominente, que es como son todas las barrigas. Sin entrar en el supermercado, aprovechando que las bebidas espirituosas están detrás de la caja, se acerca al dependiente y le dice:

—Oye, dame una botella de Pacharán.

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¿Ha pasado ya el autobús?

Esta mañana hemos firmado finalmente el contrato de alquiler del nuevo piso. De acuerdo al plan trazado, hemos salido de casa diez minutos más tarde de lo previsto y yo me he puesto, para no defraudar, innecesariamente nervioso y preocupado por el retraso acumulado. No me gusta hacer esperar a nadie y no me gusta que me hagan esperar, pero intuyo que a menudo llevo ambas cosas demasiado lejos, lo que me genera una dosis extra de ansiedad que no necesito, aunque eso es material para otro momento. También intuyo que Laura no tiene tantos problemas como yo con esperar o hacer esperar y le envidio por eso. 

El caso es que tras bajar por la calle Fuencarral, cruzar la Gran Vía, continuar por la calle Montera y atravesar la Puerta del Sol, llegamos a la parada del autobús número cincuenta, ubicada al comienzo de la calle Carretas. Esta vacía. Es decir, no hay nadie. Laura se sienta y yo me quedo de pie, incapaz de permanecer quieto y valorando seriamente coger un taxi. El tiempo corre. Llegan dos mujeres, creo; no estoy seguro del orden, aunque importa poco si llegan antes o después de nuestra protagonista. Un par de minutos después aparece quien debería ser el núcleo y motivo de este texto, ella, pero que a estas alturas es ya poco más que un satélite. Tratemos de ver si podemos traerla de vuelta al centro.

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