Aquellos maravillosos años

Hoy voy a contarles un capítulo de mi vida privada, de la que hace mucho que no hablo, entre otras razones porque es privada. Ya ven, ya no soy el exhibicionista que solía ser. No se quejen, ustedes tampoco son lo comunicativos que solían ser... Claro que algunos de ustedes ya no son los mismos, y yo sí. Bueno, pelillos a la mar. Si han leído mi breve autobiografía, se habrán fijado que hay un fragmento que dice lo siguiente:

 

«(...) aprendió -aquí el autor, que soy yo, se refiere a mí, que también soy yo- que la falta de coordinación entre departamentos puede ayudarte a comer gratis y almorzar gominolas. (...)»

 

Si no la han leído, o no se han fijado, fíense de mí; les aseguro que dice eso. El caso es que a no ser que sean ustedes yo, cosa que dudo excepto en aquellos casos en los que yo estoy leyendo esto, o que sean alguno de mis progenitores, cosa más probable que que sean yo, pero no demasiado probable ya sólo tengo una madre y un padre y ustedes son con toda probabilidad más de dos, ignorarán a qué me refiero exactamente. Yo se lo voy a explicar. Corrían por entonces los bonitos ochentaytantos, y en las llanuras de este santo país corrían libres las gacelas y los galgos.

Por aquel entonces, era yo una feliz criatura que cursaba, no sin esfuerzo, EGB; ay, qué tiempos aquellos. Por aquel entonces, como la casa paterna -y materna- quedaba lejos, a menudo tenía que comer en el colegio, para lo cual mi santa -ahora y entonces- madre acostumbraba a darme cien pesetas para que me comprase un bocadillo, y antes de continuar se tercia una explicación. En mi siempre añorado colegio, a la hora de comer, podías recurrir a dos proveedores: la cafetería, y el comedor "oficial", en cuyo caso procedía el pago previo del menú correspondiente a través de los padres o tutor legal del infante. Fin de la explicación.

El caso es que yo casi siempre compraba bocadillo, por razones que no vienen al caso, hasta que me percaté de que en realidad, nadie allí controlaba quién había pagado el comedor y quién no; se asumía que los padres de los niños que hacían cola habían hecho la correspondiente contribución para la compra de víveres con los que alimentar a sus vástagos, y punto. O al menos, eso pensaba yo y hasta hoy, nadie me ha sacado de mi error. Así que aquí un servidor, tramposo como nadie, decidió empezar a comer de gorra, un día tras otro. No todos, ya que tanto de niño como de mayor, he sido siempre una persona muy moderada, pero no puedo negar que fueron un número de días nada desdeñable. Pero he aquí que nuestro amigo cometió un fallo terrible, que fue el de gastarse el dinero de ese bocadillo que ya no necesitaba en gominolas... en el mismo bar donde acudían a tomar su café carajillo los profesores.

Y don Vicente me pilló. Y don Vicente habló con mis padres. Y mis padres hablaron conmigo. Y yo no me acuerdo demasiado de la bronca, para que les voy a engañar, así que tampoco debió ser gran cosa. Aunque da igual, porque después de quince años, el delito ha prescrito y yo era menor, así que estoy a salvo. Y después de todo, pensándolo bien, ellos eran curas y yo estaba hambriento, y ya saben lo que se dice en estos casos, ¿verdad?