Aventuras y desventuras de L, R y M en el Registro Civil Único

La mujer que al salir del metro nos ha preguntado la dirección camina detrás de nosotros. Como si fuésemos juntos, pero no. No sé si acelerar o qué hacer, porque sé que sigue ahí detrás de nosotros y no quiero parecer un borde pero tampoco que piense que somos amigos. Es parecida a esas situaciones incómodas en las que te despides de alguien asumiendo que esa persona va en una dirección contraria a la tuya y luego resulta que no. Y entonces te encuentras andando junto a ella un poco por delante, un poco por detrás, mientras buscas una excusa decente (no todas valen porque no ha de parecer una excusa) para pararte y deshacerte de la incómoda compañía. Me he olvidado de algo suele servir, si tiene sentido, claro. Ponerse a mirar el móvil también. Si puedes llamar es incluso mejor. Pero como se ponga a hablarte estás jodido. En esas ocasiones me pregunto si la otra persona siente lo mismo. Supongo que si te habla es que no. Igual se siente sola. O no quiere parecer una borde. O es más simpática o sociable o agradable que tú. Esta mujer no, porque no la conocemos de nada. Cinco minutos más tarde giramos la esquina. Junto a la puerta vemos a R., de cuclillas frente a un banco hablando por el móvil y un cuaderno en el que apunta grandes frases en diagonal, como si no pudiese sentarse en el banco y escribir como las personas. A ese ritmo seguro que lo acaba muy pronto. Nos acercamos mientras bromeamos sobre su nivel de estrés y yo le comparo con un bróker. Compra, compra, vende, digo. Creo que no me oye. O me oye pero no me escucha. O me escucha pero no me presta atención. Se levanta y sonríe. 

En la puerta hay uno de la ONCE vendiendo cupones. No parece que sea ciego, y eso siempre me llama la atención, porque alguien que trabaje para la Organización Nacional de Ciegos Españoles sin ser ciego no deja de ser un poco raro. Me pregunto si habrá extranjeros. Ciegos extranjeros que trabajen para la ONCE, digo. Paso junto aa él como si no le hubiese visto, como hago cuando veo voluntarios de ACNUR, UNICEF, Greenpeace, Intermón Oxfam, Cruz Roja y muchas otras. Él sí me ha visto. No me gusta que me asalten porque cuando les explico que ya colaboro con tres ONG me dan ganas de enseñarles los cargos bancarios para que no piensen que miento, que seguro que es lo que hace todo el mundo. De hecho, yo mismo me siento culpable. Seguro que si fuese ellos pensaría que miento. Pero tengo cara de bueno y por lo general hacerme el loco no me lleva a ningún lado. No sé hacerme el borde.

Dejamos atrás al trabajador de la ONCE infiltrado y tras la segunda puerta un arco de detección de metales más sensible de lo esperado emite un pitido intermitente. Me quito la chaqueta, la pongo en la cinta de los Rayos X y saco treinta céntimos que llevo en el bolsillo del pantalón y los dejo en la bandeja de plástico. A R. le obligan a dejar la grabadora, que el funcionario mete en una bolsita de plástico que me recuerda a las que utilizan en las películas para guardar las pruebas de los homicidios. Pienso que con toda probabilidad el móvil que llevo graba mejor, pero nadie parece haber pensado en ello. O igual sí lo han pensado y han decidido que es demasiado trabajo o que por lo general, nadie graba cosas con los móviles. Yo sí lo hago. 

Solventado el problema metálico, nos acercamos a los ascensores. Miro alrededor y me pregunto qué pudo suceder en este vestíbulo para que el tiempo se detuviese en los años ochenta. Creo que estoy siendo optimista. Probablemente el registro en el que mi padre me inscribió al nacer hace ya cuarenta años tenía una pinta más moderna que este. Hemos viajado al pasado, al paradigma del mundo funcionarial tal y como lo sueñan muchos españolitos. Franco ha muerto y acaba de comenzar la Transición. Por todas partes, carteles sindicales pegados en cristales y paredes protestan contra la privatización del Registro Civil, aunque eso es actual. Franco jamás habría privatizado el Registro Civil. Estaba muy ocupado haciendo pantanos. Y otras cosas menos guays que no está bonito decir en una conversación. A nuestra espalda una señora mayor se equivoca y entra por la puerta de la calle donde un cartel verde grande pone "SALIDA", no "ENTRADA". La funcionaria de seguridad le dice a gritos que no es por ahí, hasta que la criminal da la vuelta. La comprensión lectora está por los suelos.

El hombre que nos acompaña pulsa el número 1 en el ascensor: primer piso. No me extraña que esté gordo, comento cuando ha salido. L. intenta defenderlo con argumentos sobre la habitual localización oculta de las escaleras, aunque en este caso estaban al lado de los ascensores. No cuela. Caso cerrado, señoría. En la quinta planta, una veintena de personas o más espera frente a un mostrador de contrachapado. Una hoja impresa en letras grandes que debe de tener como un siglo nos previene de esperar en la cola, y le entregamos el formulario cumplimentado a una mujer que pregunta en voz alta si alguien tenía cita previa. Nos sentamos y esperamos. Laura señala a una chica que en su ignorancia dice que tiene todos los papeles y parece creer que es posible ahorrarse los seis meses de espera. Ilusa. Bromeamos sobre decirle a la gente que hace cola si se ha pensado bien lo de casarse. R. se queja de la confiscación de la grabadora. Este es el tipo de lugar en el que debía estar pensando Kafka cuando escribió "El proceso". No sé si lo privatizan por el estado en el que está o si está en este estado porque lo privatizan. Bueno, no lo sé pero lo intuyo.

Salen tres personas del más allá. Del más allá del mostrador, quiero decir. Un instante después llaman a los que están sentados a nuestro lado. Poco después a nosotros. Nos levantamos, pasamos con una mezcla de superioridad y culpabilidad junto a la cola (estoy seguro que alguien nos mira mal, como si fuésemos amigos de la funcionaria y nos estuviéramos saltando todos los trámites), y entramos al mundo que hay detrás de los biombos y el mostrador. Si esto fuese la casa de un narco de las barranquillas, ahora deberíamos encontrarnos con monitores gigantes, portátiles ultrafinos, sillas ergonómicas y un dechado de medios tecnológicos de última generación. Pero estamos en el jodido Registro Civil Único de Madrid y seguimos en el siglo XV. Miro alrededor. Hay como docena y pico de mesas, aunque más de la mitad están vacías. Es 29 de diciembre. No les culpo. Ni aunque fuese el 5 de marzo. No veo ningún retrato del rey. Tampoco de los Reyes Católicos o algún visigodo. Antimonárquicos todos, seguro. Por eso lo privatizan. 

La funcionaria que nos atiende señala tres sillas como uno piensa que debe hacerlo un buen funcionario: con firmeza, sin titubear. Ordenando. Aquí, los contrayentes. Aquí, el testigo. Se sienten, coño. Eso no lo dice, claro. En realidad, tampoco sé si llega a decir "los contrayentes", pero me encaja. Coge el formulario. Lo mira. Lugar donde se celebrará la boda, pregunta. L. y yo nos miramos. Ni puta idea, pensamos, aunque no lo decimos. Ni siquiera se nos había ocurrido que fuese algo que tuviésemos que llevar pensado o incluso gestionado. Mal empezamos. Dudamos. No sabemos, digo o dice. Titubeamos. Detecto un sutil cambio de tono a mejor en la voz de la funcionaria. Nos tranquiliza diciendo que no es necesario ahora pero que lo llevemos cuando volvamos dentro de tres meses. Comentamos lo del notario. Nos alerta que una vez puesto no podremos cambiarlo y hace un comentario sobre los tejemanejes del colectivo notarial. No parece muy contenta con el proceso de privatización. Mirando alrededor no me extraña lo más mínimo.

Ahora pide los DNI. Los de los contrayentes y el del testigo. Las fotocopias. Las partidas de nacimiento. Subraya algo en una de ellas con rotulador rojo o rosa, no estoy seguro. Quita una grapa de más que lleva la de L. Ahora, los empadronamientos. Que dónde están los de Valencia, pregunta señalando con el dedo la palabra "Valencia" en el impreso relleno. No están, contesta L., porque cuando lo rellenamos aún no llevábamos dos años en Madrid, pero como esto de casarse es más largo que un capítulo de Oliver y Benji ahora sí que llevamos dos años y el día que nos casemos llevaremos como un par de décadas. Eso último, desde Madrid hasta el final, no lo dice. La mujer asiente con la cabeza, tacha "Valencia" con delicadeza y hace un comentario divertido sobre el juez. 

Está relajada. Entonces os falta un certificado de empadronamiento histórico, dice. L., que había jurado y perjurado enfrentarse al Estado con todas sus fuerzas y hasta su último aliento si este impedimento aparecía, le explica con amabilidad que no hay forma de pedirlo por correo postal ni online ni teléfono ni burofax ni telegrama ni hostias. En realidad no sabemos si tal cosa existe. La mujer asiente con la cabeza, empatiza con nosotros y nos explica que el padrón histórico hay que solicitarlo en persona. No somos los primeros, dice, y nos hace partícipes de la lucha que mantienen con ellos. Administración Electrónica mis cojones, pienso, aunque esta mujer no tiene culpa de nada. Nos tranquiliza de nuevo diciendo que no pasa nada, que lo llevemos en diez días. Me cae bien. Sonríe.

En el techo hay un par de lámparas con los elementos decorativos de plástico rotos. Bienvenidos a los años cincuenta. Imprime varias hojas, aunque si hubiera sacado una Olivetti con papel carbón no me habría extrañado, y nos pregunta si vemos alguna errata en nuestros nombres y el DNI. A mí me falta una vocal y a L. una tilde en su segundo apellido, pero solo señalo lo primero. No es momento de ponerse detallista. Vuelve a imprimirla. Todo bien (a excepción de la tilde). Firmad. Aquí y aquí, el testigo aquí. Firmamos. También esta. Firmamos también esa. Al firmar veo un error tipográfico en la redacción pero me callo. Es muy amable y quiero que siga siéndolo. Nos recuerda lo del empadronamiento. Y lo del notario. Nos da una hoja impresa y otra de esas parecidas a las que utilizaban en la universidad para las encuestas. Antes de salir me vuelvo para confirmar con la funcionaria todos los trámites pendientes y L. se mete con mi limitada capacidad de retención. Intento justificarme. Volvemos al mundo real donde la gente hace cola. Esta vez no me fijo en sus caras. 

Bajamos en el ascensor del paleolítico con un señor trajeado que debe de ser de una época cercana. Un guarda de seguridad le devuelve a R. su grabadora confiscada con su material periodístico dentro, supongo. Pasamos tras la puerta de "SALIDA" cubierta de carteles sindicales. Salimos a la calle. R. dice que nos vayamos de comilona y luego a emborracharnos. L. se pone a bailar, gritar y cantar. Se une el vendedor de pega de la ONCE, la mujer del principio, una funcionaria, un gato vestido de paje real y el que va disfrazado de Bob Esponja en la Puerta del Sol. Suena música desde alguna parte y aparecen en pantalla los títulos de crédito. Fundido en negro. 

En realidad no. Sí salimos a la calle, pero L. ha salido del trabajo a las nueve de esta mañana, ha dormido hora y media y está agotada y muerta de sueño. R. tiene que llamar a no se qué historiador para que le cuente no se qué sobre no se qué monumento (en realidad sí lo sé, pero no puedo contarlo). Yo tengo que pasar por la oficina. Así que nos tomamos un té, un pincho de tortilla y un café, respectivamente. Convenzo a L. de que se deje de tonterías y coja un taxi para llegar antes a casa. Nos despedimos. Echo a andar y paso por varios comercios cerrados. La crisis, pienso. En la puerta de un garaje, una sombrilla rosa gigante oculta a alguna persona sin hogar. La crisis no. Hijos de puta, pienso. Una hora más tarde, antes de acostarse, L. me manda un mensaje por whatsapp: Te quiero futuro maridito. Y un corazón. Sonrío.