Poesía

Eran perfectos. Podía sentir el calor en sus manos entrelazadas, la intensidad de su amor, la devoción en la mirada. Mientras los observaba extasiado, el roce de una bolsa de plástico me trajo de vuelta. El panel marcaba un minuto. Me separé de la pared con un impulso y se escuchó el pitido en el túnel. Me acerqué a ellos, nervioso, y comencé a contar mentalmente. A esa distancia eran aún más adorables. Cuando aprisioné su pie con el mío, se volvió y supe por sus ojos que no entendía nada. Me hubiera gustado explicarle, pero no teníamos tiempo. Le regalé mi sonrisa más dulce y la empujé. Fue poético. Su cabeza se destrozó contra el tren en movimiento mientras el chico era arrastrado por el suelo con una pierna encajada entre el vagón y el andén, cuya carne se deshacía como la mantequilla coloreando el borde de un rojo brillante y vivo. Sin dejar de mirar, la multitud se echaba atrás horrorizada. Cerré los ojos, me centré en los alaridos y eyaculé en los calzoncillos con un intenso orgasmo. Miré alrededor. Una chica y yo cruzamos la mirada y nos sonreímos. Dos por uno, época de rebajas.

(Microrrelato participante y no premiado del concurso Negra y Criminal de la Cadena Ser, tal y como lo mandé).