Ricardo

De joven tuve un amigo cuya principal diversión consistía en abrir los maleteros de los coches detenidos en un semáforo o un paso de cebra. Los dejaba abiertos sin coger nada y salía corriendo. A menudo, los amigos le jaleábamos la hazaña desde la acera, a una distancia prudencial para que nadie sospechara de nuestra complicidad. Un día, animado por nosotros, Ricardo se acercó a un enorme Audi A8, pero antes de que pudiese tocar la cerradura el conductor dio marcha atrás y lo arrolló. En la caída la bola del remolque le golpeó la cabeza y le dejó para el resto de su vida media cara paralizada.

Eso lo sé porque sus padres se lo contaron a Daniel, el único de nosotros que fue a visitarlo durante los dos meses que estuvo ingresado. Como los demás, aquel día salí corriendo, y no había vuelto a ver a Ricardo hasta esta mañana, cuando he ido a recoger el coche del lavadero. De espaldas a mí, ha cogido las llaves de un clavo en la pared, y al girarse nos hemos encontrado de nuevo. Me ha mirado a los ojos y tras un instante de duda ha esbozado una cálida sonrisa. Yo he rehuído su mirada, he fingido que no lo conocía y me he alejado de allí a toda prisa, igual que hice aquella tarde de viernes.

Patios de recreo

Éramos los parias. Con los roles establecidos desde el principio del curso, cuando sonaba la sirena nos conformábamos con una pequeña porción del espacio disponible en el patio de recreo, en la que formábamos dos porterías con cualquier otra cosa que tuviéramos a mano. Sin larguero ni líneas pintadas en el suelo, los límites se establecían por sentido común y acuerdo popular, y la pelota no era más que la suma del papel de plata de los bocadillos de los integrantes de ambos equipos, que a menudo había que rearmar tras la desintegración que sufría a causa de alguna patada. Varios metros más allá, grupos de nuestros compañeros más aventajados, a los que llamábamos los profesionales con sorna y cierta envidia, disfrutaban de las comodidades de campos de fútbol sala casi reglamentarios, incluyendo los balones que el profesor de educación física tan amablemente les cedía al llegar la hora del recreo. Aun así, no teníamos ningún tipo de conciencia de clase futbolera. Estoy bastante seguro de que, en secreto, todos albergábamos la esperanza de dejar atrás las líneas imaginarias y la minúscula y aparatosa pelota para formar parte de alguno de los equipos oficiales.

Visto en perspectiva, tampoco nos podíamos quejar; un escalón por debajo en estatus y ocupación física, las niñas se arrinconaban en las esquinas del recreo, sentadas o cantando en torno a alguna goma de saltar. Solo algunas parecían interesadas en el fútbol, pero una cosa era ser un paria del patio de recreo, y otra dejarlas jugar con, o incluso, contra nosotros. Entre ellas, la más insistente fue María, una chiquilla rubia y desgarbada con las piernas como palillos, que se presentaba al borde del campo imaginario todos los días. Finalmente, tras una pequeña asamblea improvisada, aceptamos que formara parte de los suplentes, a regañadientes de más de uno. Al fin y al cabo, era una chica. ¡Una chica!

No duró en el banquillo. Aún en un curso inferior al nuestro, ella era, con diferencia, la que mejor jugaba, y me atrevo a decir que nada tenía que envidiar a cualquiera de los profesionales, pese a lo cual su estatus de chica condicionaba cualquier posible ascenso a categorías superiores. Sin embargo, tampoco aquello era suficiente, ya que nos comportábamos como si le estuviéramos haciendo un favor, y como es evidente, fuera de la cancha de juego, nos manteníamos mutuamente distanciados. Ella no era nuestra amiga.

Una mañana, el balón de uno de los campos reales llegó hasta nuestro campo imaginario. Al jugar en terreno de nadie, era una interrupción habitual, y nos limitábamos a devolverlo con nuestro mejor estilo, quizá con la idea de demostrar que, en realidad, aunque jugásemos con porterías ficticias y una bola de papel de plata, no éramos tan malos (aunque sí lo fuésemos). En aquella ocasión fue María quien lo interceptó, sujetándolo con la planta del pie. A distancia, Julio, un chiquillo que venía todos los días al colegio con zapatillas de fútbol sala, esperaba el balón de vuelta, y al ver que ella no reaccionaba, él y varios compañeros suyos se acercaron, mientras nosotros nos mirábamos unos a otros sin saber muy bien qué hacer.

—Devuélveselo, vamos —susurró algún miedoso. Más bien al contrario, María comenzó a dar toques con él en el aire, un desafío que los profesionales no podían dejar pasar.

—Que me des el balón, niña idiota —dijo Julio cuando llegó junto a ella.

El siguiente toque que María le dio a la pelota fue una patada que la mandó al otro lado de las paredes del patio del colegio, para desconcierto de ellos y regocijo nuestro. Incluso se escuchó alguna risa reprimida.

—Ahí tienes tu balón, niño idiota —dijo ella sonriendo con los brazos cruzados.

María pasó una semana castigada por aquello, y tras el castigo volvió a aparecer en nuestro campo imaginario a jugar, como si nada hubiera pasado. Aunque plantarles cara a los profesionales era algo a lo que ninguno jamás se habría atrevido, nadie en el grupo mostró un ápice de cercanía o admiración.

La misma escena se repitió en varias ocasiones en los meses siguientes, con resultado y protagonistas dispares. A veces el balón acababa de nuevo en el otro lado de la valla (y también de nuevo, ella castigada), a veces le pegaba una patada y lo mandaba al otro extremo del patio y a veces le daba toques hasta que el profesional, resignado, se plantaba frente a ella y lo pedía de buenas maneras. Desde que uno de los mayores había tratado de quitársela y ella lo había toreado entre risas, nadie se había vuelto a arriesgar a una humillación pública. Todo el colegio sabía que, con mucha diferencia, era más hábil que cualquiera, y aunque para nuestro grupo era un orgullo tenerla junto a nosotros, era un sentimiento que manteníamos oculto. Incluso así, no puedo negar que cada vez que una pelota ajena llegaba a sus pies, una sonrisa de diversión mal disimulada se dibujaba en nuestros rostros.

Una mañana, antes de que comenzáramos a jugar, Julio se acercó con dos de sus lugartenientes.

 —Eh, niñ… María, ¿quieres venir con nosotros?

Ella los miró, indiferente, mientras esperábamos a su espalda, tímidos y convencidos de que nos íbamos a quedar sin nuestra estrella.

—Qué pasa, ¿os falta alguien?

—No. Solo queremos que juegues con nosotros.

—Pero no os sobra ningún sitio, ¿no?

—Quitaré a alguno, yo me encargo de eso.

María no dijo nada. Giró la cabeza y nos recorrió con la mirada uno a uno. Me pareció que se estaba despidiendo y sentí una punzada de remordimiento por cómo la habíamos tratado. No podíamos reprocharle nada.

—Qué dices, María, ¿te apuntas? —insistió Julio.

Ella frunció los labios un segundo y sonrió.

—No, creo que me quedo con ellos.

Y sin decir nada más, se volvió y los dejó plantados a su espalda, mientras se dirigía a mí con una gran sonrisa y la mano extendida para que le chocara los cinco.  

Les quatre cents coups - I

Fotograma de  Les quatre cents coups  (Los cuatrocientos golpes), François Truffaut.

Fotograma de Les quatre cents coups (Los cuatrocientos golpes), François Truffaut.

La imagen de arriba es un fotograma de la película Los 400 golpes, de François Truffaut (1959). Forma parte de una secuencia mayor, filmada durante una mañana de sábado en el teatro Lido de París, en la que algo más de un centenar de niños observan entusiasmados los movimientos y bromas de varias marionetas sobre un pequeño escenario improvisado, mientras la cámara recoge sus expresiones de diversión y sorpresa. Según se supo varios años más tarde, la escena no estaba prevista en el guion original, y Truffaut decidió incluirla cuando quedaban apenas dos meses para que la cinta se presentara en el Festival de Cannes. Al parecer, el germen de la idea fueron los gritos de alborozo que el director escuchó mientras mantenía una conversación telefónica con el productor Adrien Toussaint (que moriría años más tarde asesinado en el asalto frustrado a una joyería), cuya responsable era la hija menor de este, que acababa en ese momento de llegar del teatro. Intrigado por el escándalo al otro lado de la línea, Truffaut le preguntó a Toussaint la razón, y la respuesta dio lugar a la escena en cuestión. 

Aunque tomó la decisión de incluir la secuencia en ese mismo momento, se cuidó mucho de decírselo a Toussaint (si bien en una entrevista durante la promoción de la cinta en Cannes, este se atribuiría parte del mérito), a sabiendas de que el productor se habría negado en redondo. Por aquel entonces, la película estaba en la fase final del montaje y movilizar a los técnicos y el equipo de filmación de nuevo habría sido demasiado costoso, en un presupuesto que Truffaut había estirado varios cientos de miles de francos por encima de lo previsto. Pese a ello, más que el aspecto económico, pesaba la tensión que se había creado durante las últimas semanas entre el director y diversos productores, al negarse este a eliminar una de las escenas icónicas de la cinta y que incomodaba a los sectores más conservadores de la política francesa. El tira y afloja estaba alargando en exceso el proceso y ponía en riesgo la puesta de largo en Cannes. Truffaut temía, con bastante acierto, que el hecho de sugerir una nueva escena, incluso a cambio de sacrificar aquella que le pedían, fuese la gota que colmase el vaso, y provocase que lo apartaran definitivamente del montaje. 

La solución que escogió, probablemente la única que había para salvar la película, fue actuar a espaldas de los productores, consciente de que se estaba jugando su carrera profesional. La noche del miércoles previo a la grabación, reunió en su casa a su equipo de confianza y en una cena informal les contó la escena y algunas ideas vagas de cómo pensaba llevarla a cabo. Aunque varias personas mostraron reticencias por las repercusiones que aquel acto de rebeldía podría suponer para sus carreras profesionales en el futuro, Madeleine Morgenstern (la mujer de Truffaut) salvó la iniciativa proponiendo mantener a los miembros de aquella reunión en secreto, y esa misma noche se concretaron todos los detalles. A pesar de lo inverosímil que pueda parecer y las múltiples listas de posibles asistentes, nunca se han conocido las identidades de los conspiradores.

El papel de Morgenstern fue mucho más que hacer de anfitriona en dicha reunión. De hecho, ese sábado fue ella quien dirigió y coordinó la grabación de la escena de las marionetas en el teatro Lido de París, en una sola toma y de manera totalmente improvisada; no había guion, ni actores profesionales, ni maquillaje, ni vestuario. Los niños se sentaron donde quisieron y ninguno sabía que le estaban filmando, aunque para ahorrarse complicaciones, sí obtuvieron la aprobación escrita de los progenitores de al menos, todos aquellos menores cuyas caras se reconocen en algún plano, junto con un compromiso de confidencialidad que finalizaba veinticuatro horas después de la proyección oficial. Pese a que en el filme apenas aparece un fragmento, la obra infantil que se representó fue un viejo relato de la propia Madeleine titulado "Le petit arbre vert".

Tras la grabación, a Truffaut no le costó convencer al montador Jean Bonnet, que se enamoró al instante de la escena del teatro, y que a partir de Los 400 golpes trabajaría de manera exclusiva con Truffaut. Durante tres intensas semanas, los tres: Morgenstern, Truffaut y Bonnet trabajaron en secreto con dos versiones de Los 400 golpes. Por un lado, la versión díscola, en la que no solo aparecía la escena nueva del teatro, sino también la que los productores querían eliminar y tres más sobre las que Truffaut había acabado cediendo y que habían sido amputadas. Por otro lado, la versión aprobada, que no contenía ninguna de dichas secuencias y en la que Truffaut había fingido aceptar las presiones recibidas. Las dos versiones existieron hasta minutos antes de la proyección en Cannes.

Nadie sabe cómo, pero Truffaut se las ingenió para sustituir la versión "oficial" por la suya, que fue la que se acabó proyectando. Es probable que de nuevo, el mérito le corresponda a Morgenstern, una mujer muy apreciada en el sector por sus reivindicaciones laborales, y que tenía una extensa red de contactos en el ámbito cultural, no solo francés, sino también español e italiano. Aunque Truffaut insistió en incluir a Madeleine Morgenstern como codirectora, y de hecho la menciona frecuentemente en varias entrevistas, ella se negó en redondo a figurar con su nombre, quitándole importancia a su autoría en una de las escenas más recordadas de la película y casi se diría que del cine francés.

Para evitar que tras la proyección los productores impusieran su criterio y distribuyesen la versión "recortada" en lugar de la completa, Bonnet se aseguró de eliminar todas las copias que existían de esta. Lo más probable es que la cara de Toussaint y sus colegas en la oscuridad de la sala el día de la inauguración de Los 400 golpes en Cannes fuese un poema. Lo peor no es que hubiese una nueva escena no aprobada, lo que al fin y al cabo visto en perspectiva no tenía mayor importancia, sino que Truffaut había recuperado todas las demás. 

La larga ovación que la cinta recibió al aparecer los títulos de crédito y las excelentes críticas de la prensa especializada que obtuvo a la salida persuadieron a los productores de abrir la boca, a pesar de la cara de perro que mostraban cuando se encendieron las luces. Probablemente, ninguno quiso arriesgarse a ser acusado de echar a perder lo que tenía pinta de convertirse en una de las obras maestras de la cinematografía francesa. 

El próximo día hablaremos de tres de los protagonistas de la escena de los títeres: Cloé Le Brun, Felix Moreau y Didier Faure-Baud, cuya historia, tan inventada como los nombres y el texto que acaba de leer, no es menos sorprendente.

* * *

Si te apetece, puedes leer la segunda parte de esta entrada.

Viento y lluvia

En el cristal de la mesa de Ikea de segunda mano que hace un par de meses compré a un argentino que se mudaba con su mujer a Cádiz, y que me costó horrores meter en el coche, veo las nubes moviéndose a toda velocidad. Parece como si huyesen de algo. El viento sopla con fuerza y las sábanas colgadas al otro lado del ventanal en la finca de enfrente se agitan con violencia. Me asombra que la mujer que las ha tendido, porque he visto que era una mujer, confíe tanto en las pinzas que las sujetan a las cuerdas de nylon verde, cuando cada vez que utilizo el tendedero exterior compruebo el nudo y me pregunto si resistirá. La contestación no tarda en llegar al comenzar a tender las sábanas, pantalones, camisetas, suéters o fundas de las almohadas. Así que me hago una pregunta que no puedo contestar, sobre la que sólo puedo hipotetizar, me arriesgo y tomo una decisión. No es que sea una decisión demasiado trascendente. Pero no creo que dejase fuera la ropa en un día como hoy. No, seguro que no. ¿Será ella más valiente que yo? ¿Más inconsciente? ¿Más experimentada? Quién sabe.

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Aficiones

Me gusta matar gente. Por simple y llana diversión; vulgar entretenimiento. No pierdan el tiempo buscando razones enrevesadas; no tuve un padre autoritario ni me maltrataron en la escuela. En ese sentido, y yo diría que en cualquier otro, soy una persona tan normal como cualquiera de ustedes: amable, inteligente y aunque esté mal que lo diga yo, bastante guapo. Se trata de que sencillamente, disfruto al disponer de la vida de otra persona y tener el poder de acabar con ella. Decir algo así no resulta políticamente correcto, lo sé, pero es al fin y al cabo lo que me gusta hacer y no encuentro razones para ocultarlo. Tampoco me miren así; la historia de la Humanidad está plagada de guerras, genocidios, asesinatos y crímenes violentos de todo tipo, así que es obvio que no soy el único con este tipo de aficiones: a los seres humanos nos gusta matarnos unos a otros, y a los hechos me remito. Esa es la simple y cruda realidad. La diferencia es que algunos estamos dispuestos a admitirlo y otros no.

Sangre

Como otras veces, se quita la ropa, se tumba en la cama lentamente e intenta olvidarse de sí mismo. Cada objeto de la habitación se encuentra en su sitio, colocado previamente con minuciosidad obsesiva; todo sigue un guion ya antes escenificado.

Trata de relajarse respirando con profundidad, sin éxito, y observa con ansiedad los tablones del techo. Su excitación se dispara al detectar un punto marrón casi indistinguible frente a sus ojos, y crece a la misma velocidad que este se convierte en una mancha bermellón que se extiende en todas direcciones; su sexo se hincha involuntariamente, y cuando siente la primera gota de sangre, caliente aún, caer sobre su pecho, cierra los ojos y un ligero hormigueo le recorre la entrepierna. A esa le sigue otra en el cuello, en la frente, en el pecho de nuevo, en la mejilla, hasta que el goteo se convierte en un fino hilillo de líquido que cae directamente sobre su diafragma, convirtiéndolo en un grotesco demonio rojo que encorva el espinazo y jadea como un perro.

Veintitrés segundos después de esa primera gota, con su lengua deslizándose por los labios en busca del líquido vital, dos metros y ochenta y cinco centímetros por encima su cabeza, una tabla de madera carcomida y en estado de putrefacción se sale del guion y cede ante ciento quince kilos de carne que unas horas antes eran un ser humano; la inercia y la gravedad hacen el resto. Diecinueve segundos más tarde, morirá a causa del golpe, experimentando un profundo e intenso placer al sentir como su boca se llena de su propia sangre.

Colchón

Tumbado boca abajo en la cama con un brazo colgando fuera de ella, lo primero que vió al abrir los ojos fueron aquellas bragas rojas de encaje tiradas en el suelo. Claro que aquello no era normal, puesto que su mujer hacía años que no gastaba ese tipo de delicatessen, ni tampoco lo era dormir desnudo, costumbre que hacía mucho que había abandonado, pero no estaba en esos momentos demasiado capacitado para cuestionar su realidad más inmediata. Sentía la lengua pastosa, una sensación que se prolongaba hacia dentro por su garganta, y que al parecer, también lo había hecho hacia fuera, en forma de una desagradable mancha que se extendía debajo de su boca. La visión de un toro de lidia en el ruedo, jadeando, con la boca abierta y un hilo de saliva colgándole de la lengua le vino a la cabeza por un instante, pero su propio instinto de conservación se encargó de reemplazarla. Casi inconsciente como se encontraba, alejarse de la humedad del colchón era su mayor y único objetivo, así que a duras penas, se dió la vuelta y respiró profundamente, agradeciendo el cambio de posición. Quería seguir durmiendo. No, necesitaba seguir durmiendo.

En ese momento, una voz de mujer le susurró al oído algo que no se molestó en entender, mientras un cuerpo femenino desnudo y caliente se pegaba a él y unas manos suaves empezaban a masturbarle lentamente.

Rosemary

Rosemary me contó que había perdido el brazo derecho al caerle encima una viga de madera maciza que debía atravesar diagonalmente el comedor de su futura casa, a la que ella y su marido habían dedicado gran parte de los ahorros de su vida y el tiempo de los últimos tres años. Al parecer, un fallo en uno de los apoyos la hizo desplomarse sobre el suelo, donde se encontraba ella recogiendo unas herramientas; allí la encontró él una hora más tarde, inconsciente sobre un charco de sangre. Perdió el conocimiento al instante y despertó una semana más tarde, con el miembro amputado a la altura del hombro, sin recordar nada de lo que había sucedido. De esto hace ya casi veinte años, y ambos continúan recibiendo ayuda psicológica.

La casa continúa vacía, sin más ocupantes que algún perro salvaje o pájaro ocasional. Ellos no han vuelto a poner el pie en ella ni lo harán jamás; aunque no la olvidan.