Sangre

Como otras veces, se quita la ropa, se tumba en la cama lentamente e intenta olvidarse de sí mismo. Cada objeto de la habitación se encuentra en su sitio, colocado previamente con minuciosidad obsesiva; todo sigue un guión ya antes escenificado.

Trata de relajarse respirando con profundidad sin éxito, y observa con ansiedad los tablones del techo. Su excitación se dispara al detectar un punto marrón casi indistinguible frente a sus ojos, y crece a la misma velocidad que este se convierte en una mancha bermellón que se extiende en todas direcciones; su sexo se hincha involuntariamente, y cuando siente la primera gota de sangre, caliente aún, caer sobre su pecho, cierra los ojos y un ligero hormigueo le recorre la entrepierna. A esa le sigue otra en el cuello, en la frente, en el pecho de nuevo, en la mejilla, hasta que el goteo se convierte en un fino hilillo de líquido que cae directamente sobre su diafragma, convirtiéndolo en un grotesco demonio rojo que encorva el espinazo y jadea como un perro.

Veintitrés segundos después de esa primera gota, con su lengua deslizándose por los labios en busca del líquido vital, dos metros y ochenta y cinco centímetros por encima su cabeza, una tabla de madera carcomida y en estado de putrefacción se sale del guion y cede ante ciento quince kilos de carne que unas horas antes eran un ser humano; la inercia y la gravedad hacen el resto. Diecinueve segundos más tarde, morirá a causa del golpe, experimentando un profundo e intenso placer al sentir como su boca se llena de su propia sangre.