Ricardo

De joven tuve un amigo cuya principal diversión consistía en abrir los maleteros de los coches detenidos en un semáforo o un paso de cebra. Los dejaba abiertos sin coger nada y salía corriendo. A menudo, los amigos le jaleábamos la hazaña desde la acera, a una distancia prudencial para que nadie sospechara de nuestra complicidad. Un día, animado por nosotros, Ricardo se acercó a un enorme Audi A8, pero antes de que pudiese tocar la cerradura el conductor dio marcha atrás y lo arrolló. En la caída la bola del remolque le golpeó la cabeza y le dejó para el resto de su vida media cara paralizada.

Eso lo sé porque sus padres se lo contaron a Daniel, el único de nosotros que fue a visitarlo durante los dos meses que estuvo ingresado. Como los demás, aquel día salí corriendo, y no había vuelto a ver a Ricardo hasta esta mañana, cuando he ido a recoger el coche del lavadero. De espaldas a mí, ha cogido las llaves de un clavo en la pared, y al girarse nos hemos encontrado de nuevo. Me ha mirado a los ojos y tras un instante de duda ha esbozado una cálida sonrisa. Yo he rehuído su mirada, he fingido que no lo conocía y me he alejado de allí a toda prisa, igual que hice aquella tarde de viernes.