Paseos

Hace muchos años, cuando aun vivía con mis padres, todos los días veía pasar por delante de mi casa a una madre, una mujer mayor y más bien pequeña, acompañada de su hijo, un hombre muy grande, de aspecto zafio y que caminaba con una expresión de ausencia en su cara. No hacía falta ser muy observador para darse cuenta de que ella llevaba las riendas y él se limitaba a seguirla. No sé cuando me percaté de sus paseos, pero jamás los ví hablar, y lo único que hacían era, uno al lado del otro, andar, en un trayecto que fácilmente rondaría los cinco kilómetros. Recuerdo que algún tiempo más tarde mi madre me dijo que él padecía algún tipo de trastorno mental que le producía una conducta agresiva, y que esas largas caminatas tenían la finalidad de agotarlo como parte de su terapia. A partir de ese día, cada vez que pasaba junto a ellos —siempre caminaban por el lado derecho de la carretera— andando o en bicicleta, imaginaba que él se daría la vuelta y arremetería contra mí, que me empujaría contra el otro carril, o haría algún otro gesto irracional de ataque. Eso me producía una sensación de emoción y miedo a partes iguales, que se incrementaba a medida que me aproximaba a ellos. Por fortuna, jamás hizo nada, y los dos siguieron pasando delante de mi casa, estuviese lloviendo, granizando, fuese invierno o verano; todos y cada uno de los días. Hasta que de repente, simplemente dejé de verlos. Algún tiempo después, me enteré de que la vieja había muerto. Nunca más volví a ver a su corpulento hijo.

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Por cierto, ya estoy mejor. Quedan secuelas, entre ellas no poder mover el brazo derecho sin sentir dolor, pero al menos ya puedo moverme como las personas. Estaba pensando que cada vez que empiezo de nuevo a correr y el entrenamiento empieza a ser relativamente serio, algo me impide continuar. Creo que de seguir así, voy a tener que replantearme algunas cosas.