Perros lazarillo

Al detenerse en la estación y abrirse las puertas del tren, el recién incorporado pasajero se apresura a buscar alguna plaza libre y, siempre que no aplique ninguna de las categorías previas, ocuparlo, no siempre con la educación y el civismo que cabría esperar de personas adultas. Entre semana, el tren que llega a primera hora de la mañana, casi siempre con unos minutos de retraso, va lleno a rebosar, hasta que llega a la parada construida exprofeso para la planta automovilística. Hoy está de suerte. Cuando sube al vagón, divisa dos asientos libres y una docena de personas de pie. El primero no tarda en ser ocupado por la vencedora de la competición que se produce entre dos mujeres mayores, lo que produce un gesto de disgusto en el adolescente escuálido que cuatro paradas antes lo había ocupado con la mochila que ahora tiene que cargar sobre sus rodillas. El otro sitio libre está en el lado de la ventanilla y no es objeto de disputa, por lo que es el escogido.

Al llegar a su altura, se percata de que en el asiento contiguo hay un ciego con un perro lazarillo que se ha adueñado del espacio pensado para sus piernas. Por un momento siente la tentación de retirarse a la espera de que otro asiento se libere, pero no necesita mirar a su alrededor para percibir que es objeto de examen por varias personas, interesadas en averiguar cómo piensa resolver la tesitura: ¿Es que tiene usted algo en contra de los invidentes? ¿Y de los perros lazarillos? ¿Qué tipo de persona es usted? ¿Vamos, qué va a hacer? ¡Haga algo, por el amor de Dios, estamos mirando!

Mateo decide sentarse.

—Disculpe.

El hombre asiente sonriendo, coge al perro por la correa y lo coloca bajo sus pies sin que este ofrezca ninguna resistencia. Todo se desarrolla de una manera menos traumática de lo que había anticipado y Mateo se tranquiliza. El animal es un golden retriever de color crema. Los párpados inferiores descolgados le confieren un aspecto melancólico. No tarda en recostarse y recuperar el territorio perdido; los intentos del hombre por recolocar al perro son en vano.

—No se preocupe, no me molesta.

No sabe si está siendo sincero o cortés.

El roce continuo con el animal le llena la pernera de pelos blancos. Se pasa la mano por el pantalón para retirarlos, pero se da cuenta de que mientras el perro siga allí es inútil. Es un fastidio, pero prefiere aguantar y callar. Jodido chucho. En la medida de las posibilidades de su confinamiento, Mateo escora sus piernas hacia la derecha en un intento de evitar el contacto con el lomo del animal, que deja su rastro en cualquier superficie textil que roza. Resignado, mira por la ventana.

A pesar de las instrucciones y esfuerzos de su dueño, el maldito perro sigue moviéndose, luchando por reconquistar el espacio del que ha sido expulsado. Es más que un incordio; el animal se tumba, se sienta y se vuelve a tumbar, acomodándose en un ovillo un poco más a la derecha que la vez anterior. Con las piernas aprisionadas entre el animal y la pared, no tiene ninguna libertad de movimiento. El hombre hace lo que puede, se disculpa de nuevo por el comportamiento del can y le advierte de la caída del pelo. Es un poco tarde para eso, piensa Mateo. Aprovecha para diseccionar al invidente. En un lugar destacado de su cara rechoncha y pálida se encuentran dos ojos tan grandes como inútiles. Grises y brillantes, como si alguien hubiese aplicado una fina capa de pintura satinada y translúcida sobre ellos; la misma que tienen los ojos de algunos peces en la pescadería: muertos.

El hombre abre una pequeña tapa del reloj de su muñeca y lo palpa. Desde su asiento, Mateo lo observa con curiosidad.

—Llevamos retraso.

Está sorprendido de que ese hombre sepa algo que a él le costaría averiguar. Distraído, solo sabe que todavía no ha llegado a su destino. Por un instante siente admiración, pero se difumina pronto. ¿Sería capaz él de vivir así? Probablemente sí. Tiene curiosidad.

—¿Cómo lo sabe?

El hombre sonríe con lo que a Mateo le parece un gesto de suficiencia; quizá detecta el sentimiento de superioridad de los que le hablan desde el lado de la luz, como si el conocimiento les estuviese reservado a ellos.

—Hago este trayecto todos los días…

Esa frase parece solo una parte de la respuesta.

¿Se trata de una jodida adivinanza, o qué?

—… y hace un minuto que han anunciado la próxima estación.

Lo último que Mateo quiere es mantener una conversación, pero su pregunta parece haber despertado las ganas de hablar del individuo. Los próximos minutos le hablará sobre la incomodidad de hacer dos viajes diarios, los asuntos que tiene que gestionar a diario, las habilidades extraordinarias que posee su perro guía y que resulta ser una hembra en contra de lo que Mateo ha pensado hasta entonces, como si su comportamiento hubiese indicado lo contrario. No tiene mucho que aportar a la charla, así que se limita a asentir. A pesar del chucho, siente simpatía. Unos minutos antes de llegar a su destino, el hombre saca una correa con un asidero, se la pone al perro y se despide deseándole un feliz viaje. Quizá la oscuridad externa genere algún tipo de sabiduría interior. Se pregunta si habrá ciegos estúpidos y desagradables y gilipollas y concluye rápidamente que debe haberlos. Indudablemente. Los hay. De hecho, quizá este lo fuese.

Que lo cojas.

Muchos hemos pasado por la situación en la que al entrar en casa de un amigo, un vecino, un familiar o la madre del cordero, el perro de éste se nos acerca y olfatea, mientras el dueño dice aquello de ¡Tranquilo, si no hace nada! (lo mismo puede pasar con sus hijos, pero no es el caso aunque el peligro puede ser similar). Ja. Y una mierda. Un cojón de vaca. No, yo no me fío. Que no, coño, que no entro. Que lo cojas. A no ser claro está, que pueda aplastarlo con el pie, y aún en ese caso, me lo pienso dos veces. Porque la última vez que me fié de una bestia ajena, acabé con un amago de mordisco en la parte interior del muslo izquierdo, recuerdo del cual conservo una pequeña y bonita cicatriz. Seguro que era su forma de comunicarme que se alegraba de verme. Aquello no fue apenas nada, pero el puto pastor alemán me podía haber amputado un buen cacho de pierna si le hubiese pillado con ganas; y sólo tengo dos y me las aprecio bastante. O más. Desde ese día, si no voy convenientemente armado, nunca entro en una casa en la que el perro me parezca una amenaza, por muy manso y simpático que éste pueda parecer. ¡Qué bicho tan mono! O lo coges, o no entro.

Siempre lo he dicho. No te fies de un animal que se mueve por instinto y no sabes cómo va a reaccionar (casi como las personas, sólo que éstas no acostumbran a morder... generalmente). Sin ir más lejos, Trex, el simpático can de este post, fiel y obediente y listo y guapo y noble, que nunca se atrevió a coger ni un mendrugo de pan del suelo de la cocina, por educación, hace una semana tomó prestados tres costillares cocinaditos y especiados, listos para cenar. Y se los cenó.

Pues eso. Lo que yo decía. Si no me puedo fiar ni de que mi animal me deje cena, cómo me voy a fiar de los perros de los demás. Como para fiarse estamos.

Y una leche. O dos.

La Guerra de los Mundos

A causa del gran número de quejas emitidas en las últimas horas por los amantes de los animales en relación a las fotos publicadas, la dirección de esta página ha decidido restituir la imagen y el honor de Trex con nuevas imágenes. Esperamos que éstas sean del agrado de todos.

Bueno, a lo que iba. He visto esta tarde La Guerra de los Mundos, una adaptación de la novela de Herbert George Wells. Ya he oído un par de confusiones, por lo que he de aclarar que Orson Wells y H.G. Wells no son la misma persona. Sorprendente, ¿eh? "H.G." es el autor de la novela La Guerra de los Mundos, y "Orson" fue un magnífico director de cine que llevó a la radio una adaptación de esta novela de manera tan real que la gente se lo creyó. Por eso Orson Wells está habitualmente también asociado con esta obra de ciencia-ficción.

Bien, la película. En el aspecto visual, es realmente espectacular. Los efectos especiales y la ambientación de las escenas es impresionante, y si además todo va acompañado de un buen sonido, algunas escenas resultan bastante sobrecogedoras. Por otra parte, hace mucho —muchísimo— tiempo que leí el libro, y no estoy seguro de hasta qué punto la adaptación se ciñe a éste, pero da en momentos la sensación de que existen demasiados elementos en la película ajenos al argumento principal. Como suele ser habitual en este tipo de películas, y casi en la mayoría de producciones hollywoodianas, el protagonista principal —Tom Cruise en este caso—, y por si el argumento de la obra en sí no fuese suficiente, tiene algún tipo de problema familiar o sentimental. Algunos de esos elementos pueden llegar a ser bastante desquiciantes en determinados momentos, pero una vez te acostumbras, se sobrelleva bastante bien. Lo que queda, el argumento de la película, pues es la obra de H.G. Wells, a la que no se le puede poner ninguna pega. En conjunto, le pondría un siete sobre diez. Es además una de esas películas que vistas en el cine ganan mucho, y vale la pena pagar los seis euros de la entrada porque en este caso, a diferencia de otros, lo que aporta una sala de cine —el sonido, la imagen— se agradece.

Cambiando un poco de tema, mientras la veía y a propósito de los extraterrestres, me he acordado de Señales, la película de Mel Gibson. Si lo piensas un poco, resulta bastante gracioso que a unos bichos que son "alérgicos" —por decirlo suavemente— al agua, se les ocurra la feliz idea de invadir un planeta en el que el setenta por ciento de la superficie es agua y llueve de manera periódica. Es decir, que no sólo está en la superficie, sino que además el agua cae del cielo. Leches, eso es estar desinformado, y lo demás son tonterías.