Que lo cojas.

Muchos hemos pasado por la situación en la que al entrar en casa de un amigo, un vecino, un familiar o la madre del cordero, el perro de éste se nos acerca y olfatea, mientras el dueño dice aquello de ¡Tranquilo, si no hace nada! (lo mismo puede pasar con sus hijos, pero no es el caso aunque el peligro puede ser similar). Ja. Y una mierda. Un cojón de vaca. No, yo no me fío. Que no, coño, que no entro. Que lo cojas. A no ser claro está, que pueda aplastarlo con el pie, y aún en ese caso, me lo pienso dos veces. Porque la última vez que me fié de una bestia ajena, acabé con un amago de mordisco en la parte interior del muslo izquierdo, recuerdo del cual conservo una pequeña y bonita cicatriz. Seguro que era su forma de comunicarme que se alegraba de verme. Aquello no fue apenas nada, pero el puto pastor alemán me podía haber amputado un buen cacho de pierna si le hubiese pillado con ganas; y sólo tengo dos y me las aprecio bastante. O más. Desde ese día, si no voy convenientemente armado, nunca entro en una casa en la que el perro me parezca una amenaza, por muy manso y simpático que éste pueda parecer. ¡Qué bicho tan mono! O lo coges, o no entro.

Siempre lo he dicho. No te fies de un animal que se mueve por instinto y no sabes cómo va a reaccionar (casi como las personas, sólo que éstas no acostumbran a morder... generalmente). Sin ir más lejos, Trex, el simpático can de este post, fiel y obediente y listo y guapo y noble, que nunca se atrevió a coger ni un mendrugo de pan del suelo de la cocina, por educación, hace una semana tomó prestados tres costillares cocinaditos y especiados, listos para cenar. Y se los cenó.

Pues eso. Lo que yo decía. Si no me puedo fiar ni de que mi animal me deje cena, cómo me voy a fiar de los perros de los demás. Como para fiarse estamos.

Y una leche. O dos.