Historia verídica

Un hombre delgado, de aproximadamente cincuenta años, aguarda de pie detrás de su todoterreno Porsche Cayenne, aparcado en doble fila y con el maletero abierto. Su acompañante, una mujer rubia que sin duda es su mujer y de quizá cuarenta años de edad, está a su lado, en la parte de la acera. Aparentemente están descargando un cochecito de niño. Doscientos metros detrás suyo, el semáforo se pone en verde y una moto tipo scooter pero de gran cilindrada, a decir por el tamaño y ruido que hace, se pone en marcha con dos chicos cuya edad física debe rondar los treinta años. Ambos van vestidos con la indumentaria habitual de los propietarios de esas motos: sudadera con capucha, pantalones vaqueros anchos y zapatillas, todo ello de marca, incluído el casco fashion.

Al llegar a la altura del matrimonio, el que va sentado detrás abre una botella de agua de litro y medio y aprovechando la velocidad, le tira al propietario del coche un buen chorro que le moja todo el camal derecho del pantalon, de color caqui. A causa de esto, la víctima sale corriendo detrás de la moto profiriendo gritos, a lo que los motoristas contestan con burlas y risas, pero siempre a una distancia prudente para que éste no les alcance. Cansado, enfadado y sintiéndose agredido, se da la vuelta y vuelve al coche.

Mientras tanto, la moto ha dado media vuelta buscando provocar a su diversión, y se pone de nuevo lo suficientemente cerca del hombre como para que éste comience de nuevo a correr detrás de ellos, insultándoles y retándoles. Como antes, éstos se limitan a mantener una velocidad suficiente, a la vez que se mofan y ríen de su víctima casi en su cara, incrementando probablemente la frustración de éste por haber sido violentado y quizá humillado, al menos a la vista de los dos capullos. Finalmente, harto de aquello, el protagonista de esta historia desiste y regresa con su mujer, mientras los dos sujetos siguen riéndose y se alejan haciendo eses con la moto.

Moraleja: si no puedes llevar armas, lleva siempre un bate de béisbol en el coche. Nunca sabes dónde puedes encontrar una cabeza -o dos- con las que utilizarlo.