El día de la madre

Junto a nosotros hay un matrimonio con dos hijos pequeños. Sobre su mesa hay esparcidas al menos dos docenas de servilletas de papel satinadas, esas que están diseñadas para repeler la grasa de los dedos. En el centro hay una cazuela de barro con un trozo de carne huérfano nadando en un aceite rojizo, y un plato blanco con un montoncito de mayonesa y las migas del rebozado. Calamares, intuyo.

El marido lleva puesta una camiseta de color ocre y unos pantalones vaqueros que tienen dificultades para contener unas lorzas que desbordan con generosidad por su cintura, formando un flotador de un tamaño importante. Probablemente no sabe que el perímetro abdominal es un indicador del riesgo de infarto de miocardio. Intento adivinar su índice de masa corporal. Debe rondar los 27 o 28, no estoy seguro. Tendré un valor más fiable cuando se haya levantado, ya que desde aquí no puedo verle bien las piernas. Con los codos sobre la mesa y ambas manos sostiene el móvil frente a él y con rapidez, sube y baja por las publicaciones de su muro de Facebook. De vez en cuando, señala con el dedo una imagen o un texto y dice algo en voz alta, pero parece más un comentario para sí mismo que una interacción humana. 

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Bitácora

He vuelto a entrar en tu blog. Sí, ya sé que decías que no te gustaba esa palabra: blog. Que lo tuyo era una bitácora, no un blog. Tú y tus manías, tú tan poco anglófona, tú tan anglófoba. Como si hubiese alguna diferencia. Te lo dije más de una vez: la palabra "bitácora" escupe mi mente a una época de piratas y abordajes y cañones, camarotes con olor a madera vieja y humedad y mugre, planos de navegación y astrolabios, a tópicos empapados de agua salada y tiburones. A horas de televisión a tu lado. A ruido de sables en la pantalla sobre barcos de madera mientras tú dormías con tus pies apoyados en mis piernas.

Ha sido hace tan solo unos minutos; casi puedo contarlos, aunque no descarto que la memoria me engañe; hace mucho que perdí la pista del cubilete en el que está la bolita. Es posible que hayan pasado un par de horas, que fuese incluso ayer, la semana pasada, hace tres meses o dos años. Cómo estar seguro del tiempo que ha pasado desde entonces, desde aquello, desde lo nuestro. Dime cómo hacerlo porque no encuentro la forma, el camino, la pista de despegue, la salida de la atmósfera, la huida de esta galaxia en la que fuimos.

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Calla y sigue tragando

Cada vez que su marido le pega, María calla y sigue tragando. Cada vez que su jefe le humilla, Juan calla y sigue tragando. Cada vez que sus compañeros se burlan de él, Andrés calla y sigue tragando. Un día tras otro, ellos y millones de personas en el mundo, en esas u otras circunstancias, callan y siguen tragando. Por mantener las formas, por una justificada cobardía, por miedo a llamar la atención o al qué dirán, por un inmerecido respeto al otro, por temor o por simple falta de decisión. Callan y siguen tragando. Un día sí y otro también.

Hasta que un buen día cualquiera de ellos se levanta cansado. Cansado de callar y seguir tragando. Y entonces, a veces, pasan cosas.