Historias

De niño, siempre quise tener superpoderes. Soñaba día tras día, dormido o despierto, con poder hacerme invisible, ser capaz de volar, parar el tiempo, o convertirme en algún personaje del universo manga más conocido; nada fuera de lo normal. Más tarde, como era de esperar, crecí, y mis irreales e infantiles aspiraciones se tornaron en otras más humanamente accesibles pero igualmente inalcanzables. Ansiaba, igual que cuando era pequeño, dominar el mundo, pero ya no como un ser con poderes extraterrenales, sino de una forma más mediática, más común, de una manera en apariencia más real, incluso factible. Continué creciendo, y un día, pero no como algo que sucede de repente sino tras un largo proceso, me di cuenta de que todos esos sueños habian dejado de serlo y se habían convertido en pesadillas, enormes losas que cargaba inconscientemente a mi espalda, a causa de quizá una cabeza demasiado fantasiosa o una realidad que me había resistido a asumir. Comprendí que te haces adulto cuando entiendes que muchos de esos sueños que has ido acumulando desde que tienes uso de razón jamás se convertirán en realidad, y que no tienes poder para cambiar eso. Desde entonces, me debato entre renunciar a mis sueños o resistirme a hacerme adulto, mientras el tiempo pasa.