Huidas (+18)

Sentado en el taburete, balanceo la pierna que cuelga en el aire. Con el dedo índice retiro el agua condensada en el cristal de la copa de vino. Una camarera con los dos brazos tatuados retira un vaso, seca con un trapo la barra de madera y desaparece. Ella me mira y le sonrío. Se acerca a mí, siento el contacto de su pierna con la mía y después un beso largo como una eternidad y húmedo como un océano. Mi mano se desliza casi como si tuviese vida propia al interior de su muslo y sufro para detenerla ahí. ¿Qué hacemos?, pregunta cuando salimos a la calle. No sé, miento. Los dos lo sabemos. Junto a la puerta acerco mis labios a los suyos hasta rozarlos. Trata de darme un beso y me retiro hasta que desiste. Le muerdo el labio y entonces acepto su invitación anterior, mientras encima y debajo de la falda exploro su cuerpo lo que el pudor nos permite. Habrá otra copa en otro local y volveremos a hacernos la misma pregunta en la puerta y mentiremos de nuevo. Pero esta vez huiremos a la oscuridad de algún portal en alguna calle que nunca es lo bastante solitaria, que pagaríamos para que cerrasen por un par de horas. Y cuando pase alguien nos ocultaremos de las miradas, nos abrocharemos de nuevo los botones, nos arreglaremos la ropa, disimularemos y buscaremos un lugar diferente para perdernos hasta que sea imposible seguir andando sin tocarnos; otro portal, contra el cristal de algún coche, ocultos tras alguna sombra. Personas que van y vienen, dedos que se abren paso a través de tu ropa interior húmeda, saliva que atrapas con los labios, risas, súplicas, gemidos y algún mordisco. Y como si fuésemos alguna versión para adultos de La Cenicienta, antes de que desaparezcas me arrodillaré delante de ti, recorreré tus piernas con mis manos hasta llegar a tus caderas y haré el camino inverso con tus bragas, mientras tú desde arriba me observas sonriendo.

Sábana (+18)

Cuando llego a casa estás ya durmiendo. Son las dos y media de la madrugada y debemos de estar al menos a treinta y cinco grados, pero dices que taparte con una sábana te hace sentirte protegida. Tumbada de lado y las piernas entreabiertas, tu pelo se extiende sobre la almohada como si estuvieses sumergida debajo del agua. Inmóvil a los pies de la cama, tiro de la tela muy despacio, que se desliza sobre tu cuerpo desnudo con suavidad, descubriendo las pecas de tu espalda, la curva de tu cadera, la promesa de tu coño, las formas de tus pechos. La luz amarillenta que se filtra por las rendijas de la persiana hace que tu piel parezca de terciopelo y permanezco observándote así un par de minutos. Me desvisto en silencio, con cuidado de no despertarte. Reaccionas levemente a mi presencia cuando el colchón se hunde al tumbarme sobre él. 

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Escaleras arriba (+18)

Le dice algo al oído, pero la música no le permite apenas intuir sus palabras. Sin embargo, siente que la comprensión es irrelevante en ese momento. Siente su mano flaca y huesuda agarrándole de la muñeca y poco después están subiendo escaleras arriba en dirección a los baños de mujeres. Allí, varias chicas hacen cola en la puerta de los servicios, pero con una facilidad que parece fruto de la costumbre ella se las ingenia para colarse en uno de los baños sin seguir el orden acordado. Dentro, cierra con rapidez el pestillo, baja la tapa del váter, se sienta encima y sonríe. Fuera alguien golpea la puerta y grita algo, pero ella vocea algo y se ríe con la evidente intención de que la escuchen al otro lado. Le pide a él, incómodo por la situación, que se apoye en la puerta, como si alguna de las mujeres pudiese decidir tomar el baño al asalto. Las voces han cesado y no parece probable, pero él obedece. Debería estar más acostumbrado a este ritual, piensa, pero no es así. Está nervioso. Ella se lleva la mano al sujetador y saca una diminuta bolsa de plástico blanco que abre con cuidado. El resto sucede deprisa. Como si se tratase de una rutina, saca un poco de polvo blanco y lo esparce por encima de la superficie negra y lisa de su bolso de piel de Gucci, que probablemente es falso. Fuera nadie aporrea ya la puerta. Nadie vocifera ya al otro lado del mundo, pero él no consigue calmarse, como si de repente algo fuese a arrancar la puerta de sus bisagras, dejándolos a los dos al descubierto. Sin embargo, nada de eso sucede. Están solos allí dentro y afirmaría que la música ha dejado incluso de oírse. Con habilidad, ella no tarda en distribuir la sustancia blanca en dos pequeñas cordilleras nevadas con una tarjeta de crédito, cuyo emisor bancario él no acierta a ver. Al acabar, ella le acerca el filo de la tarjeta para que la chupe y él obedece; algunas cosas no las chupas tanto, dice ella sonriendo. Un billete de veinte euros enrollado aparece poco después y en unos segundos no queda en el bolso más que un rastro blanquecino que ella recoge con su dedo húmedo y se lleva a la boca mirándole a él.

Se reclina hacia atrás en el váter, sonríe, abre las piernas y acerca sus manos al pantalón, tirando de él hacia sí y sonriendo con esa cara de puta angelical que a él tanto le gusta. Su nerviosismo inicial ha cedido y ha dejado en su lugar una sensación de excitación muy diferente. Siente el corazón bombeando sangre en la profundidad de su pecho, pero si se abriese ahora la puerta, quizá ya no importaría tanto. Todo ha cambiado mucho en unos segundos. Los botones no ofrecen mucha resistencia y su sexo erecto sale ayudado por sus pequeñas manos algo frías. Lo acaricia suavemente y tras pasar la lengua por la superficie, se lo mete en la boca, acompañando el movimiento de sus labios con sus dedos. Su otra mano se ha deslizado debajo de su tanga entre sus piernas y se mueve despacio allí debajo. Él cierra los ojos y hunde sus dedos en el pelo largo y castaño de ella, obteniendo una sensación de poder que sin embargo él sabe irreal. La saliva cubre ya su polla y ella continúa jugando con su sexo despacio, muy despacio, casi como si se tratase de un castigo divino.

Sus labios y lenguas y manos se encuentran como si no se hubiesen visto nunca. Él pasa la mano por su nuca pero ella se separa, le da un beso en la mejilla, se baja el tanga hasta las rodillas y se da la vuelta y abre las piernas.

A él no le es difícil encontrar su coño con el dedo índice y meter su sexo desnudo en él, que entra como un cuchillo en un bote de mantequilla. Lo tiene húmedo, caliente, delicioso, dulce y eterno. Tan sagrado como un universo. Cada vez que entra dentro de ella, los gemidos de ambos se sincronizan con un leve pero prolongado gemido. Se siente morir. La saliva y su flujo se mezclan y sabe que no va a tardar mucho en correrse, así que trata sin demasiada convicción de salir, pero ella lo impide y entre susurros le suplica que se corra. Córrete. Venga, córrete. Hazlo. Córrete. Córrete. Córrete.

Mientras ella todavía habla, él no puede aguantar más y con un par de embestidas desaparece de aquel sórdido lugar y se sumerge en el calor de su coño. Ella acompaña los gemidos con un gruñido de placer que se escucha en el momento que el semen entra en ella. Unos segundos y varios espasmos después una risa alegre los trae a los dos de vuelta de algún sitio más feliz. Ella se pone de pie y la leche le escurre hacia abajo por los muslos. Recoge lo que puede con los dedos y se los lleva a la boca.

Entonces se sube el tanga, vuelve a sonreír y le mira. Vamos, dice. Esta canción me encanta.

Pijas, envidia, sexo y status quo

He descubierto un profundo foco de contradicción en lo más hondo de mi ser. Y la causa de éste son las mujeres pijas del CEU San Pablo, esas que me cruzo todas las mañanas cuando voy a trabajar. Las de los BMWs los MINIs y los Audi que papá me ha comprado. Las de las gafas de doscientos euros, las de la tontería, las de culito prieto, las de mírame pero no toques (por decirlo suavemente). Quizá alguien piense que estoy exagerando, o generalizando, pero no, ni lo uno ni lo otro. Esas mujeres existen y es ese limitado estrato social del que hablo. Que nadie se me vaya de varas. Centraos, ¿eh?

Por una parte, les tengo envidia, porque óiganme, yo también quiero un BMW (gratis), coño. A mi también me gustan los Audi TT descapotables. Yo también quiero disponer de una tarjeta de crédito (de esas en las que no baja el saldo), y no tener otras preocupaciones más allá de qué modelito de Dior me pongo esta noche para irme de fiesta. No quiero pensar en la hipoteca, ni en reformas, ni en la reparación del coche, ni en cuanto tengo que ahorrar, ni en qué contrato tengo, ni en pollas en vinagre. No quiero tener problemas ni preocupaciones, y a veces ni siquiera aquellas que yo mismo me creo (es decir, existenciales). Y si mañana me tocase la lotería, no tengo ninguna duda de que me compraría un coche de lujo y reformaría el piso, y quién sabe si no me compraría otro. Absolutamente ninguna duda. Y lo haría yo y cualquier hijo de vecino que no fuese idiota. Así que por ese lado, lo único que tengo es envidia, envidia de la peor, lo admito. Dicen que el dinero no da la felicidad, pero aún estoy esperando que me dejen comprobarlo.

Dicho esto, además, por si fuese poco, estas niñas me ponen, así de simple. Me ponen mucho, porque van siempre así de monas, porque van siempre tan fashion, porque no tienen otra cosa en que preocuparse más que de la marca del bolso y si el pintalabios es así o asá, y eso se nota. Por esa actitud altiva que la mayoría llevan (me veo en la obligación de recordar que el espectro social al que me refiero está muy delimitado, que nadie se me confunda ni pretenda que estoy generalizando), y porque coño, me pone una mujer de veintitrés años y carnes prietas conduciendo un Audi TT negro descapotable; lo confieso, aunque no creo ser ninguna excepción en ese aspecto. Obviamente, jamás tendría nada (serio) con una mujer así, pero oye, una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Y además, en cualquier caso, me faltaría colaboración en el otro extremo.

Es decir, tenemos hasta ahora: envidia (malsana) y atracción sexual. Nada del otro mundo, todo bastante normal.

Pero, porque siempre hay un pero, detesto a esta gente; aunque la culpa no es suya. Detesto a esta gente que gracias a su dinero, un dinero que los demás no tenemos, tiene acceso a una mejor educación, a mejores puestos de trabajo (eso se llama contactos), a la posibilidad de formarse con menor esfuerzo y mayor rendimiento, a masters, a cursos de idiomas en el extranjero. En resumen, y me refiero al rango de edad menor de treinta años, a la posibilidad de vivir con menor esfuerzo. Y la detesto simplemente porque son la muestra viviente de la existencia de diferencias sociales, de la existencia de la diferencia de oportunidades (no me jodan, ¿eh?), de la existencia de un status quo que les favorece. Aunque ya lo he dicho, la culpa no es suya, la culpa es del sistema, pero coño, no me puedo meter a la vez con todo el puto mundo, ¡¿o qué?!

Ya, ya sé que hay algunos puntos no demasiado claros en todo eso, como el hecho de que por debajo de mi también haya estratos, pero eso lo dejaremos para otro día. Sed compasivos, por el amor de Dios. Nadie ha dicho que mis propios pensamientos hayan de ser coherentes y congruentes.

Contenido explícito

Pienso en unas miradas nerviosas que se acercan y se alejan, en el contacto intencionado de tu cuerpo contra el mío, en una espalda arqueándose, en unas piernas que se abren invitándome a entrar. En el sabor de tu sexo, el sabor de tus pechos y el sabor de tus labios, en una lengua húmeda y caliente perdiéndose en mi boca, en tu saliva y en esos labios pegados a los míos. En tu sonrisa y esos ojos cerrándose al sentirme acariciar tu sexo como algo que me pertenece. En instintos primarios, en tus pezones, en mis dedos buscándolos y en el gemido que emites al sentir mis manos frías sobre tu cuerpo caliente. En la sangre fluyendo por mis venas, en tu respiración agitada, en tu lengua lamiendo mis dedos y mis dientes mordiendo tus labios. En esa falda y el sexo que se humedece debajo de ella, en palabras obscenas al oído, en mi sexo erecto y caliente y este molesto botón, en mis pantalones y en tus manos dentro de ellos. En poseerte, en animales en celo, en tu sexo y en mi sexo, en mis dedos debajo de tu falda, en mis dedos debajo de tus bragas, en mis dedos dentro de tu coño. En montarte, en lamerte como un perro, en tu sexo afeitado, húmedo, caliente, mojado, en mí dentro de ti y en tu cuerpo cabalgándome.

Pienso en comerte y en que me comas. Pienso en follarte y en que me folles.

Dedos

Su boca, su lengua húmeda, sus labios carnosos. Dedos deslizándose por mi cintura, intentando colarse entre mi piel y el pantalón lo poco que éste se lo permite. Recorro su espalda fría y se encorva como una gata. Siento sus manos nerviosas en el botón mientras me muerde los labios y abre las piernas, invitándome a entrar. La escucho respirar y acaricio sus pechos, sintiendo sus pezones duros y el calor de su cuerpo mientras seguimos jugando ya instintivamente, hasta que el obstáculo acaba cediendo y sus dedos encuentran mi sexo caliente y erecto...

Desnúdate

Dices que no tienes tiempo de exponerme tus ideas. Que no tienes ganas de contarme tus pensamientos. Que tus sentimientos son tuyos y de nadie más. Que no tiene sentido explicarme nada en absoluto. Que no entiendo nada. Que no te escucho, que no te presto atención, que no me intereso por ti. Que soy un desconocido. Que no me conoces, que no te conozco, que somos extraños el uno para el otro.

Quizá tengas razón, después de todo. Quizás sólo quiera tus sensaciones.

Desnúdate.