Sábana (+18)

Cuando llego a casa estás ya durmiendo. Son las dos y media de la madrugada y debemos de estar al menos a treinta y cinco grados, pero dices que taparte con una sábana te hace sentirte protegida. Tumbada de lado y las piernas entreabiertas, tu pelo se extiende sobre la almohada como si estuvieses sumergida debajo del agua. Inmóvil a los pies de la cama, tiro de la tela muy despacio, que se desliza sobre tu cuerpo desnudo con suavidad, descubriendo las pecas de tu espalda, la curva de tu cadera, la promesa de tu coño, las formas de tus pechos. La luz amarillenta que se filtra por las rendijas de la persiana hace que tu piel parezca de terciopelo y permanezco observándote así un par de minutos. Me desvisto en silencio, con cuidado de no despertarte. Reaccionas levemente a mi presencia cuando el colchón se hunde al tumbarme sobre él. 

Me pego a ti y me recibes con un leve suspiro. Sonrío. No duermes. Me gusta el contacto del sudor sobre tu cuerpo; te paso los labios por la nuca para saborearte; sabes igual de bien que siempre, un poco más salada esta vez. Acaricio el perfil de tu muslo con las yemas y recorro tu silueta hasta detenerme en tus pechos. Me das la bienvenida definitiva acomodando tu culo con mi sexo y presionándote contra mí. No hablas y no puedo verte pero sé que mantienes los ojos cerrados, como haces cuando te corres. Me chupo los dedos y juego con tus pezones hasta que se endurecen. Te escucho respirar más fuerte y empujas las caderas contra mí como si ya estuviese dentro de ti. Te beso en el cuello y cuando acerco mis dedos a tu boca abres las piernas; tu sexo está ya tan húmedo que cuando penetran en él nada opone resistencia. Nos movemos despacio mientras tu clítoris me acompaña y poco después aparece tu mano buscando mi polla. Quieta, te susurro al oído. Obedeces resignada y suspiras y gimes y vuelves a suspirar y vuelves a gemir mientras te balanceas al ritmo de mi mano entre tus piernas. Echas la cabeza hacia atrás buscando mi boca, mi lengua, mis labios. Fóllame, suplicas. Despidiéndome de tu espalda con mi lengua me separo de tu cuerpo y me acomodo para meter mi polla en tu coño, que entra como un dedo caliente en mantequilla. Me recibes con un gemido de satisfacción y tiro de tu barbilla hacia atrás; te dejas hacer y te mueves conmigo mientras jugamos; te ordeno que te masturbes hasta que siento cómo te estremeces y ahogas un grito en la garganta al correrte; esa es la señal que estoy esperando para acabar y perderme en ti.

Te doy un beso en la espalda y me quedo pegado a ti, todavía dentro de tu sexo caliente y húmedo. No te veo, pero sé que sonríes.