En caída libre

No sé si han estado en el Parque de Cabecera, en Valencia. Lo que les muestro debajo es un pequeño escenario de madera que hay en dicho parque, pensado —imagino— para obras teatrales, conciertos, etc. Al tipo de la foto no lo conozco, por cierto.

Justo detrás del escenario, y como pueden ver, hay una caída de tres o cuatro metros, por lo que conviene no saltar. Pero eso es una opinión mía...

... y Samy opina de otra forma.

Y es que el mundo es de los valientes, o al menos de los inconscientes.

Tapas

Este sábado, aprovechando el más que espléndido tiempo meteorológico que nos han regalado en la capital del Turia y resto de España estos católicos días (si Dios existe, debe estar muy harto de la Semana Santa), mi señora y yo decidimos salir por el barrio del Carmen a dar una vuelta por alguno de esos locales de los que habla Nada Importa frecuentemente, con el firme propósito de degustar algún vino tinto acompañado de sus correspondientes tapas. Para aquellos que no conozcan Valencia, se tercia una pequeña introducción. Pueden considerar el barrio mencionado como el lugar pijo de Valencia para aquellos que no quieren sentirse como pijos. Va uno al Carmen y allí se siente alternativo, diferente a esos niños ricos de papá, aunque se sea tan o más snob que aquellos. Pueden hacer eso extensible a cafeterías y tiendas de ropa; no por nada Custo tiene una tienda allí. Ya saben que lo alternativo vende más, aunque Miss Sixty sea lo mismo que Tommy Hilfiger con otro disfraz. Y a mí no me miren, que me faltan euros en la cuenta corriente y me sobra hipoteca para tanto exceso. Pero al Carmen puedo ir andando, y eso siempre es una ventaja.

Decía, y continúo. El caso es que gran parte de la noche transcurrió paseando por las cartas de los bares e intentando entender cuál era el truco detrás de todo aquello. Intentando entender cuál era el valor añadido que hace que una cena valga 33 euros por cabeza sin bebida. Comer en platos de diseño en una mesa de diseño sentado en una silla de diseño con música de diseño y camareros de diseño en un local de diseño puede molar mucho, pero a mi eso me parece de gilipollas si la comida no corresponde y además, lo que es peor, nada de eso me llena el estómago. Hasta hace algún tiempo, yo no solía levantarme de los bares y/o restaurantes al ver los precios de la carta. Parece que una vez sentado, te has de algún modo comprometido, a lo hecho pecho y a joderse tocan. Pero eso era hasta hace algún tiempo, cuando yo era algo un poco más o un poco menos idiota que ahora; porque aunque no era la primera vez, el pasado sábado lo hicimos dos veces. La primera de ellas la provocó un Protos joven a 18 euros la botella y el motivo de la segunda, aunque no me acuerdo cuál fue, pueden imaginarse que era también una razón de carácter económico. Dejarse treinta euros por cabeza en una vulgar cena de tapas duele como si estuvieses limpiándote el culo con ellos. Pueden imaginárselo, seguro.

Finalmente, tras ver que el panorama era más propio de bolsillos más llenos y sobre todo más generosos que los nuestros, acabamos metiéndonos en un restaurante chino, degustando una bonita cena chinoccidental con una botella de Romeral, mucho más asequible a economías modestas, mucho menos chic y tan satisfactoria como la hubiéramos tenido en la mayoría de los locales estudiados.

Y poco más que contar, de momento. Por cierto, ya estoy aquí, aunque sea y suene a perogrullada. Saludos.

Cagaderos católicos

Está Valencia llena de cagaderos por todas partes. Como lo oyen: cagaderos, de esos de plástico que se utilizan en los conciertos. Esto parece más una convención universal de fabricantes de inodoros públicos que la visita del jefe de estado del Vaticano. Eso sí, en Fallas brillaban por su ausencia, por lo que supongo que quizá eso significa que los católicos son unos guarros y nuestro querido Ayuntamiento quiere evitar que esto se convierta en una gigantesca defecation party. No, imagino que no, esa no puede ser la razón, conozco algún católico y no. No. Supongo entonces que siempre ha habido clases, así que en Fallas meas por las esquinas y ahora dispones de miles de millones de millones de tazas de váter público a tu disposición para mear. O a lo mejor, es que mear en la calle va a ser pecado. O yoquesé.

Bien visto, uno tiene que alegrarse de que al final venga "sólo" el Papa, porque pensándolo bien, si por alguna de aquellas a Dios le diese por bajar a visitarnos, me veo Valencia convertida en un cagadero gigante, y la verdad, oiga, tampoco es cuestión.

La Luna miente

Me sentiría un poco frívolo si ahora me pusiese a hablar de cualquiera de las cosas que podría haber tenido pensadas para el blog antes de la una del mediodía de hoy. Por fortuna no he sufrido personalmente ninguna pérdida; apenas he padecido un breve momento de inquietud porque una amiga que podía estar en el metro en esos momentos no contestaba al teléfono. Era muy poco probable, pero era posible, y al final ha sido que no. Se agradecen mucho, por otra parte, las preocupaciones recibidas en forma de correos electrónicos tras el accidente.

No ha sido un gran día, qué duda cabe. Tampoco es que me afecten especialmente estas catástrofes, puesto que aunque no puedo sino compadecer y sentir empatía por las víctimas y sus familiares, la distancia del dolor ajeno en casos así hace que me llegue siempre muy atenuado, sin importar la intensidad de éste, por lo que admito que no me suelo sentir apenas afectado anímicamente por desgracias como estas.

Por mi parte, a pesar de salir a las cuatro, y tras un periplo en ayunas que me ha arrastrado durante tres horas por Valencia, me he plantado en casa a las siete y media, y casi al filo de las nueve, me he puesto las zapatillas, un pantalón corto, una camiseta, y me he ido a correr; mi tobillo no se ha quejado, por lo que parece estar listo para que vuelva a abusar de él. Cuando volvía, al mirar la luna, y claramente extenuado, me he acordado de algo que dijo mi prima C. hace ya muchos años:

«La Luna miente»

Y aunque podría decir que he pensado muchas cosas, en realidad he mirado al frente y he seguido corriendo.