Pensamientos mientras miro mi móvil

De vez en cuando, me llega al buzón un correo electrónico recordando la generación de los ochenta, la década en la que crecí -y cómo- yo. Un correo que habla de cómo los niños salíamos a la calle a jugar y volvíamos a las tantas, sin que nuestra madre sintiese que nos tenía que tener controlados. De cómo nos partíamos un diente o nos abríamos la cabeza, sin que hubiese que encerrar a los culpables. De cómo no le pegabas dos gritos a tu madre ni le levantabas la mano porque tu padre te cruzaba la cara, o de cómo te llevabas un zapatillazo sin que eso te crease un trauma para toda la vida. De cómo íbamos cargados de libros al colegio y ahora tampoco somos el jorobado de Notre Dame. O de cómo compartíamos el bocadillo, la botella de agua o un helado, sin que eso fuese una "amenaza" para nuestro organismo. De cómo hemos crecido y llegado hasta aquí sin bífidus, sin componentes activos y sin José Coronado, gracias a Dios.

Yendo un poco más allá, cuando venía hoy en el coche hacía el trabajo, reflexionando sobre el "terrorífico" peligro que supone hablar por móvil mientras conduces, me han venido a la cabeza las cada vez mayores restricciones del tabaco, las que nos esperan del alcohol, las advertencias sobre el colesterol, los lípidos y la alimentación sana, la asepsia que nos rodea (o eso pretenden los fabricantes de detergentes y demás), etc., etc. y etc., y a la vez me acordaba de mis padres, mis abuelos, y toda esa gente que ha llegado hasta aquí sin cinturones de seguridad ni airbags, con colesterol, bebiendo, fumando y viviendo como buenamente han podido, e involuntariamente, he pensado si no nos estaremos pasando, si no nos estaremos perdiendo algo. Si no nos arrepentiremos, al final del camino, cuando esto se acabe, de haber sido tan sanos, tan limpios, tan asépticos, tan seguros, tan higiénicos.

Sería una verdadera pena. O no, una pena no. Sería una putada.