Pasos de cebra

Estás en la acera, delante del paso de cebra, mirando impaciente el semáforo. No tienes prisa, pero, ¿porqué esperar? Tienes que cruzar, ya eres mayorcito para no tener que esperar a que se ponga rojo. Miras el coche blanco. Detrás de este.... no, viene aquel todo follao. Hay que ver como conduce la gente por la ciudad; como locos. Una moto, un autobús, otro coche y otro. Al lado tienes a un hombre con traje de chaqueta, un tío con un uniforme de SEUR y un paquete en la mano —¿será una bomba? ¿durante cuánto tiempo seguiría consciente si la hiciese explotar ahora?— y una madre con su hija. Joder, menuda hija. No tendrá más de veinte años, pero que más da. Disimulas para que no sea muy evidente que te estás fijando demasiado en su hija. Piensas si le importará a la madre, y supones que sí. No sabes si ella te mira debajo de las gafas de sol, pero casi te da igual. Eso que le importaría a la madre. Seguro. Vuelves a tu semáforo y en los coches que pasan; has de cruzar, que ahora ya es una cuestión de hombría. Y porque tienes prisa. Bueno, no. Pero no es lógico que tú estés ahí, perdiendo el tiempo esperando a que se ponga verde para los peatones cuando tienes que ir a... tienes que acabar... bueno, que tienes montones de cosas que hacer, vaya. Aunque ahora lo importante es demostrar que eres el mas chulo y te vas a jugar la vida cruzando entre los coches. Bueno, sin exagerar. Que te mola, pero no le vas a pegar un polvo ahí en la vía pública. Divisas un hueco detrás de la fragoneta roja que viene por allí. Está acelerando. Mejor, así no hará falta que cruces al trote, sino con soltura, demostrando que la calle es tuya, como esos gilipollas que cruzan andando sin mirar a los coches que se les acercan, y generalmente te hacen frenar. Como esos gilipollas... Bueno, da igual. A ver, a ver... curvas el cuerpo, te inclinas hacia delante y cuando la furgoneta pasa a medio metro escaso de ti (como me de en la cabeza con el retrovisor va a ser una buena ostia, así que apártate un poco del borde, capullo), tu pie ya está detrás de ella en el asfalto. Deprisa, que se note que te la estás jugando, pero sin correr, que sea evidente que dominas la situación.

Y después de un metro y medio escaso, lo suficiente como para que haya quedado claro que estabas cruzando porque eres el más chulo del barrio, ves que los coches aminoran, y la gente que hay al otro lado comienza a cruzar. Puedes sentir el aliento de la niña —¿qué coño estará pensando la cría esta?— y su madre, el del individuo de SEUR y el del ejecutivo en tu nuca. Dejas de correr, pones cara de idiota y acabas de cruzar andando, sintiéndote terrible e insoportablemente ridículo, y pensando que te acabas de jugar la vida por diez segundos de espera frente al semáforo. Un minuto es un minuto, pero diez segundos es... es infame.

Y es que ya lo decía Murphy; si cabe la más mínima posibilidad de que hagas el ridículo, lo harás del modo más estrepitoso posible y delante del peor público posible. Pero cuánta razón.