Manolete al habla

Ayer me cortaron el pelo; no es que guste demasiado, pero bueno, el pelo me crece rápido y a lo hecho pecho y a joderse tocan. Supongo que me resultaría más cómodo seguir autocortándomelo al uno o al dos, como he hecho prácticamente de forma ininterrumpida, y a pesar de mi ex, desde que volví de Atlanta, el último año del pasado milenio. Más cómodo pero menos estético, a decir por la opinión femenina popular, a excepción de Geno.

Era un bonito tema de conversación. Porque a la vista de mi cabeza, el ¿tú eras un niño malo, eh? (y mi respuesta No, los malos eran los otros niños) era habitual. Porque es que si me miras la cabeza, parezco un muñeco de trapo, por el número de remiendos que llevo. Es que de nano tenía unas costumbres bastante extrañas, al menos las que recuerdo. Me daba por meterme debajo de las cosas y olvidarme de lo que había sobre mi cabeza, y claro, tenía unos despegues en vertical que acababan con mi cabeza en la Fe y yo resoplando como un búfalo por indicaciones del personal correspondiente (aún no me interesaban las enfermeras, una pena porque con las visitas que hacía...). Porque es obvio que si sustituyes 'cosas' por 'banco de piedra' o 'remolque trailer', pues está claro que mi cabeza llevaba todas las de perder. Al menos, hice bastantes intentos como para estar muy seguro de que mi chola no puede competir en dureza física con el hormigón o el acero (soy todo un empirista). Durante bastantes años, mi periodo vacacional vino acompañado de un puñado de puntos a distribuir libremente por la superficie de mi cabeza. Y es que llevo cosido medio cuerpo, hasta el punto de que cuando iba a la Fe, me ponía a soplar antes de que la enfermera me lo dijese. Seguramente por eso me he quedado así.

También tenía la extraña manía de entrar en el coche por la ventanilla, pero a lo bestia, con carrerilla. Hasta que, claro, un día topé de manera imagino que bastante dolorosa con el freno de mano, o él topó conmigo, lo que me dejó una bonita marca entre la nariz y el labio superior e hizo que a partir de entonces, utilizar las puertas me pareciese mejor idea. Y de los coches a la velocidad. Tirarse montado, con aproximadamente un año y medio de edad, en una especie de bicicleta de madera (si, esa, que tiene más de 25 años de antigüedad), sin frenos y de estabilidad más que discutible, por una pendiente de treinta metros con un ocho o nueve por ciento de desnivel, no es sensato. Porque los pies a veces frenan... y a veces no. Sin comentarios. La ostia también debió ser antológica. Y en plural.

Y por todo esto y mucho más, tengo un recuerdo bastante grato de mis primeros años de estancia en este planeta. A pesar de lo accidentado.

(Sí, me llamaban Manolete. Menos mi hermano, que me llamaba Enete :)

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Actualización de última hora: El labio no me lo partí en la rampa de mi pueblo, sino el día que me regalaron la bici, con el manillar de la propia bici. Mis padres se llevaron al parecer una buena bronca de la chica que me cuidaba. Se lo tienen merecido. La ostia fue en el garaje de nuestra ex casa de Burjassot, contra un pilar, mientras me giraba simpáticamente a decirle algo a mi hermano. En ese caso, imagino que la velocidad era mayor.

Mi madre puede dar más detalles.