Historias para no dormir

Apenas puedo contar nada. Me he pasado el día trabajando o al menos intentándolo, y el resto del día aplacando mi demonio consumista. Realmente, no hay nada interesante que contar, así que imagino que no está de más que, aprovechando que estoy comenzando, mandar algo de lo que escribí y así dar a conocer lo pedante (para ser sincero, no pienso que sea pedante, quizá algo recargado, pero siempre es un buen recurso pretender que compartes la opinión de los demás; recurso por otra parte anulado por este paréntesis) que puedo llegar a ser en ciertos -muchos- momentos. Debe ser, aproximadamente, de junio del año pasado (2002), pero tampoco tiene mucha importancia. Como es un poco largo, si lo quieres leer tendrás que utilizar el enlace de debajo. Algo que, con lo que acostumbro a escribir (cantidad), tendré que hacer bastante a menudo.

Un libro: El libro de las ilusiones, de Paul Auster. Vale, es verdad, aun no lo he acabado, pero es que no hace falta.

Sería inútil pretender que esto que hago es escribir un diario. Y lo sería porque, al mismo tiempo que por mi cabeza pasan las palabras mucho más rápidamente de lo que seré nunca capaz no sólo de escribirlas, sino tan sólo de recogerlas y darles forma, me doy cuenta de que aspiro a mucho más que a escribir un diario. No quiero la intimidad o el refugio que da un diario, porque soy incapaz de escribirme; no deseo leer, diez años mas tarde, aquello que fui, porque si lo fui, significará que todo la angustia que siento o la felicidad que siento habrán sido en vano, que no eran nada sino fantasias de un loco, y entonces habré muerto y dará lo mismo quién sea y lo que sea, porque sé que no seré yo. Y por ello, me esfuerzo en vano por darle forma a mis pensamientos, mientras por mi cabeza fluye Ravel. Debería saber que es inútil, que no vale la pena, que es perder el tiempo educar mis ideas para que salgan de forma ordenada y se plasmen educadamente en el papel, porque no son así. Vienen en el tren, en la biblioteca, mientras cruzo la calle, y ellas solas se combinan, formando deliciosas frases, pensamientos sobre mi, sobre la realidad, sobre el hombre, y sobre todo aquello que mi mente considera que es digno de ser pensado, y en ocasiones incluso ni en eso, y ahí permanecen durante minutos, mientras mi cabeza las digiere lentamente, y su lugar pasa a ser ocupado por otros pensamientos, más vulgares o más elevados; y entonces me encuentro incapaz de reflejar estos pensamientos, aquello que día tras día, me llena de dolor, de amargura, de angustia, pero también de felicidad, de éxtasis, de placer, y me entusiasmo ante la idea de que vuelvan, y espero ansioso ese momento para intentar capturarlas, aunque intuyo que se me volveran a escapar, que aun no estan listas, que necesitan madurar, y asi una y otra vez, vuelven y se van, convirtiéndose en un juego, en una delicia en la que voy detras de mis pensamientos hasta que son demasiado rapidos para mi, y se sumergen donde no alcanzo a verlos, para descubrir con el rabillo del ojo que otros, quizá no tan interesantes, o quizá sí, asoman tímidamente, y los saco a la superficie, intentándo agarrarlos, esperando que esta vez sea capaz de manejarlos, sea suficientemente rápido para ellos. Y de tanto en tanto, soy capaz de atrapar uno, subirlo a las alturas, exprimir toda su esencia, amaestrarlo, y una vez hecho esto, dejarlo en libertad, sabiendo que volverá, engordado y ofreciéndome sus frutos.

Es quizá esta negación de mi mismo, la necesidad de que haya otro que lea lo que escribo, que sepa que estoy aquí, que tengo algo que decir, mi propia negación, mi propia marca de nihilismo, no lo sé. Siento en ocasiones que la vida está pasando frente a mi y no puedo hacer otra cosa que mirar, lleno de repugnancia, todo lo que arrastra. No es que no pueda agarrarme a ella, aunque no se si sería capaz de hacerlo, sino que siento que no quiero hacerlo, o quizá no a cualquier precio. No me gusta lo que veo, y siento a la vez miedo de quedarme sólo con mis pensamientos, y asco por tener que ensuciarlos con esta realidad o incluso abandonarlos. Me siento, como Harry, excluido, y no se si quiero entrar en ella o permanecer fuera, solo, viendo el deplorable espectáculo que me ofrecen mis ojos. Confieso que la idea del aislamiento, de la soledad, me aterroriza tanto como me atrae, por la propia destrucción que conlleva, por el dolor que en ocasiones capaz de inflingirme, porque tras esos momentos de angustia se que soy capaz de llegar más lejos, de crecerme, y me siento como un gigante ante el mundo. Y ante todo, se que no quiero abandonar mis ideas, mis pensamientos, porque son todo lo que yo so, y sin ellas no sólo no sería yo, sino que simplemente no sería. Es una carga a la que no estoy dispuesto a renunciar, sean cuales sean las consecuencias y el precio que he de pagar. Si he de entrar en la realidad, no será a costa mía, será a costa suya, porque aunque tengo mucho que ganar, mucho más tengo que perder. Y bien dentro o fuera, se me podrá encontrar riéndome como Mozart de todo aquello que considerais importante, que valorais tanto, y que en realidad no son más que bagatelas, ilusiones de una realidad, de un mundo, creado por y para vosotros, en el que no sólo no cabe todo, sino que afortunadamente, os olvidais de nosotros.