Criterios de felicidad

Esta noche, viendo a la comentarista del Telediario de La Primera sonreir como si acabase de tocarle la lotería cuando hablaba del triunfo de Nadal en Roland Garros, me he preguntado porqué la gente se pone -incluído a veces un servidor- tan contenta cuando algún compatriota, generalmente deportista, gana algo. Quiero decir, la gente vive enfangada en su propia miseria, en su propia vida de mierda, y se alegra porque un sujeto al que no conoce de nada y que -habitualmente- vive sin ninguna preocupación gane un partido de tenis, un partido de fútbol o una carrera de Fórmula 1. Ya sé algunas de las razones a este particular comportamiento, no teman. Una podrían ser las consideraciones patrióticas -chicos no empecemos- que es obvio que existen y se fomentan desde los medios de comunicación, otra la necesidad que tiene la gente de evadirse de la putrefacción existencial en la que están sumidos, y por último, el sentimiento de grupo, que imagino que enlaza con la primera. Pero qué coño quieren que les diga, no voy a comprenderlo todo siempre ni a compadecerme de mi mismo y de los demás una y otra vez, así que la única respuesta que encuentro a esto en estos momentos es la siguiente, que ya conocen: somos gilipollas.

Porque lo peor es que cuando un compatriota efectivamente hace algo que vale la pena, que no es ganar un campeonato de Fórmula 1 ni la Liga de Campeones ni el Masters de Augusta, sino algo como desarrollar técnicas que salvan la vida de las personas, a la gente se la suda. Ya ven lo absurdos que son nuestros criterios de felicidad.