Soy un ser privilegiado

Quizá sea que últimamente atravieso una etapa especialmente optimista, o es que gracias a que duermo más, veo las cosas de otro color, pero estas navidades me he dado cuenta de hasta qué punto soy un privilegiado. Y no porque nunca haya pasado hambre, ni nunca haya pasado frío, ni nunca me haya faltado cariño. Ni tampoco porque haya podido disfrutar de una educación y una infancia de niño, disponga de tiempo libre y una asistencia médica relativamente buena. Todo es mejorable, claro, pero eso me parece, desde luego, un buen punto de partida.

Pero como decía, no me siento privilegiado por eso. No, que va. Lo hago porque cuantos más blogs leo, más me doy cuenta del agonizante suplicio que supone para muchas personas pasar una noche cenando con su familia, soportando soporíferas conversaciones sobre nada en particular, escuchando algún que otro chiste malo (no hace falta reírlos pero escucharlos es inevitable), obligados contra su voluntad a llenarse la tripa de marisco cordero o cochinillo, y sufriendo ante los impertinentes comentarios de tus familiares sobre cualquier aspecto de su vida, mientras yo permanezco ajeno a tanto sufrimiento.

Es algo tan dramático que me llenan los ojos de lágrimas.