Sigan leyendo, no se detengan

Ya conocen mi afición absurda por los posts absurdos. De sobra; les tengo bien acostumbrados, bien educados, bien cuidados, y bastante bien alimentados. No pueden tener queja, aunque a todos nos haya salido ya pelo en la entrepierna. La cuestión, situóme ya, es que cada vez que no tengo nada que decir, tiro de ese socorrido y común recurso que es la caradura, y cumplo con la papeleta; es decir, que suelto cuatro estupideces y no digo nada, aunque eso después de todo es lo normal. Pero el caso, señores y señoras, niños, niñas, y pelotitas de goma, es que no debería, porque ya les he puesto la comida en la mesa esta mediodía, cuando pasaban tres minutos de las cuatro de la tarde, y lo de dos comidas al día, antes sí, pero ahora, tal y como está el patio, pues no deja de ser un privilegio. A pesar de ello, y para eso estoy aquí, qué coño, ustedes me caen bien, unos más, unos menos (porque yo no soy un niño y ni los unos son mamá, ni los otros son papá), así que aquí me tienen, pasados siete minutos de las nueve, escribiendo tremenda gilipollez para que, después de haber pasado unos valiosos minutos leyendo, que podrían ustedes haber dedicado a cualquier otra actividad más productiva —ya sé en qué están pensando, pero no pretendan que lo diga—, llegen a este punto del texto y piensen (si no es que lo dicen en voz alta), a pesar de la advertencia previa: ¿Ya? ¡Anda que hay que ser caradura!