¡Ibi... digo... ¡Oliva!

Pues sí, claro que sé que hoy, a esta hora, en estos momentos, está Carlinhos Brown tocando en la Alameda (Valencia), pero es que oiga, me he pasado el fin de semana —bueno, casi todo— en la playa de Oliva y después de dos horas de coche, vuelvo como que algo cansado para irme de carnaval, así que voy a dejarlo para más adelante. Estoy seguro de que Carlitos lo entenderá. Ha estado bastante bien, y si el tiempo acompaña y la autoridad se presta a ello, no estaría mal repetirlo más adelante; una buena dosis de interesantes y divertidas (sí, en serio) conversaciones sobre política, playa, chiringuitos y mujeres en bikini. Y ahora, de vuelta al trabajo. Creo sinceramente que la depresión postvacacional (y aunque esto no han sido unas vacaciones, en cuanto hay playa y estancia fuera de Valencia uno siente como que efectivamente se ha ido de vacas) no es una depresión. Y digo que no lo es desde un punto de vista que lo ve como algo que hay que curar, como algo que es anormal, como que lo que está mal es la persona y no la situación. La depresión postvacacional no es ni más ni menos que el reconocimiento consciente por parte del trabajador de a) la miseria de vida que lleva y de b) su total incapacidad para salir de ella. Veinte años estudiando para prepararse para pasar cuarenta años trabajando y acabar con sesentaypico disfrutando de la vida, si la cabeza y el cuerpo lo permiten y si para entonces aún sigues sobre el planeta. Veinte años más, y al hoyo. Y si te he visto no me acuerdo. A otra cosa mariposa. Arreando que es gerundio.

Cuando narices se dará cuenta la gente de que esto no es un puto vídeojuegos, y que vida no hay más que una, que ahí arriba no hay un señor con barba ni un tipo delante de una puerta grande de hierro forjado que se llama Pablo ni ahí abajo un individuo con cuernos rabo y tridente que se llama de muchas formas a cada cual más rara. Pero resulta más mejor decir que el trabajador se deprime, más que afirmar que no es razonable, pasarse la única vida que tenemos trabajando como locos entre cuatro paredes. Disfrutar de un mes de vacaciones al año, y los fines de semana si tienes suerte. Coño, es que es lógico que la gente se deprima. ¡Es que pasarse toda la vida deprimido sería lo más normal! ¿O es que prefiere usted, señor psicólogo social de pacotilla, pasarse el día diciendo las gilipolleces que dice, a estar en la playa con su familia?

Estos son los mismos idiotas que dicen que lo óptimo es dormir siete horas al día. Pues duérmalas usted, y si quiere, duerma seis o cinco o cuatro o tres o dos o una o no duerma. O haga lo que le de la gana. Porque para mí, lo sano es dormir diez horas al día. Lo digo yo y punto, que soy el que duerme y el dueño del cuerpo, que me encanta maltratarlo y a él que lo maltraten de ese modo. Y luego, pasarme una hora almorzando. Irme a la playa, a la piscina o tomarme un granizado de limón o dos o tres o los que me apetezca hasta que reviente, aunque me muera de un cólico. Y por la tarde, dormir la siesta. El tiempo que me de la gana, aunque los mismos expertos digan que más de media hora no es sano. Y al estrés, que le den morcilla. Aunque digan que nos mantiene activos. Que me gusta vivir relajado, que yo quiero ser pasivo, quiero ser un lagarto; el lagarto Juancho.

No es cuestión de ser nihilista, pero oiga, que esto no es sano. Ni normal. Ni lógico. ¡Esto es lo que no es sano! ¡esto es lo que es nihilista!.

Como dice mi bro, ¡que paren esto, que yo me bajo!

(Y en próximas entregas, ¿porqué vale dinero que te excomulguen? ¿Es que es la Iglesia Católica una empresa de telefonía móvil?)