He vuelto, o eso creo

Mi reloj me ha traicionado esta mañana, o quizá haya sido mi vista, o a lo mejor incluso una conspiración entre ambos, si es que eso es posible, porque me he levantado a las once y veinte, pensando que serían pasadas las dos. A pesar de las campanas colgadas a cien metros en línea recta de mi habitación sonando regularmente cada treinta minutos. Cuatro campanadas previas más las correspondientes a cada hora, si es en punto, y dos si es la media. Yo desde mi cama acordándome del cura, de la iglesia, del campanario, del tipo que las donó, y de la madre que los parió a todos, tanto en la media como en punto. Sin distinciones horarias. Ya saben, como aquello de Equal Opportunity Employer. Así, más o menos.

Aunque uno se acostumbra a todo, y al final (casi) no las oyes ni cuando los domingos suenan de manera nerviosa durante veinte minutos, como si por hacerlas repicar como si tuviesen epilepsia fuese a hacer salir a los infieles de debajo de las piedras (déjeme dormir, coño). Ahora es más fácil. Antes había que tirar de una cuerda, y ahora sólo hay que darle a un botón. Un dedo, y tienes a todo el vecindario jodido un rato. El vecindario jodido, un domingo a las doce del mediodía, creo que soy sólo yo, pero eso no me hace sentirme mejor. En cualquier caso, yo continúo esperando el momento en el que las campanas cesan, listo para dejarme seducir de nuevo por Morfeo. No me rindo fácilmente.

Las dos es una buena hora para levantarse. Supongo que por eso llevo cinco días levantándome casi a esa hora. No me malinterpreten; las once y veinte es también una buena hora; una hora cojonuda. Pero la una y media es mejor hora. Once, doce, trece horas pegado a la almohada, hibernando debajo de cinco mantas. Aunque te pases el resto del día atocinado. Durmiendo en vida. Agilipollado. Como en una nube. Después de todo, para eso me voy cinco días de vacaciones; para subirme a la parra y no bajar hasta el atasco del lunes. Y ha sido, de verdad, aproximadamente así: helados, monte, paisajes, sol y lluvia, mucha cama (nada de sexo), una estufa y ducharse con una cacerola (no confíes en el calentador). Óscar (y sus pedruscos), Geno, Sandra. Sandrine y Javi. Todo muy a cámara lenta. Exactamente, lo más parecido al me voy al monte a comer pasas y hablar con Dios. Aunque no me gusten las pasas ni crea en dios, pero ya me entienden. Lo más parecido a tomarse unas vacaciones de todo.

Así que después de cinco días con sus respectivas noches, mi ego y yo estamos de vuelta. Él ha llegado mucho antes, pero eso es porque es más fuerte, más rápido, y más inteligente que yo; que para algo es mi ego. Casi como David el Gnomo. No, no he escrito nada, y he leído poco. Un libro. Amanecer con hormigas en la boca, de Miguel Barroso. Bueno, en realidad sólo 79 hojas. Ya saben, hojas de papel. Con tinta y cosas de esas. Aunque vengo con ideas.

No, mañana no trabajo. Ni pasado. Y así, hasta el martes veinticinco.

Y sí, por supuesto, mis dos nuevas camisetas. Qué otra cosa sino. Lo sé, soy un adicto.