Cuentos escolares

Érase una vez un niño que iba a la escuela. He aquí que el niño trabajaba, y por ello, no le era posible asistir a clase. Había en concreto una asignatura, cuyo nombre no nos interesa, que tenía como método de evaluación la confección de un trabajo de la materia impartida en clase. Pero como decimos, nuestro niño no podía coger apuntes, ya que durante las clases, se dedicaba a levantar este santo país con el sudor de su frente.

Es por ello que nuestro amigo pidió, llegado el final del curso, los apuntes a partir de los cuales elaborar el trabajo. Pero vió que a causa de que se había relajado (no es necesario aclarar que nuestro niño, como cualquier niño, tiene vida social, tiene aficiones, tiene ganas de salir y tiene otras ocupaciones aparte de estudiar y trabajar. Ya, pero estudia porque quiere, nadie le obliga, pensaréis correctamente. Es cierto, aunque no pretendía ponerlo como excusa y nuestro niño tampoco lo hace), trabajo y resto de exámenes previos, le iba a resultar difícil realizar un trabajo que estuviera a la altura de sus posibilidades. Difícil aunque no imposible, me gustaría añadir.

Y es por ello que le envió un correo al responsable de esa asignatura, para pedir una pequeña prórroga de un fin de semana. Pero cometió el error de mencionar su situación laboral, cosa que, amiguitos, puedo prometeros, no hizo para justificar su petición, sino para proporcionar algo de información sobre quién era. Mal hecho, pensaréis. Pues sí, mal hecho, porque nuestro querido profesor pensó inmediatamente que ese dato venía proporcionado como razón de ser de su ruego, por lo que no sólo la denegó, sino que expresó la opinión que le merecía utilizar aquello como excusa.

A nuestro amigo aquello no le molestó. Más bien al contrario, pensó que era normal y justo con el resto de sus compañeros. Así que, en un acto de cordialidad y sinceridad, le volvió a contestar, exponiéndole su conformidad con la corrección de la decisión adoptada e intentando explicar el malentendido. Todo habría quedado ahí si el niño no hubiera tenido que llamarle para preguntar cuando sería el examen oral del trabajo presentado, decidido ya a entregarlo fuese como fuese. Así pues, le llamó, y tras recordarle quién era, obtuvo un seco Sí, ya sé quién eres. ¿Qué quieres?, en un tono que a nuestro amigo no le gustó nada, interpretando inmediatamente que el profesor había pensado que el motivo de aquella llamada era realizar la misma petición de nuevo vía telefónica.

Pero aún así, aquello no le justificaba. Y pensó que, después de todo, hay mucha gente por el mundo que debería pensar un poco antes de abrir la boca.

(Epílogo: El niño decidió que, a pesar de todo, dicha persona se merecía el beneficio de la duda y que quizá, aunque quizá no, aquello había sido simplemente una impresión personal equivocada.)