Ya no quiero ser astronauta

Dicen que todos alguna vez, de niños, hemos querido ser astronautas. Y lo mismo dicen de ser bombero. Y de ser policía, y de tantas otras profesiones de riesgo y aventura, o como quieran ustedes expresar lo que puede haber detrás de esas profesiones dentro de la mente de un niño. Yo tampoco sé hasta qué punto creerme eso, porque no recuerdo haber tenido la ilusión de ser ni policía ni bombero. Quise ser ciclista, y sí, yo sí que quise ser astronauta. Eso sí. Y quería serlo ya entrada en la pubertad, tonto de mí. Así que le pregunté a un profesor qué era necesario para ser un astronauta. Gilipollas de mí. Menudo crío paleto e ingenuo.

El caso es que éste me habló de la importancia del carácter, de la templanza, por aquello de la convivencia en las alturas, vamos, de todas esas virtudes de las que ya hablaba el bueno de Aristóteles antes de que el hombre se levantase siquiera diez metros por el aire. Y todo ello, sumado a un intelecto impresionante y una impresionante capacidad de trabajo, hacen de los austronautas unos seres quasi sobrenaturales... hasta ayer.

Y va a ser que después de todo, lo de ser astronauta sí que es una profesión de alto riesgo.