Volvemos a los champiñones con tierra

Esta noche he venido hasta aquí, me he sentado delante del ordenador y me he encontrado con que no tenía nada que deciros. Ni interesante ni aburrido ni excitante ni monótono. Nada en absoluto. Cuando empecé esto, hace ya casi dos años, lo empecé prácticamente solo. Así que podía escribir o no escribir. Podía decir y hacer prácticamente lo que me diese la gana. Cambiaba el diseño, lo volvía a dejar igual, lo volvía a cambiar, y hacía eso cien veces. Y mientras, no decía nada, porque nadie, o casi nadie, me leía. Y eso tampoco me preocupaba. Por eso había lagunas de semanas e incluso meses entre comentarios consecutivos.

Pero ahora... ahora pasan un par de días sin escribir ni una palabra, y casi me siento culpable. Pero a pesar de la presión, continúo sin tener nada que decir, al menos no esta noche. Y a las horas que son, no espero que me caiga del cielo el Espíritu Santo en forma de inspiración, porque si cae, más que para darme inspiración, con lo ateo que soy, va a ser para darme otra cosa muy diferente.

Así que, aparte de esto, no tengo nada que decir. Probablemente mañana sí, pero quién sabe, porque empiezo a estar un poco harto —cansado, sea quizá la palabra— de decir cosas simplemente por decir. Hace ya demasiado tiempo que escribo adrede para que la gente entienda lo que quiero decir, y empiezo a tener ganas de escribir para ser yo quién entienda de qué hablo, sin importarme un comino que la gente lo entienda o no. De verme reflejado en lo que escribo, en otras palabras.

Así que se han acabado las papillas nutribén. Volvemos a los champiñones con tierra. O eso, o cierro la paraeta.

Váyanse preparando.