Una gran gota

Muchas noches, cuando camino de casa atravieso el túnel que pasa por debajo de la ronda norte, justo al principio del camino de Moncada, una gota proveniente del techo de éste cae sobre la luna delantera de mi coche. Una gran gota, parecida a esas con las que empiezan las tormentas de verano, pero más grande; dos, tres o cuatro veces mayor, o incluso más.

A setenta kilómetros por hora, tras el impacto la velocidad hace que el agua se esparza rápidamente sobre el cristal, y durante unos pocos segundos, sin necesidad de fijarse demasiado, se pueden apreciar las ondas que se forman sobre la fina lámina de líquido, hasta que la gran gota se deshace en pequeñas serpientes que se deslizan trémulas, casi con timidez, hacia arriba, en contra de toda gravedad.

Al final, sólo quedan unas pocas y solitarias gotitas separadas entre sí por unos pocos centímetros, estáticas y un poco ridículas, que acaban secándose más tarde o más temprano, aunque para entonces, casi siempre me he olvidado ya de ellas y voy escuchando la radio o pensando en mis cosas.

A veces no soy una persona agradable, y cuando eso pasa, tampoco me esfuerzo demasiado por serlo.