Tengo un tractor amarillo

A las ocho de la mañana funciono con el piloto automático puesto. Te levantas te cagas en el trabajo te duchas te vistes te miras al espejo coges el coche y conduces. Todo ello aderezado por los correspondientes tengo que dormir más y esta noche me acuesto antes. Pero cuando en mitad de una avenida de entrada a Valencia, de cinco carriles y en hora punta, el coche se te cala atravesado, y no parece arrancar ni a la primera ni a la segunda ni a la tercera como suele ocurrir, sabes que esa mañana ya no te hará falta café.

Y si estuvieras de humor pensarías en aquel ¡Carlos, arráncalo, por Dios! pero no tienes ganas ni tiempo para chistes. Así que sólo puedes mirar al tipo del Mercedes, asentir con la cabeza y apretar el botón de arranque esperando que de una puta vez se ponga en marcha y que la gente sea tan comprensiva como tu lo serías en su lugar.

Eso sí, diez minutos más tarde, cuando has salido del aprieto, te acuerdas de la Renault de sus —de tu— Meganes de Fernando Alonso y de la madre que los parió. Aunque al menos, reconoces que te has ahorrado el café de la mañana.

(... que es lo que se lleva ahora).