Qué genial

A veces se te ocurre algo que escribir, escuchando una canción, bajo ese estado de ánimo alterado al que algunas canciones consiguen hacerte llegar, y la masticas durante horas en la cabeza —sí, yo lo he hecho, no es que conozca a un amigo que lo ha hecho— hasta que la conviertes casi en algo sólido, y piensas: qué genial. Otras veces, te viene una idea a la cabeza, justo antes de irte a dormir —algo que me pasa muy a menudo—, la elaboras durante unos segundos, y a falta de un teclado, coges un pequeño lápiz, o un lápiz, aunque no sea pequeño, un bolígrafo, un rotulador, cualquier cosa, y la escribes en los márgenes de una libreta, en una carta del Santander Central Hispano, o en un recibo de Vodafone, y piensas: qué genial. En ocasiones, incluso, mientras vas conduciendo te aborda la inspiración y no puedes sino esperar al semáforo más próximo para escribir un mensaje de texto con esas cuatro palabras que te ayuden a recordar una vez te sientes frente a la pantalla, y cancelarlo para que aparezca eso de Guardado en No Enviados, y piensas: qué genial.

El problema es que una vez la canción ya no suena en tu cabeza y has salido de ese estado psíquico algo especial, o ya no es de noche y ya no estás en pijama a punto de acostarte, o ya no estás conduciendo, a menudo la idea ya no te parece tan genial. Te parece normal, casi vulgar, algo sobre lo que ya no vale tanto la pena escribir. Y entonces la olvidas, tiras ese recibo o lo guardas casi para siempre en la carpeta rotulada "Recibos", o borras ese mensaje que ocupa una memoria vital en la sección de mensajes "No enviados". Y ahí van todas las ideas que por unos instantes fueron geniales y que ya no lo siguen siendo más; supongo que hasta una idea se merece sus quince minutos de gloria.

Ahí, y en cierto modo, a este post. Por supuesto.

Everything is good for you if it doesn't kill you