Lo siento, me equivoqué

T. murió hace cuarenta y dos años, dos meses y cinco días, a la edad de ochenta y tres años. Vivió las dos grandes guerras, la Guerra Civil Española, en la que combatió al lado del bando perdedor, y asistió al nacimiento de la televisión y los comienzos del automóvil, aparte de otros muchos acontecimientos históricos. A lo largo de su vida, trabajó en diversas profesiones por la geografía española, francesa e italiana; camarero, periodista y fotógrafo, botones o carpintero entre otras, y finalmente -a pesar de que fue una ocupación contínua desde que cogió un lápiz- escritor en la última etapa de su vida, actividad que le dió fama mundial y por la que hoy se le conoce.

Pasó los últimos años de su vida en el exilio, donde la muerte lo alcanzó en forma de neumonía, sin darle la oportunidad de volver a pisar su pueblo, que como se refleja en sus escritos de madurez añoraba profundamente. Sólo se le conoce un amor verdadero que siempre le rechazó, y que acabó contrayendo matrimonio con un industrial castellano, lo que le condujo a una depresión que fue el desencadenante de su alcoholismo, del que posteriormente consiguió salir, y de sus más brillantes textos, pertenecientes a lo que se conoce como el "Periodo Negro" de T. Aparte de éste, tuvo numerosos escarceos sentimentales pero sin que ninguno de ellos adquiriese mayor repercusión.

En resumen, puede decirse que vivió intensamente, una vida llevada a menudo hasta el límite, y así la presentan tanto las enciclopedias como las diversas biografías que existen. Carpe diem fue el lema que le movió, siempre más inconscientemente que conscientemente; vivió cada segundo como si fuese el último. Quizá una vida para admirar, una vida para repetir, una vida para vivir.

Pero más allá de fantasías y de admiraciones de una existencia que sólo él disfrutó y sufrió, T. jamás fue feliz, y así lo confesó con tristeza en sus últimos días, admitiendo que si volviese a vivir, lo cambiaría todo por un poco de felicidad. Murió rodeado de sus amigos y con el mundo postrado a sus pies, llorando, arrepentido, y murmurando entre dientes su ya famosa frase:«Lo siento, me equivoqué».