Nicolás

El señor Nicolás no entiende como ha llegado al estado en el que se encuentra. Pero la verdad es que apenas dedica tiempo a pensar en ello. Sentado en su silla de ruedas, como cada día, mira a través de la ventana. Hace varias semanas que empezó la primavera, y aunque puede sentirlo en el ambiente y la actividad de la calle, no ve aún ningún brote en el árbol que hay a la entrada de su casa. Tampoco sabe si debería haberlo. Igual está muerto; el invierno ha sido especialmente duro este año. Soy estúpido, se dice. No sé nada de árboles, y aquí estoy, devanándome los sesos en busca de una explicación para algo sobre lo que no entiendo. Ni siquiera puedo acordarme de si tenía hojas el verano pasado, porque no recuerdo que las hubiera donde ahora hay unas ramas desnudas, y lo único que sé hacer es perderme en conjeturas que no llevan a ninguna parte.

Antes de que el sentimiento de culpa le invada por completo, un gorrión atrae su atención por un instante, y el árbol y sus cavilaciones le abandonan para siempre. Le gustaría que se posase en el alféizar, ya que desde su posición apenas lo ve, pero los malditos pájaros nunca lo hacen. Les odia por ello. Es un día luminoso; le gusta. Observa a la gente pasear. Desea salir. Lo echa de menos. Ahora más que cualquier otro día siente su piel fría, tanto que puede notar el contraste con el calor del sol. Tal cosa es absurda. Sabe que su deseo ha de estar construido en torno a descripciones poéticas e historias de otras personas, no verdaderas sensaciones. Ha de estarlo, porque ninguna otra cosa tiene sentido, porque no recuerda nada real que pueda alimentar sus fantasías. Nada más encaja. Es difícil estar seguro de algo, y el esfuerzo que conlleva alcanzar la seguridad no merece la pena ya que ni en eso puede confiar. Sin embargo, más movido por la curiosidad que por la temperatura, aún desea salir. Aunque no lo hace, aunque no sabe porqué. Ni siquiera se plantea si es capaz de hacerlo. La respuesta es No, y la falta de razones un poderoso argumento, el único, el mejor que hay. A pesar de ello, no se atormenta. Alguna razón habrá. Ha de haberla. Las cosas no son como son porque sí. Existe una explicación, puede intuirlo, y que no sea capaz de encontrarla es una muestra de ello, así que lo mejor es renunciar a ella. Es inútil resistirse a la evidencia, no puede negarlo, y sin embargo, es incapaz de reprimir un pequeño suspiro de queja que asciende por su garganta. Quizá sólo quiera creer eso. Infantil, piensa, y opta por dejar perder la vista en la calle, pero en su lugar sus ojos se fijan en una mancha en el cristal. Se siente cansado, inútil, y deja caer las manos sobre los muslos.

Hoy es un día especial. Le gusta que lo sea aunque le cuesta asumirlo. Preferiría ser feliz con la rutina diaria, la soledad en su silla de ruedas, los pájaros y ese árbol, sus pensamientos, la distancia entre él y la gente de la calle, pero no lo es. Eso le molesta, porque es identificarse con algo que no puede ser. Siente una ligera sacudida de excitación. Hace mucho tiempo que no recibe una carta. Tanto que no lo recuerda. Con ella sobre las palmas extendidas, la mira con curiosidad. Un par de caballos con las patas delanteras levantadas están estampados en un sello en la esquina superior derecha. Es un sello corriente. Vulgar. Observa la dirección y reconoce la letra de un viejo: redondeada, limpia, a conciencia, como el cuaderno de caligrafía de un niño. Imagina las pausas, la lentitud de los trazos, la atención puesta en cada letra, la presión del bolígrafo sobre el papel y el movimiento de la mano al escribir la ele o el rabillo de la a. Se siente bien al pensar en ello y sonríe. Le da la vuelta, buscando el remitente, y encuentra una dirección desconocida y la misma escritura minuciosa. Ni un nombre que intentar recordar. No le sorprende. ¿Cuánto tiempo hace que no sabe nada de nadie? Para qué.

No le entusiasma abrirla con los dedos, pero no tiene otra cosa a mano y su ansiedad no le permite posponer el momento, así que intenta utilizar el pulgar a modo de abrecartas. Él fracasa y su torpeza triunfa. El sobre se rompe y el remite se divide en dos. Necio. Tendrías que haberlo abierto por un lateral, hubiera sido más fácil. A pesar de ello, hace un esfuerzo por olvidarse de sí mismo, saca cuidadosamente las hojas y deja el sobre encima de sus rodillas. Blancas y plegadas con delicadeza, responden a las expectativas. Los renglones, trazados como con tiralíneas, uniformemente espaciados y todos ellos de igual longitud. La misma esmerada y paciente escritura. Sólo un viejo reconoce la letra de otro viejo, murmura entre dientes. Ahora que la tiene frente a él, ya ha perdido casi todo el interés. No sabe siquiera si quiere leerla. Qué necesidad hay. Puede que sea una equivocación, aunque lleva escrita su dirección. Su nombre. Sus apellidos. Apenas una página y media. Duda entre la pereza por tener que leer tanto, o desprecio por ser merecedor de tan poco. Temiendo que su apatía se convierta de nuevo en su mejor aliado, decide comenzar antes de convencerse de que no vale la pena continuar con eso.

 

Querido Nicolás,

Hace tantos años que nos cruzamos, porque fue justo eso lo que sucedió, que el nombre Sebastian no te dirá nada. Después de casi media vida, es difícil recordar un nombre si no tienes una cara que te ayude, aunque bien visto, esta cara ha cambiado mucho y aún no siendo así, no creo que me reconocieses si me tuvieses delante. Imagino que a estas alturas estás tan sorprendido al leer estas líneas que piensas que se trata de una curiosa equivocación.

Pero no lo es. No te diré que fuimos íntimos amigos, compañeros de clase, que nos peleamos por una mujer o trabajamos juntos. Nada de eso. Lo único que compartimos fue una cerveza cerca de medianoche en un bar de carretera y un par de horas de conversación hace ya casi treinta años. No hay mucho más. Espero que no estés demasiado decepcionado tras leer eso. Podría decir que recuerdo cada palabra, pero sería un pretencioso y además faltaría a la verdad, y a estas alturas, para qué mentir. Bien, puedo asumir que la intriga inicial ha dejado paso a una total incredulidad, y ahora que estoy seguro de que no sabes quién soy, tendrás que perdonar que me haya tomado la confianza no sólo de escribirte, sino de hablarte como si en realidad nos conociésemos de toda la vida.

Ignoro por qué te escribo, si te lo estás preguntando. Achaques de la edad, supongo. Descubrí entre unos papeles tu dirección y pensé que valía la pena arriesgarse a escribir esta carta que en el peor de los casos, simplemente la recibiría de vuelta. Me queda un recuerdo muy grato de aquella conversación. Sé que todo esto te parecerá extraño, pero no creas que a mí me lo parece menos. No es este el momento de contarte qué ha sido de mi vida, así que espero que tras la sorpresa, te decidas a contestarme y si crees que puede valer la pena, tomar de nuevo otra cerveza a una hora más decente (el cuerpo ya no permite excesos), aprovechando que paso a menudo por tu ciudad. No hay mucho más que añadir, por lo que me despido con la esperanza de que al menos la curiosidad te empuje a contestar.

Un saludo de un amigo,

Sebastian

 

Sebastian. No puede evitar perderse por un segundo en el perfil de los pulgares contra el blanco de la hoja. Observa sus grandes uñas, sus grandes dedos, sus grandes manos. Manazas de viejo. Torpes. Sale de su universo a duras penas e intenta recordar sin éxito. Sebastian. Al menos hago ciertas sus predicciones, se consuela. Lo cierto es que no hay nada en su cabeza que pueda asociar a ese nombre o a una conversación en un bar de carretera a medianoche hace treinta años, y eso es todo lo que tiene. Sebastian. Le culpa por no haberle dado más detalles. No confía en que navegar en su memoria vaya a reportarle mayores beneficios, si es que decidiese al menos intentarlo. Los fracasos pasados le aconsejan no hacerlo, así que abandona ese sendero sin ni siquiera iniciarlo.

No está seguro de qué sentir. La decepción es el camino más sencillo. El más habitual. Quizá quiera sentirse así, romper la carta e ignorarla, a lo mejor es eso lo que se merece. Haría las cosas fáciles. Simples. Los pájaros el árbol la ventana y él. Su soledad su miseria su cabeza y él. Él, su gran enemigo. O a lo mejor únicamente está buscando una excusa para no moverse, para no levantarse, para no vivir. Quizá lleves mucho tiempo haciéndolo; sí, sin ninguna duda. Demasiado para darse la vuelta. Demasiado casi para cualquier cosa. Es un viejo oso que despierta para descubrir que ha pasado la primavera y el verano hibernando y se encuentra de nuevo ante el invierno que acabará con él.

Con los años, ha ido acostumbrándose a este tipo de ideas. Al principio, aún sentía remordimientos, el impulso de despertarse en medio del otoño, sacudirse la pereza de encima y hacer algo con lo que quedaba de él. Poco a poco, para su fortuna o desgracia, fueron desapareciendo, y de ellos sólo queda ya un leve sabor amargo. El instinto de supervivencia no es eterno, se compadece. Esboza una sonrisa ante tanto ingenio. No hace eso muy a menudo. Deja la carta sobre sus rodillas lentamente e intenta reflexionar, pero no sabe cómo hacerlo ni acerca de qué. Los porqués ha dejado de planteárselos. Lo absurdo de ese impulso le hace sentir ridículo y sonríe, aunque más por histeria que por otra cosa. Ya no siente indecisión. Sí en el sentido de que sigue sin tomar una alternativa. No porque conoce la respuesta a la pregunta. Sus "a lo mejor" nunca son de verdad. Desde hace años, décadas, son rotundos noes. Implacables noes disfrazados de quizás. Negativas de hierro envueltas en dudas de papel. Y sin embargo, en este caso queda algo de ese sí postizo, más de lo que pensaba. Puede no ser tan mala idea. Y ahí está de nuevo ese gorrión. Ese u otro, qué más da. No hay quien los distinga. Aunque ahora está más cerca, mucho más. Fuera, al otro lado, justo en la ventana. Donde siempre lo ha esperado. Míralo. Un vulgar gorrión, pero sus pequeños saltitos le causan regocijo. Excitación. Un águila real no le haría sentir mejor. Lo observa con la boca ligeramente abierta. Tan pequeño como vivo. Intenta sin conseguirlo no pestañear ante tanta belleza, y mientras el mundo se desliza rápidamente fuera de su mente, Sebastian y sus dos hojas caen para siempre al suelo.

No hay mucho que ver en la ventana de un viejo. Algún estúpido gorrión de vez en cuando, y un árbol que ya debería haber rebrotado. Aunque quizá, y lo más posible, es que esté simplemente muerto.