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Ayer, no recuerdo en qué momento del día, pensaba que no tiene demasiado sentido escribir este blog casi exclusivamente para —en el sentido de dirigido a— la gente que me lee, porque quieras o no, te condicionas a ti mismo, y lo condicionas a él. Pensaba que está bien, faltaría más, que la gente opine, lea, comente. Que el tema de la audiencia, de los lectores, es interesante, que uno tiene su orgullo y su correspondiente dosis de narcisismo y egolatría, pero para qué engañarse, esto no va al fin y al cabo a ninguna parte; diez, cien o mil lectores diarios no cambian nada.

Y por ese camino llegué a la conclusión de que, sin menospreciar a aquellos a los que me leéis, tan satisfactorio como saber que hay alguien al otro lado que te sigue con cierta frecuencia, será leer todo esto dentro de cinco o quién sabe si diez, quince, veinte o treinta años y ver qué pensaba, qué escribía, y de algún modo, cómo era el mundo a través de mis ojos por aquel entonces, por no hablar de qué opinaba la gente de todo aquello. Y si soy capaz de continuar esto durante tanto tiempo, eso sí sería increíble.

Aunque sin duda mañana cambiaré de opinión, porque tampoco sé en qué grado escribo lo que escribo porque me apetece o porque pienso que puede gustar; supongo que lo de ayer es un ejemplo de lo primero, mientras que algunos alardes de exhibicionismo lo son de lo segundo, y la gran mayoría es un poco o un mucho de lo primero y un poco o un mucho de lo segundo. En cualquier caso, esto es sólo una reflexión transitoria motivada por el estado de ánimo en el que me encuentro hoy. Y también sé que es un tema recurrente. Y esta, creo, aunque no estoy seguro, pertenece más a la primera que a la segunda clase.