Gente incívica

Hace ya unas semanas, un sábado por la mañana me despertó una música aparentemente hindú. A las nueve de la mañana. A todo volumen, entendiendo por "a todo volumen" como "tan alto como si tuviese la radio en el dormitorio". Aquella noche me había acostado a las tantas, por lo que es fácil de imaginar la gracia que me hizo levantarme un sábado antes de las diez sin motivo justificado. Pero bueno. Ese mismo día, después de comer, se me ocurrió la feliz idea de dormir la siesta, por aquello de aprovechar la tarde y compensar de esa manera el despropósito de la mañana. Ante mi sorpresa, la musiquilla del demonio volvió a sonar, aunque por fortuna cosa de media hora más tarde, minuto arriba, minuto abajo, cesó, y yo pude dormir unas horas.

El pasado sábado por la noche, cuando llegamos a casa después de cenar para coger algo de abrigo antes de volver a salir, nos encontramos con la misma sorpresa. La música hindú -aparentemente- a toda pastilla, esta vez con sus alaridos y gritos incluidos. Lo juro. El volumen era tal que el vecino del otro lado, pensando quizá que éramos nosotros los causantes de aquello, aporreó nuestra pared un par de veces. El caso es que salimos de allí poco más tarde, cuando era casi la una. Y tanto la música como su acompañamiento vocal continuaban a esa hora. Algunas horas después, después de habernos acostado a las siete, nos despertó a la una del mediodia la misma música hindú, jamaicana o loquesea, es decir, la música de mierda esa. Y al mismo puto volumen irracional.

No sabemos qué vecino es el causante de ese escándalo. Que conste que yo no tengo nada contra la música hindú, japonesa o cubana, ni siquiera contra Bisbal, mientras sea a horas y volúmenes lógicos. Cuando uno de esos factores sobrepasa lo razonable, entonces es cuando empiezo a tener algo en contra. En ese caso, como si son Los Rolling Stones en concierto. Me pregunto yo, en mi infinita ignorancia, si no sería posible crear en cada ciudad un barrio aislado unos cuantos kilómetros, los suficientes, y meter allí a todas esas personas incívicas que no entienden qué coño es vivir en sociedad. Y que entonces, si así lo quieren, se maten y entiendan porqué coño nos quejamos los que sí sabemos [vivir en sociedad].