¡Es ficción, idiota!

Hace tres meses no sospechaba que por estas fechas estaría totalmente enganchado a series de ficción en lugar de películas: Californication, Dexter, Anatomia de Grey, Life on Mars, Los Soprano, The Office, A dos metros bajo tierra o Mad Men son algunas de las que he visto o estoy pendiente de ver, y la lista es cada vez más larga; los representantes nacionales reseñables son pocos aunque suelen dar la talla, siempre en mi opinión: Cuestión de sexo, Aída, La que se avecina, y para de contar. Justo en este momento nos encontramos en el capítulo 17 de la segunda temporada de Anatomía de Grey, serie que imagino devoraremos en un par de semanas, a pesar de que jamás me había atraído lo más mínimo, e inconscientemente casi podría decir que me negaba a verla. Pero ya ven, ahora la consumo como si fuese un yonki (sí, Laura más).

Eso significa que ayer me acosté viéndola. Y esta noche, por cómo me he levantado, intuyo que he soñado algo relacionado con ella, o me ha provocado algo que me ha dejado mal sabor de boca. Es decir, que me he levantado jodido. Sé reconocer una estupidez cuando la digo, y lo que viene a continuación es una bien grande, pero esta serie —algo que no me había pasado con ninguna otra hasta ahora— hace que mi vida me deprima. Porque a través de la comparación, me hace ser consciente de mi rutina diaria, de mi monotonía vital, pero además me lleva más allá y me machaca, exagerándola y enseñándome una realidad que no existe: me muestra mi vida como un encefalograma plano y me hace pensar cosas que aún sabiendo que no son reales, no son reconfortantes.

La acabaré, pero no me gusta esta serie. Es una cuestión personal; me divierte pero me hace sentir miserable; muy miserable. Sí, culpa mía y de mis estados de ánimo. Y ya sé que últimamente cuento lo que me viene en gana. Igual que antes, pero ahora se nota más. ¿Pero saben qué? Supongo que de momento esto es lo que hay y blogs los hay a millones. Literalmente.