El "gran" problema mundial (TM)

En la línea de las últimas entradas totalmente carentes de originalidad (al igual que muchos de los grandes blogs, vaya), y aprovechando las torpes y políticamente incorrectas —pero en mi opinión no exentas de razón— declaraciones de Rajoy sobre el cambio climático (chico, que eres candidato a la presidencia del Gobierno y eso de "mi primo me ha dicho" queda poco serio), vengo a traerles un artículo de Xavier Sala-i-Martín que refleja básicamente mi opinión sobre el tema este del cambio climático. Pero claro, antes voy a resumírsela un poco.

No se trata de que dude de la realidad de éste, no. Que no. Se trata de que me cruje que el cambio climático sea el principal —el "gran"— problema mundial cuando una buena parte de la Humanidad intenta sobrevivir en la miseria más absoluta; se trata de que podemos hacer del cambio climático la prioridad de facto para el mundo occidental acomodado, pero no para el resto del mundo, que ya tiene bastante con buscarse el sustento diario. Convertirlo en "el problema mundial" (tm) demuestra entre otras cosas hasta qué punto somos capaces en esta parte del mundo de despreciar el sufrimiento humano ajeno. Diciéndolo de otra forma, mueren millones de personas al año por falta de los recursos más básicos, y nadie —y menos que nadie, un político— ha montado una cruzada mediática de esta magnitud, ha declarado el hambre "el gran problema mundial" y de repente a todo el mundo le ha dado por firmar acuerdos y donar miles de millones de euros (¿o cuánto se creen que nos costará Kyoto?). No, claro que no. ¿Qué es occidente, una puta ONG? El caso es que a la luz del número de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza en pleno siglo veintiuno en este santo país, occidental, europeo y civilizado, el PSOE tiene mucha suerte de que el PP sea tan torpe a la hora de abrir la boca. El cambio climático es desde luego un problema importante, pero no "el gran problema" mundial.

Y antes de pasar al artículo, me llama poderosamente (qué gran palabra) la atención la cantidad de dinero (¿qué hará con esa pasta?) que el señor Al Gore está generando con su "lucha": con su documental en DVD (que vas a comprar te guste o no), con su nada barato libro sobre el cambio climático (casi treinta eurillos, ahí es nada), con sus conferencias a doscientos mil euros la unidad, y etc etc. Además, también resulta curioso que haya impuesto «estrictas condiciones a los periodistas que asistan a la conferencia, entre las que destaca que su intervención no podrá ser grabada ni filmada y que los redactores gráficos sólo dispondrán de cinco minutos para fotografiarle.» [ElPais.com]. No se equivoquen; me parece perfecto que este señor se haga de oro y diamantes con su trabajo, pero si tan preocupado está por el cambio climático y por propagar su mensaje por todo el mundo, y todo esto es algo más que fachada o una lanzadera mediática, ¿no sería mejor, además de comprarse unas mantas y usar menos la estufa, que hiciese el documental y el texto accesible al mayor número de personas en el mundo? Que quizá no, oíga, pero es sólo una idea, porque este sujeto transmite unas ideas e impresiones que pueden malinterpretarse fácilmente, si atiende uno al volumen de líquido que *parece* fluir hacia su persona. Y además, y esa es otra, que me pregunto yo qué coño tiene que ver el cambio climático con la paz. Y bueno, que sí, que me dejo de rollos y ya vamos con el artículo, que lo dice todo mejor que yo.

Sí, esta entrada es larga, ¿qué pasa?

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Cambio Climático (y vi): No Es Nuestra Prioridad

Al Gore afirma que evitar el cambio climático (CC) no es una cuestión de política sino de moral. Es nuestra obligación ética, dice, dejar a nuestros hijos un planeta mejor.

La utilización de conceptos de moral y ética en el debate sobre el CC indica que algunos analizan el problema del calentamiento global no tanto desde la ciencia como desde la religión. En un discurso pronunciado en la universidad en California, Michael Chrichton equiparó al movimiento ecologista con una nueva religión ya que hablaba de la irrupción del hombre en el paraíso terrenal con un pecado original contaminador llamado revolución industrial y que prometía la salvación eterna si se cumplían los mandamientos revelados en Kyoto. A mi también me da la impresión que algunos radicales del CC apuntan tics sacerdotales. Pero, a diferencia de Chrichton, no lo digo por el contenido de sus ideas sino por la forma cómo las defienden que a menudo recuerda a los tribunales de la Santa Inquisición. Por ejemplo, antes de siquiera entrar en debate, acusan a los que discrepan de estar al servicio, no del demonio, sino de Exxon (que me parece que es mucho peor) o de ser neocones pagados por el satánico Bush. Llaman negacionistas a los que no comulgan con sus ideas equiparándolos con los nazis que niegan el holocausto. Exigen censura a los medios de comunicación para acallar a los que se desvían del catecismo oficial. Piden que se silencie a los ignorantes que no tengan un título de física, aunque el debate sea más un tema de estadística y economía que de climatología. Culpan a los sacrílegos de querer destruir el planeta e incluso los denuncian por no amar a sus hijos. Y claro, todo esto lo hacen sin aportar pruebas, porque los poseedores de la verdad absoluta nunca han necesitado pruebas para condenar al hereje a la pira purificadora. Les basta con hablar, como Torquemada, desde una supuesta superioridad moral.

A mí, la verdad, todo esto me parece bastante cómico. Una sociedad sana debe debatir los temas importantes de manera abierta y civilizada, sin actitudes inquisidoras. Les diré incluso que estoy de acuerdo con Al Gore cuando dice que tenemos la obligación ética de dejar un planeta mejor a nuestros hijos. Pero un planeta mejor no quiere decir un planeta más frío. Un planeta mejor es (también) un planeta sin pobreza. O un planeta sin SIDA o Malaria, un planeta sin malnutrición, un planeta donde todo el mundo tiene acceso a la educación y al agua potable, un planeta sin guerras, corrupciones políticas o gangsterismo.

Y dado que hay muchas maneras de mejorar nuestro mundo, el debate debería centrarse en cómo priorizar a la hora de hacerlo y no en quien ostenta la superioridad moral.

Sí, ya sé que algunos dirán que no hace falta priorizar porque luchar contra el cambio climático no impide luchar también contra la pobreza. Pero eso es falso. Las restricciones presupuestarias existen y cuando un gobierno dedica dinero o capital político a luchar contra el calentamiento, no puede dedicar esos medios a la cooperación internacional. Del mismo modo, cuando una empresa dedica recursos de responsabilidad social a mejorar el medio ambiente, no los dedica a promocionar infraestructuras de agua en África.

Y no. No vale decir que luchar contra el CC va a generar mayor crecimiento porque la verdad es que reducir el CO2 va a costar mucho dinero. Tampoco vale decir que luchamos contra el calentamiento para evitar que los africanos se queden sin agua dentro de 100 años, porque los africanos no tienen agua hoy: en la actualidad ya hay dos millones de niños que mueren de diarrea cada año por falta agua potable. Si todo esto lo hacemos para ayudar a los pobres, solucionemos primero los problemas de los pobres de hoy y después ya ayudaremos los de dentro de un siglo.

La pregunta clave del debate del CC es, pues: si priorizáramos de manera racional, con información experta y sin las histerias generadas por películas de Hollywood, ¿qué problema de los muchos que tiene el mundo, deberíamos atacar primero? Existe un grupo en Dinamarca llamado Consenso de Copenhague que ha intentado responder a esa pregunta. Primero reunió a un grupo de sabios que incluían a varios premios Nobel con los más expertos defensores de dar prioridad a la lucha contra el CC y pidió a éstos que expusieran sus ideas, sus razonamientos y sus evaluaciones de costes y beneficios de solucionar el problema. Luego hizo lo mismo con los que querían priorizar la lucha contra el hambre, la erradicación de la malaria, el acceso al agua potable y así hasta 17 problemas de primer orden mundial. Una vez escuchados todos los expertos, se pidió a los sabios que establecieran un orden de prioridades. El resultado: la lucha contra el SIDA y la malaria encabezaban la lista y les seguían la pobreza y la malnutrición, las barreras arancelarias que impiden a los países pobres comerciar y crear riqueza, el acceso al agua potable y la educación. Lo interesante es que el cambio climático ocupaba la última posición.

El Consenso de Copenhague repitió el experimento con 24 embajadores de las Naciones Unidas y con un grupo de jóvenes, representantes de las generaciones futuras. En ambos casos los resultados fueron idénticos: puede que el calentamiento global sea un problema importante. Pero no es el único problema importante a los que se enfrenta la humanidad. Una vez se comparan las urgencias y las necesidades, los costes y los beneficios, los pros y los contras, la lucha contra el cambio climático no es nuestra prioridad.

(La Vanguardia, X-05-2007. Xavier Sala-i-Martín es Catedratico de Columbia University y Profesor Visitante de la Universitat Pompeu Fabra. © Xavier Sala-i-Martín, 2007.)

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[Otros artículos suyos, tanto en HTML como en PDF, aquí en castellano, y aquí en catalán. La serie de seis artículos sobre el cambio climático, con la que estoy completamente de acuerdo, aquí]