De musas

M. no sabe si tiene mucho que contar o poco, aunque salta a la vista que ha vuelto a la tercera persona, quizá como reclamo para la inspiración. O mejor dicho, lo que no sabe, entre otras muchas cosas, es si le interesa a alguien lo que pueda escribir, sea mucho, sea poco. Antes se sentaba frente al teclado y asumía, por razones desconocidas, que el mundo estaba en cierto modo interesado en lo que decía. Una parte muy pequeña del mundo, es cierto, pero un trozo de él al fin y al cabo, mientras no se demuestre lo contrario. Quizá fuese curiosidad, voyeurismo, o simple morbo, pero interés después de todo. Disfrutaba con ello.

Pero resulta que M. ya no está tan seguro de eso, y sin embargo, se da cuenta de que nada ha cambiado. O al menos, si no nada, no tanto. Es probable, o más que probable, obvio, que la inspiración no aparece tan a menudo como antes, pero también es verdad que el tipo en cuestión ya no pasa tantas horas escuchando, leyendo, escribiendo, pensando. Y todo eso, para más inri, alimenta esa intuición que ha tenido siempre de que algún tipo moderado de angustia existencial es casi siempre una buena musa. Moderado. Ya se sabe, si te pasas te lo pierdes.

Y eso deber ser, en resumen, lo mismo que supongo que le pasa a Lucía Etxebarría. Lo que pasa es que, claro está, yo no me voy a dedicar a plagiar.