Arriba las manos, esto es un atraco

Laura está muy indignada, por llamarlo de alguna forma, por todo lo que está pasando con la economía mundial, y en especial, con los planes de rescate de los bancos. Al final, después de muchos discursos retóricos y alguna vacilación más de cara a la galería que otra cosa, hemos acabado llegando al estadio de aceptación, y se ha producido eso llamado privatización de los beneficios y socialización de las deudas. En el camino, todos los estamentos han dejado suficientemente claro que el dinero, las ayudas y todas las medidas aplicadas son para la banca; que los beneficiarios directos de todo esto son ellos, aunque "lo lógico" (según Solbes) es que indirectamente repercutan en las empresas y los ciudadanos (evidentemente, si la lógica tuviese algo que ver en todo esto, no estaríamos donde estamos, pero para qué vamos a entrar ahí).

Porque ese es todo el impacto que cabe esperar sobre la economía real; no se ha visto, al menos a este lado del Atlántico y más allá del comentario particular de reputados economistas, ninguna propuesta política que vaya específicamente enfocada a mejorar directamente la situación económica de los ciudadanos y/o de las empresas. Laura se preguntaba anoche qué tipo de socialismo es ese en el que el Estado facilita a la banca un fondo de 30000 millones de euros a la vez que su ministro de Economía dice que "no es labor del Gobierno decirle a los bancos cómo manejar su cartera". Yo creo, a la vista de los acontecimientos, que en este caso particular esa debería ser precisamente la tarea del Gobierno.

Claro que a nosotros los españoles nos queda la estúpida, pero muy frecuentemente mencionada, satisfacción patriótica de que el banco Santander está comprando a precio de ganga medio mundo financiero, y el consuelo de que tenemos un sector financiero saneado, y si los bancos van bien, entonces todo debería ir bien. Desgraciadamente, de lo primero no siempre se deriva lo segundo. Un aspecto interesante de esta crisis, y que ha sido uno de los principales mecanismos utilizados por el sector financiero, es la aplicación constante de una efectiva política del miedo, por la que se ha allanado el camino de las ayudas estatales; la sociedad ha acabado creyendo, por miedo a unas consecuencias que nadie conoce, que no se puede dejar caer a la banca. Como bien indicaba El Jueves, los ricos son ahora los nuevos terroristas.

Leía este mediodía en Invertia un artículo de opinión de Luis Aparicio Pérez titulado Rescates, engaños y mantenimiento del status quo, que viene a corroborar porqué todo seguirá igual después de toda esta crisis financiera, en la que, a diferencia de la del 29, no se ha visto ningún suicidio ni tampoco prácticamente ninguna dimisión, sino más bien al contrario, multimillonarias indemnizaciones. Aunque les recomiendo que lean todo el artículo, que señala la evidente falta de criterio del BCE (y que les apunté hace unos días) que supone bajar los tipos medio punto una semana y pico después de reunirse y decir que todo va bien (y más adelante ya veremos), les dejo con los dos últimos párrafos, que son especialmente lúcidos señalando porqué aquí no pasa nunca nada.

 

«Después de estos engaños formulados por catedráticos y políticos en cumbres serias y rapidísimas, las soluciones que ofrecen se limitan a mantener el status quo que ha permitido esta situación catastrófica para las finanzas mundiales. Nadie pide responsabilidades y el objeto del salvamento se centra en las entidades que las han causado y no en los afectados. Sinceramente, todo suena a un vacile bananero para confundirnos con el precedente de un miedo irracional que nos puede y podría hacernos perderlo todo.

Tranquilos que aquí no ha pasado nada. Todos seguirán en sus puestos con su fino análisis, con sus excelentes órganos de supervisión y con sus sabelotodos directores de la política monetaria. Hay que mantener a toda costa el status quo porque el más simple de los análisis obligaría en primer lugar a los políticos a ofrecer sus poltronas en la plaza pública.»

 

No teman. En unos meses, volveremos al discurso del libre mercado y aquí no ha pasado nada; la gente olvida con rapidez y más si va con el agua al cuello, que es como debe ir.