Yo creía que llovía y era agua que caía

La tragedia se veía venir desde el principio, pero él no la vió. Siete menos cinco. Una fiambrera, unos cubiertos y alguna pieza de fruta, todo ordenadamente encajado en la bolsa de papel que acostumbraba a llevar al trabajo, decorada convenientemente con la propaganda de Coronel Tapioca que traía de origen. Aquella era, se había dado cuenta, la única y mejor forma de ahorrar, así que había abandonado los dos platos con bebida, postre y café en un bar restaurante para aquellos no hipotecados, o al menos aquellos menos hipotecados. Las siete. Abrió la puerta y al ver el suelo mojado y una ligera lluvia que caía, felicitó mentalmente a los meteorólogos de la segunda cadena de televisión, mientras barajó por un instante coger el impermeable azul que le miraba con timidez desde detrás de la puerta, escondido debajo de la chaqueta de su mujer. Recordar que el paraguas se escondía en el asiento trasero del copiloto le convenció para no hacerlo, así que lo ignoró y caminó casi de puntillas los diez o quince metros que le separaban del coche, sorteando de la mejor manera —y única posible— que conocía los charcos que se interponían entre él y su destino. Cualquiera que le observara esbozaría una sonrisa por el aspecto curioso que mostraba con sus saltitos, aunque se habría sentido inmediatamente identificado con él: todos hemos caminado así alguna vez.

Media hora más tarde, se encontraba aparcado, dentro de su coche, pero la lluvia había tomado un matiz mucho más serio, y lo que antes era apenas una ligera llovizna, había pasado a ser un buen aguacero. Echó de menos no haber cogido el impermeable, y se culpó durante un segundo por su estupidez; siempre hubiese estado a tiempo de dejarlo en el portamaletas. Desplegó el paraguas y fue consciente de que necesitaba una superficie tres veces mayor que la que se desplegaba sobre su cabeza para no acabar empapado. Conclusión: se iba a mojar. No mucho, pero sí, se iba a mojar, sin ninguna duda. Ante la falta de alternativas, y asumiendo su húmedo destino, echó a andar, con su negro compañero en una mano extendido sobre sí, y la bolsa de la comida en la otra. En los auriculares, Steve Miller Band: Did you see the lights / As they fell all around you / Did you hear the music / Serenade from the stars, y mientras a pesar del viento, permanecía seco de cintura para arriba, lo que pasaba con el resto de su cuerpo era algo muy diferente. Le consolaba pensar que el impermeable no habría evitado aquello y después de todo, le encantaba caminar bajo la lluvia, aunque reconocía que quizá aquellas no fuesen las mejores condiciones para hacerlo. Una preciosa chica morena vestida de ejecutiva con la que se cruzó —él la miró, ella no— le hizo desentenderse de aquellas cavilaciones sin oficio ni beneficio, sustituidas por una ligera sensación de falta de cariño —femenino y no materno— y otras de mayor jovialidad pero similar productividad, mientras aquella vieja y arrugada bolsa de papel, expuesta a miles de gotas de agua, se humedecía poco a poco, lentamente, ausente a los banales pensamientos de su portador. Ajena al resto del mundo, se empapaba con alegría...

...y todos sabemos lo resistente que es el papel mojado, ¿verdad?