Pepe

Pepe llevaba muchos años trabajando en la misma compañía. Había entrado en ella al poco tiempo de salir de la universidad, y no había encontrado razones para cambiar; ésta siempre le había tratado bien, y él le correspondía tratándola de igual modo. Siempre había existido una relación de normalidad, podría decirse que incluso de cordialidad. Trabajaba allí sus horas, le pagaban, y ahí acababa todo: ambas partes contentas.

En lo que refiere al trabajo diario, su jornada laboral transcurría habitualmente sin mayores incidencias. No tenía un puesto de poca responsabilidad ni de mucha responsabilidad. Era relativamente interesante, y relativamente aburrido, como muchos otros trabajos. Su salario era aceptable y sus condiciones laborables también. No se quejaba demasiado, pero tampoco dejaba de hacerlo cuando lo consideraba necesario. A veces sus quejas se atendían, a veces no, pero siempre en un clima de diálogo. Estaba contento con su trabajo.

Como todos los años, aquel verano Pepe se fue de vacaciones con su familia al pueblo de su mujer, donde pasaba habitualmente cerca de un mes, si el trabajo se lo permitía. El tiempo se fue volando, como siempre sucede cuando estás de vacaciones, y cuando volvió, descubrió que su anterior jefe había dejado la empresa y que uno nuevo lo había sustituido. Siendo de naturaleza optimista, pensó que no habría ningún problema y que lo mejor sería presentarse a éste como correspondía, ya que al parecer se había reunido durante sus vacaciones con el resto del personal del departamento, y era él el único al que no conocía.

Lo intentó, una y otra vez, día tras día, pero éste siempre estaba reunido, así que mientras tanto seguía con su trabajo habitual sin preocuparse demasiado. Ya me presentaré más adelante, pensaba. Pero su superior seguía reunido. Sin darle demasiadas vueltas, se dedicaba a su trabajo.

Y esta situación se alargó y se alargó y se alargó, hasta que Pepe se dio cuenta de que había pasado ya un par de años, y que seguía sin conocer a su jefe. Su interés en presentarse ya no era el mismo, a la vista de que su trabajo seguía igual y nada había cambiado. Y empezó a preguntarse si sabría éste quién era él, a qué se dedicaba, o incluso cuál era su nombre, siempre de un modo curioso, no insano. Aunque no necesitaba ningún tipo de seguimiento, la situación le parecía extraña, incluso divertida. Transcurrió otro año, y otro, y otro, y nada. Se cruzaban, aquí y allí, pero poco más, o mejor dicho, nada más. Él no decía nada y su jefe tampoco, porque como suponía Pepe, ni siquiera se imaginaba que trabajaba para él. Y Pepe, que era una persona agradable y tranquila pero no tonta, pensó que a lo mejor, quizá, si un día desaparecía, nadie se daría cuenta.

Así que decidió que al día siguiente no iría a trabajar, y se quedó durmiendo, convencido de que al llegar por la mañana alguien le preguntaría donde había estado. Llegó nervioso, con varias excusas preparadas. No fue necesario utilizarlas: nadie le dijo absolutamente nada. Así que repitió el experimento, pero esta vez pasó dos días en su casa. El resultado fue exactamente el mismo. ¿Era él transparente? Estaba ojiplático. Visto lo visto, decidió probar una vez más con una semana. De nuevo, ningún comentario al volver. No podía creerlo, aunque por miedo a que su nómina reflejase algo que él no había notado, dejó de ausentarse y continuó con su trabajo. En total, aquel mes se había cogido ocho días de "vacaciones voluntarias", y pensó que aunque aparentemente nadie se hubiese dado cuenta de sus ausencias, lo más posible es que alguien sí se hubiese dado cuenta.

No fue así. Su salario llegó impoluto, como siempre. Íntegro, de cabo a rabo. El mes siguiente hizo lo mismo, pero faltó dos semanas. Y otras dos al mes siguiente. Decidió no entregar los informes de fin de mes y esperar a las consecuencias. Capearía el temporal si era necesario. Algo se le ocurriría. Pero nada, nada, nada de nada, sucedió. Y en lugar de sentirse abatido por la patente inutilidad de su trabajo, por la transparencia de su puesto, decidió aprovechar la situación, y prolongó las vacaciones de ese año un mes "voluntariamente". Al año siguiente lo hizo tres meses. Y al cabo de cinco años, Pepe sólo acudía a las convenciones, a comer y cenar gratis, y a visitar a sus compañeros, pero claro, ellos nunca supieron que él iba sólo de visita, ¿y quién era él para sacarles del error?

Total, él trabajaba para aquella empresa. Lo ponía en su nómina.